Viento letal (Dirk Pitt 18)

Clive Cussler

Fragmento

primera parte

UN AIRE DE MUERTE

1

Los vientos remolineaban sin mucha fuerza sobre la descolorida cabaña de hojalata amarilla asentada sobre un pequeño risco que dominaba el mar. Algunos copos de nieve bailaban alrededor del alero de la estructura, antes de caer al suelo y fundirse entre la hierba y la tundra. Pese al zumbido cercano del generador diésel, un peludo husky estaba tumbado sobre una pequeña parcela de grava, disfrutando de un profundo sueño. Una golondrina ártica de plumas blancas revoloteó cerca para echar un vistazo, y después se detuvo un momento en el tejado del pequeño edificio. Después de examinar con curiosidad el extraño conjunto de antenas verticales, faros y antenas parabólicas que adornaban el tejado, la pequeña ave se dejó llevar por una ráfaga de viento y se alejó en busca de ofertas más comestibles.

La estación meteorológica de la Guardia Costera de la isla Yunaska era tan tranquila como remota. Situada en mitad de la cadena de islas Aleutianas, Yunaska era una de las docenas de elevaciones volcánicas que se curvaban desde el territorio continental de Alaska como un tentáculo arqueado. De apenas veinticinco kilómetros de anchura, la isla se distinguía por dos volcanes dormidos en cada extremo, separados por colinas onduladas cubiertas de hierba. Aparte de un único árbol o arbusto alto, la isla verde se elevaba como una esmeralda de las gélidas aguas del océano circundantes, cuando la primavera se encaminaba ya hacia su final.

Hacia el centro de las corrientes del Pacífico, Yunaska era un punto ideal para seguir la pista de las condiciones marinas y atmosféricas que darían lugar a frentes desarrollados por completo cuando se movieran hacia el este, en dirección a Norteamérica. Además de recoger datos meteorológicos, la estación de la Guardia Costera también servía como estación repetidora de auxilio y rescate para los pescadores con problemas que trabajaban en las aguas cercanas.

El lugar no podía considerarse un paraíso para los dos hombres destinados a la estación. El pueblo más cercano se hallaba a ciento treinta y cinco kilómetros de distancia, mientras su base se encontraba en Anchorage, a más de mil quinientos kilómetros. Los aislados habitantes estaban solos durante un período de tres semanas, hasta que llegaba por vía aérea el siguiente par de voluntarios. Durante cinco meses al año, las brutales condiciones meteorológicas obligaban a clausurar la estación, salvo por mínimas operaciones a distancia, pero de mayo a noviembre, el equipo de dos hombres estaba de servicio día y noche.

Pese a la reclusión, el meteorólogo Ed Stimson y el técnico Mike Barnes consideraban la misión un chollo. A Stimson le gustaba practicar su ciencia, mientras que Barnes se refocilaba pensando en el tiempo libre que acumularía después de trabajar en un turno, el cual dedicaría a buscar oro en rincones remotos de Alaska.

—Te lo digo, Ed, tendrás que buscarte un nuevo compañero después de nuestro siguiente descanso. Descubrí una fisura de cuarzo acojonante en los montes Chugach. Sé que tiene que haber una gruesa y jugosa veta de oro justo debajo.

—Claro, como ese hallazgo del que te jactaste en el río McKinley —bromeó Stimson.

Barnes poseía un optimismo ingenuo que siempre divertía al meteorólogo.

—Ya me creerás cuando me veas pasear por Anchorage en mi Hummer nuevo —contestó Barnes, algo indignado.

—Muy justo —contestó Stimson—. Entretanto, ¿puedes echar un vistazo al soporte del anemómetro? Las mediciones de la velocidad de los vientos han vuelto a dejar de grabarse.

—Pero no te apropies de mi mina de oro mientras estoy en el tejado —sonrió Barnes, mientras se ponía un grueso chaquetón.

—No tienes por qué preocuparte, amigo mío. No tienes por qué preocuparte.

Dos millas al este, Sarah Matson se arrepentía de haberse dejado los guantes en la tienda. Aunque la temperatura alcanzaba casi los diez grados, la sensación de frío era mucho más intensa debido a una brisa procedente del mar. Tenía las manos mojadas por haberse arrastrado sobre pedruscos bañados por el oleaje, y las yemas de sus dedos estaban perdiendo la sensibilidad a marchas forzadas. Mientras trepaba por un barranco, intentó olvidarse de sus manos heladas y concentrarse en sus movimientos, que la acercaban cada vez más a su presa. Avanzó con cautela por un sendero sembrado de guijarros y trepó poco a poco hasta un punto privilegiado, situado junto a un afloramiento rocoso.

A menos de diez metros de distancia, una ruidosa colonia de leones marinos retozaba al borde del agua. Una docena de dichos mamíferos bigotudos estaban apelotonados como turistas en la playa de Río, mientras cuatro o cinco más nadaban en el oleaje. Dos machos jóvenes se ladraban mutuamente, tratando de llamar la atención de una hembra cercana, que no demostraba el menor interés por ninguno de los dos. Varios cachorros dormían ajenos al alboroto, acurrucados contra el estómago de su madre.

Sarah sacó una pequeña libreta del bolsillo y empezó a tomar nota de las características de cada animal, calculando su edad, sexo y aparente estado de salud. Observó con la máxima precisión posible cada león marino, buscando señales de espasmos musculares, secreciones oculares o nasales, o cantidad excesiva de estornudos. Después de casi una hora de observación, devolvió la libreta al bolsillo, con la esperanza de que después sería capaz de leer la caligrafía garabateada por sus dedos ateridos.

Sarah volvió sobre sus pasos por el barranco. Descubrió que sus pisadas de antes habían dejado huellas en la hierba apenas crecida, y las siguió con facilidad hacia el interior, hasta subir por una pendiente poco pronunciada. Notó que la fría brisa del mar revitalizaba sus pulmones mientras caminaba, al tiempo que la desnuda belleza de la isla lograba que se sintiera plena de energías y de vida. Pese a su cuerpo esbelto y delicadas facciones, la mujer de pelo color pajizo, de unos treinta años, disfrutaba trabajando al aire libre. Sarah, que se había criado en el Wyoming rural, había pasado todos los veranos paseando a pie y a caballo por los montes Teton con un par de hermanos pendencieros. Su amor por la vida salvaje la había impulsado a estudiar veterinaria en la universidad del vecino estado de Colorado. Tras una serie de empleos de investigadora en la costa Este, había seguido a uno de sus profesores favoritos hasta los Centros de Control Epidemiológico federales, con la promesa de que no estaría encerrada en un laboratorio todo el día. En su papel de epidemióloga de los CDC (Centers for Disease Control), podía combinar su pasión por la vida salvaje y los espacios abiertos con la investigación de las enfermedades contagiosas entre animales que suponían una amenaza para la salud de los humanos.

Estar en las islas Aleutianas era el tipo de aventura al aire libre que anhelaba, si bien la razón de su presencia estaba relacionada con su corazón amante de los animales. Se había informado de un número misterioso de leones marinos muertos en el oeste de la península de Alaska, aunque no existían sospechas de ninguna catástrofe ecológica conocida o de algún desastre desencadenado por seres humanos. Sarah y dos compañeros habían sido enviados desde Seattle para diagnosticar la extensión de la mortandad y su grado de dispersión. El equipo empezó con la isla exterior de Attu para desplazarse con posterioridad hacia el este, en busca de señales de la epidemia al tiempo que avanzaban hacia la Alaska continental. Cada tres días, un pequeño hidroavión recogía al equipo y lo transportaba a la siguiente isla, con nuevas provisiones. El segundo día en Yunaska no había logrado revelar nada

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