Doble intención

Beatriz Rivas
Ethel Krauze

Fragmento

Doble intención

Confesión

Quien busca refugio en la sinceridad teme algo, teme que un día se llene de cosas que no pueda revelar, de verdaderos secretos inconfesables.

SÁNDOR MÁRAI

Querida Ethel:

Amanecí con esta carta dándome vueltas. Murmurando, discreta, pero de manera firme, las palabras que ahora lees. A veces escribo dormida, sin darme cuenta, por eso en cuanto abro los ojos, mis dedos están ansiosos de tomar el dictado que les llega de todas partes. Me atrapa una necesidad de escribir tan grande, que anula cualquier otro deseo. Nuestra reciente comida en Las Mañanitas fue todo un placer. Placer que me llevó a una intimidad que no imaginas: la de mis motivos y secretos. Aquellos negados, desconocidos. Tus comentarios e inquietudes, a mis casi cincuenta años, me obligaron a preguntarme sobre mi condición de mujer. Parafraseando irresponsablemente a Heidegger, uno de los personajes de mi Hora sin diosas: mi condición de Ser-Mujer-en-el-Mundo.

Hace algunos años –tenía treinta y tres–, me hicieron un psicodiagnóstico como requisito obligatorio para entrar a una maestría. Los resultados jamás los platiqué con nadie y los archivé, literalmente, en el fondo de un cajón. Tal vez porque no me gustaron. Tus observaciones sobre mi novela, agudas y cariñosas, me obligaron a desempolvar las páginas y a enfrentarme a mi manera de ver y concebir la feminidad.

Las frases que más odié, en su momento, dicen: «… Beatriz presenta dificultades para la aceptación de su feminidad (…) Dificultad para aceptar su rol femenino y las vicisitudes que el ser mujer impone dentro del ámbito social (…) Hay una lucha interna, un conflicto entre la aceptación de su feminidad y la consolidación de su rol de género con la rebeldía frente al sometimiento de su propia genitalidad y de la masculina».

De eso hablamos en nuestra comida cuando me cuestionaste sobre las motivaciones que me llevaron a escribir mi primera novela, hace ya más de diez años. Para La hora sin diosas elegí tres mujeres aparentemente fuertes, independientes, libres. Pero –ahora lo entiendo– también las escogí por los hombres que las rodearon: Nietzsche, Freud, Rilke, Kokoshka, Mahler, Paul Rée, Werfel, Gropius, Andreas, Heidegger…

De pronto, sí, frente a ti, con ese jardín morelense de verdes intensos como escenario, me di cuenta de que siempre he vivido al lado de un hombre (no sé estar sin pareja). Y siempre he tratado –de manera inconsciente–, que sea un hombre extraordinario. En mi lista de novios-amantes-esposos habidos, hay varios nombres conocidos y reconocidos. Actores, periodistas, escritores y músicos, fundamentalmente: creativos. Creadores. Hay dos o tres que no cumplen ese requisito, pero tienen otro que la sociedad valora mucho: un físico muy atractivo. Yo misma he reconocido varias veces que mi condición ideal es estar todo el tiempo enamorada. Mientras, aparentemente he buscado mi propio camino, tratando de ser autosuficiente y lo más libre que se pueda. Intentando ser parte de las mujeres que Lawrence Durrell describe: «Estaba en presencia de alguien que no podía ser juzgada con los mismos cánones aplicados entonces a las mujeres». ¡Cuántas contradicciones!

Me cuesta trabajo aceptarme como mujer, no cabe duda. Mi padre y mi hermano han dicho varias veces que pienso como hombre. Que no soy tan complicada como las demás mujeres. Y esa afirmación me hacía sentirme orgullosa. No me daba cuenta, hasta ahora, que estaba solapando un comentario de Freud que yo misma he criticado cientos de veces: cuando hablaba de Lou Andreas-Salomé decía que era tan inteligente que su mente no podía ser más que masculina.

Ahora, hoy, esta mañana, me hago consciente de lo equivocada que he estado. En mi segunda novela, Viento amargo, la protagonista, Miss Betsy Balcombe, se convierte en un personaje que pasó a la historia únicamente por su amistad con Napoleón Bonaparte. Y en la novela que ahora escribo, elegí a Madame du Châtelet no sólo por su aguda mente científica, sino porque fue amante de Voltaire. ¿De verdad creo que mi éxito y mi camino deben ser siempre al lado de un hombre para que cobren valor? ¿Ves todo lo que has desatado, queridísima Ethel?

Incluso me hiciste reflexionar cuando te comenté que, según mis investigaciones, las tres mujeres de mi novela (y también debo incluir a la francesa que ahora uso como personaje) lograron lo que lograron, en gran parte, gracias a sus padres. Las cuatro tenían madres comunes y corrientes, y una relación tensa y distante con ellas. Lou Andreas-Salomé, incluso, deseó verla ahogarse en un lago. Pero tenían papás que las impulsaron a no ser mujeres de su época. Les abrieron sus bibliotecas, les contrataron maestros privados, las estimularon, en fin, les dieron las armas para estudiar en momentos en que la sociedad sólo les permitía dedicarse a la casa y a los hijos.

Como lo propusiste, y he aplaudido tu idea, habría que buscar otras diosas. Verdaderas diosas contemporáneas que no necesiten de una figura masculina –llámese padre, amante, marido, hijo–, para sobresalir, para ser reconocidas, para encontrar su proyecto de vida.

Y esto no lo propusiste de manera franca, sin embargo, me has «obligado» a volverme a plantear muchos conceptos que asumí, quién sabe cuándo ni dirigida por qué circunstancias, y que en esta etapa de mi vida siento erróneos. Por ejemplo, mi idea de lo que es ser mujer, aquí y ahora. Y esa loca incongruencia entre crear mi propio camino, pero, eso sí, bajo o con la presencia «vital» de una figura masculina que me avale y proteja.

En fin, querida Ethel, nuestras muchas coincidencias (mexicanas, mujeres, escritoras, dos matrimonios, una sola hija que concebimos a una edad relativamente tardía… de las que también hablamos en la comida), nos han hecho emprender esta comunicación electrónica que, espero, nos lleve a veredas literarias lúdicas y productivas. Un enorme abrazo.

BR

Ciudad de México, 14 de febrero de 2013

Doble intención

Bioficción:. Lanzar al cielo tu vida y cuando llegue más allá de las estrellas, esperar a que baje, surcada de rayos, nubes, tormentas de soles y de lunas, mariposas, murciélagos y vientos de todos los mares; lo que llegue al papel en forma de palabras, es eso.

EK

Hombres:.. No los defino. A algunos los amo. A otros, les temo. Muchos me exasperan. A muchos los compadezco. Confieso que me gustan y que los ne

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