Rose

Graciela Ramos

Fragmento

Rose

CAPÍTULO 1

Manhattan, Nueva York, 1920

“¿Quién es Rose?”.

Un error, un amorío fuera de regla, una niña que no tenía que nacer… O que sí, porque tal vez tenía un destino que cumplir… ¿Destino?

José, su padre, nunca supo cómo resolver el problema que tenía con las mujeres. Prometió amor por acá, amor por allá. No tuvo valor de decir no; tampoco de decir sí. Y dejó que el azar, ¿tal vez, destino?, definiera. Y entonces, un día, su esposa lo esperaba, no muy feliz, sentada en una silla; sobre la mesa, una canasta con una bebita adentro. “La dejaron en la puerta”, dijo.

En esa canasta estaba Rose, abandonada por su madre, que se había enamorado de otro hombre y con el que emprendían un viaje juntos para buscar oro, y la pequeña se había convertido en una excelente herramienta de venganza. “Tu hija, te la devuelvo”, decía la nota.

La esposa de José, luego de muchos gritos, amenazas y malas palabras, le permitió vivir con ellos. Su corazón de madre impidió que la dejara en la calle. Pero, también, que se ocupara de Rose; no era su hija, era la hija de su esposo y su amante…

Tenía dos hermanastros mayores, que fueron felices cuando la muñequita Rose llegó a sus vidas; ellos se divirtieron con ese juguete de carne humana.

Los días, meses y años pasaron, y Rose se crio en un ambiente despreocupado, sin amor, con muchas exigencias, que entendía la vida con reglas y normas muy particulares.

Un buen día, o un mal día, José encontró a sus dos hijos investigando las partes íntimas de Rose. De nada sirvieron los reclamos que hizo a su esposa… La vistió, la subió al auto y la llevó a su trabajo.

—Doña Pancha, le dejo a mi hija Rose, a ver para qué sirve. Es voluntariosa —dijo delante de la niña, y se fue detrás de Vittorio, su jefe.

La mujer, de carácter amargo, estaba a cargo del Ristorante Da Vitto, un restaurante muy especial, ya que las malas lenguas decían que allí funcionaba La Mano Nera, banda criminal italiana e ítalo-estadounidense especializada en extorsión.

—¿Qué sabes hacer? —preguntó sin prestarle atención.

—…

La envió a la cocina a limpiar…

Rose

CAPÍTULO 2

Para Rose, un mundo nuevo se abría en su camino. La cocina le pareció una buena idea y, sin dudarlo, se puso a limpiar con todo su ser.

Ese día esperó, sentada en la parte de afuera del restaurante, hasta que su padre la pasara a buscar a altas horas de la noche.

Allí, caminando la pubertad, Rose descubrió un espacio de tranquilidad: si hacía lo que le pedían, nadie la molestaba. Que picara la cebolla chiquita, que un kilo, que dos kilos… Y una cebolla, otra, y su mente se escapaba a su mundo de ensoñación, donde las cosas eran como ella quería, como se las imaginaba: ella era la cocinera principal, ella era la hija querida, ella era…, era…

Pasaban los días, las semanas, los meses… Y Rose, sin tener mucha conciencia de la situación, crecía, se empoderaba, ese empoderamiento que le otorgaba el conocimiento. Ella sabía dónde estaban las cosas, en qué horario venía quién, si faltaba algo o no, si llegaban los proveedores o no…

Un día, aparecieron las amigas de Donato. Rose, impávida, admiró la desfachatez de esas jovencitas por haberse aparecido ahí. “Se vinieron desde Italia”, pensaba. Donato, mano derecha de don Vittorio, no dejaba de maldecir con ambas manos sosteniendo su cabeza apenas las vio aparecer del otro lado de la calle. “Ma qué hacen acá estas dos”, repetía; eran del mismo pueblo.

Rose las espiaba. Su vida había cambiado a partir de ese día. Conoció a Giuseppina cuando comenzó a trabajar como cocinera.

Desde el primer momento en que la vio, supo que quería ser su amiga. Admiraba su destreza en la cocina, prestaba atención para recordar todo y luego volcarlo en su libretita. Disfrutaba de los sabores, de los aromas; con Giuseppina estaba descubriendo el arte en la cocina.

Cuando esa noche la vio llegar con su hermana y sus amigas, todas vestidas de fiesta, quiso ser como ellas: libres, disparatadas.

Cuando la espiaba en el baño y le partía el corazón verla llorar…

Cuando cocinaba con su salsa especial…

Cuando…

Y cuando Giuseppina y sus amigas se marcharon, huyeron, escondidas, perseguidas, Rose se sintió sola, desprotegida y abandonada. El alboroto de la huida, la búsqueda, la convirtió en invisible. Y ante la necesidad de todos por seguir adelante, en imprescindible…

Rose

CAPÍTULO 3

Almorzaba cuando todos se iban, incluso doña Pancha. Y quedaba sola, observando la ventana, tratando de adivinar los sabores que ella misma había puesto en los platos ese día. Cerraba los ojos y dejaba que su paladar la hiciera feliz; los aromas llenaban los vacíos, los abandonos, la desesperanza.

Observaba por la ventana cómo los días pasaban, cómo las hojas caían; luego, la nieve, las flores, el calor… Haciendo tiempo para que la vida también pasara, se acomodara, la mirase, le sonriera.

Un día, lo vio todo por la ventana… Un auto, otro auto, su padre, don Vittorio y sus gánsteres, descendiendo, y, por la misma calle, otro auto, negro, con todas las ventanillas bajas y con los caños recortados de las armas apuntando, disparando.

—¡Abajo, abajo! —gritó alguien.

Rose, inmóvil, vio cómo su padre y sus acompañantes, tratando de desenfundar sus armas para defenderse, caían al piso con muchos agujeros en el cuerpo. Cuando el vidrio se desplomó casi a sus pies, se agachó y se protegió la cabeza con ambas manos. En cuestión de segundos, minutos, la quietud interrumpida por algunas cosas terminaba de estrellarse contra el piso. Espió por entre su

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