Lo que pienso de...

Chiara María Roggero Bustamante

Fragmento

LAS COINCIDENCIAS

A veces pienso que en algún lugar del universo existe un laboratorio especializado en confabular casualidades. Un hangar en donde máquinas hechas de jabón generan conexiones improbables, solo para que los humanos seamos sorprendidos por una coincidencia: un encuentro inesperado, una canción en la radio, una palabra dicha al mismo tiempo.

Cada vez que vivo una coincidencia pienso en esas máquinas de jabón y resbalo en su verdad.

* * *

Nos habíamos dejado de ver por muchos años. Yo estaba de paso por Buenos Aires y lo llamé para tomarnos un café. El encuentro sería en la librería El Ateneo, ubicada en un viejo y elegante teatro porteño.

—Buscame en el pasillo de Astrología —me dijo—. Ahora soy astrólogo.

¿Astrólogo? No podía creer que el mismo Juan que había conocido años atrás ahora estaba interesado en la astrología.

—Y a mí búscame en el pasillo de autoayuda — le respondí, solo para que se riera un poco.

Se rio.

Tenía puesto mis jeans rotos y mi casaquita de cuero inseparable. Caminaba un tanto nerviosa entre aquellos miles de libros que le daban forma a la librería. Cuando llegué a la sección de autoayuda, me hice la que revisaba los títulos, como si buscara algo en especial. De pronto sentí un poco de pudor: nadie quiere ser visto buscando un libro de autoayuda. Fue entonces que escuché su voz carrasposa pronunciar mi nombre en diminutivo. Volteé y ahí estaba él en la sección de astrología, que se ubicaba justo en frente de la sección de autoayuda. Compartíamos pasillo y no lo sabíamos (o quizás sí). Máquinas de jabón.

Juan seguía siendo el mismo. Seguía un tanto desaliñado y todavía conservaba el look rockero y renegón. Nos saludamos con un abrazo distante, tímido y sin movernos de aquel pasillo. Intentamos ponernos al día de nuestras vidas; había pasado mucho tiempo desde la última que nos habíamos visto. Yo le conté de mi vida en Lima, de mi familia, de mi trabajo y él, principalmente, de su divorcio y su nueva vida. Me dejó entender lo difícil que le había sido terminar con aquel matrimonio que tanto daño le había hecho, pero también me habló de lo bien que se sentía: fuerte, valiente, listo para vivir lo que le tocara sin miedo alguno.

Y mientras hablábamos, Juan (que nunca puede estar quieto) se agachaba sobre los estantes revisando cada uno de los libros con mucho detenimiento, con la misma ansiedad de un niño eligiendo un sabor en una heladería. Se paró y rendido me dijo: “No sé qué estoy buscando. Elegime vos un libro”. Yo de astrología sabía tanto como de biología molecular, así que decidí dejárselo al azar. Fue entonces que me agaché y, con los ojos cerrados, dejé que mi dedo índice empezara a tocar todos los lomos de aquellos libros que hablaban de la posición de la Luna, de Saturno y los signos ascendentes. Y como si una fuerza sobrenatural me manejara, mi dedo se detuvo en un libro: flaquito, verde, insignificante. Lo saqué y una máquina de jabón empezó a hacer burbujas revolucionarias. El libro se llamaba Juan sin miedos.

* * *

Hay algo que ocurre cuando una coincidencia se nos presenta. Es como si todo lo que tenemos claro se hiciera agua. Como si nuestros paradigmas perdieran la fibra que los sostiene. Y entonces conceptos como “energías” o “fuerzas” empiezan a tomar relevancia, a pesar de lo brutalmente escépticos que podamos ser algunos.

De todos los miles de libros que había en esa librería, yo fui a agarrar Juan sin miedos para Juan, que ya no tenía miedos o estaba en el proceso de perderlos. Cómo no creer entonces en aquel hangar con máquinas de jabón que conectan caminos, destinos, posibilidades, solo para recordarnos que la vida es tan impredecible como un dedo que se detiene en un libro en el pasillo de astrología.

LOS TESTÍCULOS

Imagino que el ingeniero o el artista a quien le asignaron, en la época de la Creación, la función de diseñar los testículos sufría una fuerte depresión crónica. Esa es la única explicación coherente que encuentro para aceptar un diseño tan espantoso como el de los testículos, siendo ellos tan importantes y cotidianos en nuestras vidas. Mira que existen los ornitorrincos, los champiñones, las babosas, obras que carecen de toda estética a mi entender; pero nada más grotesco que un par de huevos colgando entre las piernas de un hombre.

¿Por qué eligieron ese aspecto deshinchado? ¿Por qué no optaron por algo más ajustado? Un par de bolas bien puestas, lustrosas como las del billar. Pudieron haberlos diseñado con un color verde fosforescente, que los hiciera brillar bajo la oscuridad, y así tuvieran entonces alguna utilidad doméstica, ideal para apagones y campamentos. ¿Por qué decidieron que parezcan un globo aerostático en emergencia? ¿Por qué optaron por esa piel de viejito, con pliegues tristes y pelitos perdidos informes? Y no conformes con hacerlos feos, los hicieron débiles: vulnerables como una flor, delicados como el vidrio. Y, claro, uno los ve tan insulsos y lo único que provoca es patearlos, hacerles daño, apretarlos a ver si sale algo: un juguito, aunque sea. Pero no, con ellos hay que tener un cuidado casi clínico.

De todas formas, yo quisiera tener un par de huevos entre las piernas. Unos huevos muy grandes que pueda coger cuando miro televisión. Fantaseo con poder meter una de mis manos bajo mi pantalón de buzo y hacer lo que todo hombre hace cuando está relajado: juguetear con ellos, como si viviera entre sus piernas una ardillita a la que hay que acariciar. Siempre me ha llamado la atención cómo los hombres se abstraen en esa costumbre de acomodarse las campanas de piel, para un lado y para el otro. Pero quizás lo que más me sorprende es que ese acto en sí mismo carece de impulso erótico; se trata de un placer asexual, rarísimo para un hombre.

Quizás los testículos fueron hechos para recordarnos a las mujeres lo débiles que son y serán siempre los hombres. Quizás fueron diseñados así para poner a prueba nuestro amor. Quizás sí hay un placer sexual en tocarlos y las mujeres hemos sido engañadas durante toda la historia de la humanidad. Quizás lucen de esa manera para enseñarnos a amar lo imperfecto, lo amorfo, lo delicado. O quizás los testículos fueron un ensayo, un boceto, y cuando Adán se sacó la hojita, ya era muy tarde para rediseñarlos, porque Eva, pilla ella, ya los había visto y, con la risa chorreándole, le había preguntado a Adán: “¿Qué mierda tienes entre las piernas?”.

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