La hermandad de las malas hijas

Vanessa Montfort

Fragmento

Cuando regresas al lugar de tu infancia todo te parece más pequeño. Las proporciones cambian, sobre todo las emocionales. Por eso nuestros cuatro protagonistas nunca sospecharon que después de veinte años, en el perímetro de un kilómetro escaso que una vez fue su universo, volverían a vivir una aventura como cuando jugaban a resolver misterios en la plaza.

La plaza… Había sólo cuatro en el mundo con ese nombre, pero, de todas, la plaza de Oriente de Madrid era la única orientada a Occidente como una brújula estropeada. Quizá por eso a lo largo de los años fue uniendo tanto como desorientó a quienes la habitaron. Gracias a eso también les regalaba delirantes atardeceres con los que soñar o enamorarse.

Lo que no es casualidad es que el teatro naciera de un ágora. Y en ésta no sólo se alzaba un gran teatro, sino que, con el paso de los siglos, la propia plaza había conservado su espíritu teatral, atrayendo a su interior a pequeños y grandes personajes. Podría afirmarse que cuando sus vecinos salían a la calle lo hacían como quien sale a escena, conscientes de que la luz que proyectaba sobre ellos era bellísima pero implacable en cualquier época del año, dispuesta a iluminarlos con detalle en cada situación, con un aura de irrealidad que les obligaba a vivir en los límites del drama y la comedia.

El universo siempre tiene un plan.

Hay quien piensa que, nos depare lo que nos depare la vida, nuestro destino acaba encontrándonos. O más que el destino, en el caso de esta historia, las conversaciones pendientes.

MÓNICA

Cuidado con la Fiera

Al principio el sospechoso no advertía que el animalito se le había acercado. Sus dos kilos de peso y el palmo de altura que levantaba del suelo no eran precisamente lo que uno esperaba de un perro policía, por mucho que pareciera un rottweiler a escala bonsái. De hecho, cuando la sorprendían olfateando a su lado solían gastar una broma: «Uy…, cuidado con la Fiera».

Entonces comenzaba la acción.

Mónica no lograba acostumbrarse a ese momento y lo disfrutaba como una película de estreno, si no fuera porque ese día y con un sentido de la oportunidad insuperable, aparecieron en la pantalla de su móvil una cadena de insistentes llamadas perdidas de su madre. Cinco, esta vez. No era lo que necesitaba la primera de nuestras protagonistas aquella mañana plúmbea en el aeropuerto de Barajas. Lo que necesitaba era un ibuprofeno y que Antolián dejara de mirarle el culo. Pero ya hablaremos de Elisa enseguida. De momento sigamos a Mónica y a su compañero hasta la sala de registros.

Por lo general, si se trataba de un traficante minorista o principiante, el sospechoso cometía el error de intentar sobornar a la perrita con monerías o le ofrecía algo de comida. Entonces Fiera se limitaba a fijar los conguitos negros que tenía por ojos en su dueña solicitando información.

—Por favor, no toque al perro. —La voz del agente retumbó en la salita.

Sentado a su lado, un atento pastor alemán. Entonces Mónica le quitaba la correa a la pequeña y pronunciaba el primer comando: «Fiera, busca». Cuando empezaba a escarbar con determinación en el equipaje, cuando con dos ladridos tajantes anunciaba el lugar donde los agentes deberían abrir, era cuando el sospechoso se solía romper.

Como ocurrió precisamente esa mañana en el aeropuerto de Madrid, aunque el hallazgo esta vez era de sobresaliente. Al igual que en otras ocasiones, según escuchó la orden, Fiera desplegó sus orejas de gremlin hacia fuera y meneó la trufa hasta que la sintió esponjarse. Enseguida identificó ese olor picante muy parecido al de su dueña cuando tenía fiebre. Sin dudarlo un instante, se lanzó sobre el portatrajes del hombre y cavó con sus pezuñas la cremallera como si estuviera a cámara rápida, hasta que cedió.

Dentro, un aparatoso traje de torero.

El hombre con barriga de embarazado empezó a sudar como un botijo:

—Venimos de una corrida en México. Acompaño a la cuadrilla —explicó.

Los otros dos le observaban atónitos mientras la chihuahua repasaba con ansiedad de diseñador cada costura y bordado de la chaqueta, hasta que pareció llegar a una clara conclusión y, sin pensárselo dos veces, le hincó los dientes al forro con saña.

—Pero ¿qué hace ese bicho asqueroso? ¡Eso vale una millonada! —intentó espantarla, pero le ordenaron sentarse—. ¡No lo entienden!, ¡me van a despedir!

—Estoy de acuerdo en todo: vale una millonada y le van a despedir —dijo Mónica, y luego añadió al agente—: Está dentro del forro y casi podría asegurar que si lo laváis en seco saldrán un par de kilos más por impregnación.

Antolián sonrió de medio lado.

—Entonces lo llevaremos a una tintorería de confianza… —dijo mientras lo esposaba.

El móvil volvió a vibrar con intransigencia: «Mamá», indicaba la videollamada. Mónica colgó apresuradamente; mira que se lo tenía dicho, que preguntara antes de utilizar la cámara. Se sopló el flequillo; además, sabía muy bien que estaba en el trabajo… Respiró hondo y le hizo una carantoña a su perra en la redonda cabecita, gesto que agradeció con un estiramiento de satisfacción a dos patas sobre su gemelo derecho. Había estado chupado, pensó ésta orgullosa. Escarbar en las maletas siguiendo ese rastro amoniacado era casi tan divertido como extraer galletitas de salmón del juguete que Mónica le escondía por toda la casa.

Llegados a ese punto, el detenido solía empezar a echar el muerto a otro y reclamaba un abogado. Pero en esta ocasión, después de que Fiera le olisqueara las manos gruñendo entre dientes, después de que con otros dos concluyentes ladridos alertara a los agentes para que desmontaran la muleta en la que se apoyaba y encontraran el tubo lleno de las consiguientes bolsitas, acabó por incriminarse. Luego aseguró que le habían convencido para hacer de mula. Vaya, qué decepción, pensó Mónica, después de lo original que había sido el transporte.

Los buenos, al menos de momento, salieron de la habitación de registros tras sus dos triunfantes canes. Dentro, el malo, o quizá sólo el torpe, seguía jurando en arameo.

—¿Quién es la más lista…? —canturreó el agente y se dobló por la cintura sobre la chihuahua, quien dio un respingo receloso hacia atrás.

Su dueña se cruzó de brazos y meneó la cola de caballo hacia los lados como si fuera a relinchar.

—No hagas eso. No la levantes del suelo, no la abraces, es un perro. Y

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