Introducción
Ok, empecemos con una aclaración: la idea de este libro no es que odies la tecnología y rompas el celular en mil pedazos mientras le echás la culpa de todos los males de la sociedad moderna. Tampoco queremos convencerte de que abandones las redes sociales, te mudes a una cabaña en el bosque y vuelvas a comunicarte exclusivamente por carta.
Pero si estás leyendo estas páginas, probablemente haya algo que no termina de cerrarte acerca de tu relación con la tecnología.
Las pantallas son, cada vez más, parte de quienes somos y lo que hacemos: en nuestro país, 9 de cada 10 personas tienen un celular. Personas de todas las edades: más de la mitad de las niñas y niños de entre 4 y 12 años tiene teléfono; a partir de los 13, son 9 de cada 10. Trabajamos frente a pantallas, estudiamos frente a pantallas, nos informamos, compramos, nos entretenemos, discutimos, nos enamoramos y nos peleamos a través de ellas.
Mientras escribimos estas palabras, una computadora y dos teléfonos están arriba de la mesa. En la mesa de al lado (estamos en un bar, en Chacarita), alguien está desayunando mientras scrollea en su celular. De espaldas, un tipo grandote en la barra parece estar rezando: cabeza inclinada, hombros caídos, las manos juntas y el brillo cambiante de un videíto. Se escuchan risas, también; por algún motivo, no está usando auriculares. Gente mandando audios. El mozo, relojeando el teléfono desde el bolsillo. Una pareja charla con los teléfonos en la mano. El televisor, sin volumen, transmite las noticias.
Todo normal.
Las pantallas dejaron de ser una tecnología entre otras para convertirse en el ambiente en el que transcurre buena parte de nuestra vida cotidiana. Ya no son simplemente herramientas que usamos cuando las necesitamos. Están ahí, acompañándonos en los momentos más importantes y también en los más triviales: cuando esperamos el colectivo, cuando hacemos una fila, cuando paseamos al perro, cuando vemos una serie, cuando vamos al baño o cuando intentamos dormir. Nos permiten llegar a calles imposibles, conocer historias fantásticas, aprender fácilmente cuestiones muy complejas y descubrir que nuestros amigos del colegio están bastante deteriorados.
A veces usamos el teléfono para llamar. Otras veces, nos llama; nos aleja de donde estamos para arrastrarnos una y otra vez a ese mundo virtual. Ya no nos habla desde el bolsillo; es una voz interior que nos dice “yo lo sé”, “acá estoy”, “tengo un reel para mostrarte”.
Las pantallas, conectadas a Internet, nos permiten generar y recibir información como nunca antes; comunicarnos con todo y con todos, instantáneamente y en cualquier lugar. Pero esta capacidad viene con un costo: nuestro cableado cerebral se modifica después de tanto usar el teléfono; nuestra atención, memoria y capacidad de aprendizaje se vuelven más limitadas. Las redes sociales pueden ser devastadoras para la autoestima, además de aumentar conductas adictivas y afectar seriamente nuestra salud mental.
¿Será que el teléfono inteligente nos está volviendo más estúpidos? ¿Podemos cambiar nuestra relación con las pantallas?
¿POR QUÉ ESCRIBIMOS ESTE LIBRO?
La primera razón para escribir este libro fue notar que le estábamos dando a la vida digital más importancia de la que merecía. De repente, saber cuántos likes tenía una foto o cuántas personas compartían un tweet parecía importante. Podíamos quedar bajoneados si un video, elaborado con mucho tiempo y dedicación, tenía pocas reproducciones o comentarios negativos.
La segunda razón fue ver cómo crecían nuestras hijas, hijos, sobrinas y sobrinos en un mundo distinto del nuestro. Cuando sos responsable de alguien más, empezás a ver con otros ojos el uso del tiempo, la calidad (y cantidad) de contenido que consumís y los efectos que eso tiene en la conducta, la cognición y la salud mental. Y empezás a sentir temor por lo que sucede en ese espacio nuevo que, por ser digital, no es menos real.
La tercera razón es que, con todas estas preocupaciones y preguntas, no encontrábamos la data que necesitábamos. Había dos extremos: por un lado, esas publicaciones berretas, elaboradas con IA, que dan instrucciones y mensajes motivacionales por igual (“Reduce las pantallas a 30 minutos diarios. ¡Afuera brilla el sol y el día está esperando que lo tomes!”). Por otro lado, libros especializados y papers que realizaban experimentos y observaciones súper controladas, que se ocupaban de una parte muy chiquita y especializada del problema y no nos ayudaban a tener un panorama completo.
Entonces decidimos escribirlo nosotros. Buscamos información; tratamos de identificar qué es lo que se sabe, qué no. Qué es lo que todavía está en discusión. Además, hicimos estudios; en el capítulo 5 pudimos incluir algunos resultados de un estudio que realizamos con estudiantes del secundario en el Área Metropolitana de Buenos Aires, Argentina.
El libro no tiene solamente descripciones, cifras y explicaciones. También tiene herramientas para que, como lector o lectora, te lo apropies, te conozcas mejor y puedas mejorar tu relación con las pantallas y los efectos que tienen sobre vos. Por ese motivo vas a encontrar tests, experimentos y recomendaciones que te van a ayudar a conocerte mejor para tomar mejores decisiones.
Escribimos este libro para parar un poco la pelota y enfocarnos en las condiciones que nos impuso la tecnología y que aceptamos sin pensarlo realmente, un poco como los términos y condiciones de una app. Aprender es el primer paso para responder las preguntas que nos hacemos, generar otras nuevas y pensar nuevos modos de transitar este cambio de paradigma tecnológico de un modo más humano y saludable.
EL CONTENIDO DE ESTE LIBRO
El libro tiene 6 capítulos, cada uno de los cuales aborda un aspecto de nuestra vida que se ve afectado por las pantallas y el contenido digital.
En el primero nos interesamos por los efectos de las pantallas en la cultura, desde la televisión hasta los teléfonos. Cada nueva tecnología despierta fanáticos y detractores que no pueden evitar amar u odiar todo lo nuevo. Nosotros te proponemos otra mirada: ver críticamente este nuevo mundo de pantallas, sin paralizarnos por el miedo ni entregarnos a la novedad. Es nuestro lugar de part
