Cincuenta escenarios para desatar tu pasión

Varios autores

Fragmento

cap-1

Hace un calor insoportable en la casa. Me levanto a tientas con los ojos medio cerrados en busca de agua bien fresquita. Abro el frigorífico y me molesta la luz amarillenta. Lo cierro enseguida, me lleno un vaso de agua y la saboreo despacio. Me calma, pero no es sed lo único que siento. No voy a volverlo hacer. No está bien, y no es propio de mí. Vale, sé que llevo una temporada sin mucho sexo, pero eso no lo justifica. No todo vale.

Puedo ver como entra luz por la ventana. Me pego a la pared, me siento en mi sillón, y abro sólo un poco la cortina. Él está allí, puntual, como si me estuviera esperando. Solo verle es una delicia, no puedo imaginar lo que siente la mujer que le acompaña al tocarle. Su pelo negro, su espalda ancha, sus brazos fuertes, su torso musculado sin excesos, su piel morena…

Me acomodo en mi silla, y me preparo para mi sesión de todas las noches. Cada día es una mujer nueva, a veces dos. Suelen gustarle más las rubias, pero hoy ha elegido a una morena. No es de aquí, no puedo distinguir su cara, pero el color de su piel es exótico, muy sensual. Hacen una pareja muy atractiva, pero nadie llega a superarle a él, mi Adonis, mi sueño en las sombras…

Siempre hace el amor junto a la ventana, con las luces encendidas. Es como una invitación, como si quisiera compartir su placer conmigo, y a veces me pregunto, ¿realmente sabe que le miro? En días como hoy, comienzo a creerlo, cuando se exhibe así, frente a mí, con su enorme erección, como insinuándose mientras su compañera se va deshaciendo de la poca ropa que le queda. De hecho, cuando ella llega, siguen besándose en la ventana, sin ningún pudor. Él la agarra de su culo, duro y prieto como yo ni sueño llegar a tenerlo, mientras ella mete sus manos entre su pelo. Imagino que estoy allí, y que son mis manos las que recorren su pelo negro, y bajan a su cuello. Que es mi boca la que saborea ávida la suya, roza su lengua, sus dientes y muerde su labio inferior.

Observo como él mete la mano entre las piernas de ella, y juega lentamente. Sigo su juego, abro mis piernas, y poco a poco, voy haciendo presión sobre mi vulva. Después me bajo las bragas, dejándolas en mis tobillos, y me recuesto un poco en el sillón. Puedo sentir que son sus dedos, y no los míos, los que me abren despacio, los que se humedecen dentro de mí. La chica morena se sostiene sobre sus hombros para no perder el equilibrio. Si fuera ella, a mí también me temblarían las rodillas. Introduzco un dedo dentro de mí, luego dos, y hago un movimiento como de llamada, en busca de esa zona rugosa, esa zona que sobresale en mi vagina, y que es uno de los puntos clave de mi felicidad. Ella me ha adelantado en la carrera por nuestro placer, pero yo sigo disfrutando del espectáculo. Ahora es ella quien se arrodilla ante él. Pasa su erección por su cara, por sus mejillas, como si la adorase, como si fuera un ritual. Él agarra su pene, y comienza a pasar su mano arriba y abajo. Su compañera abre la boca, y deja que él golpeé su capullo sobre su lengua. Él nunca sabrá lo que desearía que esa lengua fuera la mía, esa lengua que ahora rodea la punta de su pene, para humedecerla antes de introducir todo el tronco en su boca. Me relamo los labios.

Mi Adonis ya está listo, así que ayuda a la mujer a levantarse, para después, ponerla de nuevo frente a la ventana, con la cintura doblada y las manos apoyadas en el cristal. Él se sitúa a su espalda. Se mete un par de dedos en la boca, los chupa, y después los introduce en ella para lubricarla. Sé que la penetra cuando los pechos de ella se contonean hacia delante por la fuerza de la embestida. Mis dedos los imitan. El calor es insufrible, y por mi nuca van cayendo gotas de sudor. Echo el cuello hacia atrás con la intención de sofocarlas, y al moverme, mi vagina me recibe con más profundidad. Él pone sus manos sobre la cintura de ella, y se deja llevar. Mis gemidos hacen de sus gemidos. Mi respiración es la respiración de ella, mis jadeos son sus jadeos. Me remuevo en mi asiento, y sin querer suelto la cortina. Vuelvo a abrirla, y no me doy cuenta de que la abro demasiado. Entonces algo ocurre, quizás sea imaginación mía, pero él deja de mirar a su compañera y mira al frente, por la ventana. Me mira. Pero no se inmuta, todo lo contrario, parece penetrarla más fuerte, más poseído. Siento cada una de sus embestidas, siento que me mira porque me hace el amor a mí y no a ella. Y entonces llega. El orgasmo es como una bomba que explota en la mitad de mi cuerpo, e inunda con su fuerza cada rincón del mismo. Cuando vuelvo a mirar por la ventana, él también se está corriendo. Cuando acaba, da un beso en la espalda de su compañera, y después, para mi susto y sorpresa, tira un beso al aire, al frente, a mí.

Cierro corriendo la cortina, y me levanto nerviosa. Mierda, mierda, mierda. Ha sido increíble, porque lo ha sido, pero nunca antes pensé que de verdad me hubiera visto. Quizás no lo ha hecho, quizás me lo he imaginado todo, y haya sido sólo el momento. O no… Me muevo nerviosa por la habitación. No puedo seguir así, joder, ¿qué narices me pasa? Me siento en la cama y veo el móvil. Resoplo mientras muevo nerviosa las manos, y al final claudico. Escribo un mensaje a Virginia, y le digo que acepto ir mañana a la cita a ciegas con su amigo.

Doy con las uñas, nerviosa, en la barra del bar. Vuelvo a cruzar las piernas hacia el otro lado. La raja del vestido negro se abre un poco con el movimiento y la recoloco. Me rasco nerviosa en el hombro al descubierto, y para evitarlo, le doy otro trago a mi vino blanco. Tenía que haber llegado más tarde, las chicas nunca llegan primero, no queda elegante. Aunque lo que no queda elegante es que mi cita misteriosa lleve diez minutos de retraso, ¿y si me da plantón? Es el amigo de una amiga, así que no creo que me hiciera ese feo, pero claro, ¿y si le veo yo y no me gusta? Me ha dicho que iría con una camisa azul y vaqueros. Miro a mi alrededor y no veo nadie que encaje en su descripción, aunque la verdad, es una ropa muy común para que pudiera llevarla cualquier otro de casualidad. Yo le he dicho que llevaría un recogido en el pelo con un broche en forma de mariposa, eso sí que es más difícil de confundir, así que dejaré que sea él el que se acerque a mí. Odio las citas de ciegas, odio ir con desventaja.

Alguien me roza en el hombro y me giro. Camisa azul, vaqueros tejanos. Sonríe y le sonrío. Bueno, a ver, guapo guapo no es, pero sí, tiene algo. Sonrío con más ganas. Me acompaña hasta la mesa que tenemos reservada y se disculpa por haber llegado tarde.

—¿Has estado aquí antes? —me pregunta mientras me ofrece la carta del menú.

—No, la verdad es que no, hace tiempo que no salgo. —No, desde que lo dejé con mi novio de toda la vida, y me di cuenta de que por el camino también había perdido gran parte de mi vida social.

—Pues si quieres te ayudo a elegir, este italiano es muy bueno. —Sonríe de nuevo y ojea el menú—. ¿Un entrante de antipasti estaría bien? ¿O a lo mejor una ensalada?

—Mmm, no sé, por lo visto tú eres el experto en italianos, así que te dejo elegir. ¿Vienes a menudo entonces?

—Sí, es un sitio ideal para una primera cita. —Su frase me deja totalmente descolocada. ¿Es que tiene muchas primeras citas? Eso quiere decir que no tiene muchas segundas… malo, malo, malo.

La conversac

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