Plan B

Carina Morillo

Fragmento

El autismo llegó a mi vida sin pedir permiso. Inesperado, hace diecinueve años.

“No te parecés a nadie”, fue lo que le dije a Ivan cuando lo tuve por primera vez en mis brazos. Sin saber lo que decía, salieron esas palabras de muy adentro mío, adivinando. El alma siempre se entera antes.

Tengo cincuenta y un años. Estoy casada con Gilles, mi gran compañero de ruta hace venticinco; soy la mamá de dos adultos, Alexia, de veintiún años e Ivan, de diecinueve. Miro fotos de cuando recién nacieron y me desconozco, como si fuera otra. Siento que viví muchas vidas. Hoy ya somos todos grandes en casa.

Ivan tiene autismo. Es no verbal, y se comunica a través de un IPad donde está todo su universo de palabras en imágenes. Su diagnóstico cambió mi vida para siempre. Sobre todo, cambió mi forma de mirarla. Es un antes y un después.

De un plumazo la vida dejó de ser “normal” para convertirse en otra cosa que iba a tener que aprender a descubrir. Pero para eso debería olvidarme de todo lo que sabía y empezar de cero.

La mujer que iba a 180 kilómetros por hora por la autopista, en línea recta y sin tropiezos, la mujer para la que el Plan A era ser exitosa y lograr (y lograr más) se quedó de repente sin guion.

Abanderada del colegio, recibida a los 22 años con medalla de oro, casada a los 26 y de regalo para mis 30, tal como lo había planeado, Alexia. A los 25 era directora de Conferencias de una revista internacional de finanzas, vivía en Miami y pasaba mi vida en un avión entre Nueva York, Sao Paulo, Buenos Aires, Bogotá, Santiago, Caracas, Quito, a puro mercado de capitales. Era independiente económicamente de mis padres, pagaba mi alquiler, tenía un auto y una vida social frenética.

Con Ivan de apenas dos meses, nos mudamos por el trabajo de Gilles a Luxemburgo. Primer mundo. Aunque cueste encontrarlo en el mapamundi, tiene el mayor PBI per cápita del mundo, un país que funciona con precisión suiza. Con la honestidad que caracteriza a los luxemburgueses, a los tres meses de llegar, la Comuna donde vivíamos me avisó por carta que me correspondía una pensión del Estado —por tener dos bebés y ser ama de casa—, retroactiva al día que habíamos pisado suelo en ese gran ducado. A la semana empezaron a depositar religiosamente todos los meses mi sueldo de mamá. Ahí aprendí a separar los residuos en siete bolsas diferentes, con un calendario para cada tipo. A los pocos meses, con un préstamo, nos compramos nuestra primera casa, antigua, reciclada, de color rosa, en el medio de la campiña, muy cerca de la frontera con Bélgica. La vida me sonreía y era color de rosa, como mi casa.

Me había convertido en una ciudadana del primer mundo. Plan A seguía en pie.

Pero después llegaron los momentos de las sospechas de que algo con Ivan no iba bien. El bebé sonriente que había caminado al año como indicaba el manual y, para sorpresa de todos, había aprendido a hablar muy rápido palabras en castellano y francés, se me iba de entre las manos. Empezó a dejar de pronunciar las palabras que antes decía. Su juego era pobre: lo invitaba a construir torres de lego, apenas ponía uno y disparaba. Si me escondía detrás de la cortina, no me buscaba, me podía quedar horas enrollada ahí, esperando, que ni se inmutaba.

En esos inviernos de nieve y lluvia de Luxemburgo conocí el sabor amargo de la soledad. Lejos de mi familia, tanteando a oscuras, tocando puertas y puertas, sin respuesta. Internet no existía como ahora, no se podía googlear información, así que mi manual de ruta era mi propia intuición. La pediatra me decía que no me preocupara, que los varones tardaban más. Me miraban como si yo fuera el problema: Ivan era el hijo malcriado de una mamá latina a miles y miles de kilómetros de su país, que seguramente extrañaba el sol y el tango. “Necesita más límites”, les adivinaba decir.

Pude desoír a todos y escuchar mi corazón. Yo sabía que algo no iba bien. Así que seguí buscando.

Hasta que finalmente llegó el diagnóstico.

Autismo.

¡Qué palabra! Significaba tanto y nada a la vez. Conocía la definición del diccionario, pero iba a tener que descubrir lo que significaba para Ivan, para nosotros como familia y para mí.

Ivan recibió el diagnóstico, pero el autismo nos atravesó a todos.

Iba a tener que aprender que no dependía de cuánto pudiera adaptarse Ivan a las reglas de este mundo, o de que yo, como su mamá, se las enseñara. Su suerte iba a depender de las ideas que los demás tenían en su cabeza (¡y qué difícil es meterse ahí adentro!).

Todavía hoy siento que cuando pronuncio la palabra autismo se asocia a algo negativo, a la palabra encierro. Pese a ser una condición tan frecuente, la mayor parte de la sociedad sigue sin saber qué es. Piensan que se trata de personas desconectadas de la realidad y que no quieren estar con otras. Esta desinformación se traduce en puertas que automáticamente se cierran.

Con todos esos NO en la mano yo me preguntaba cómo lograr que los demás no solamente miraran el autismo de Ivan, sino que también lo miraran a él, con todo lo que es capaz de hacer, con todo lo que puede dar. Como a todos nos gusta que nos miren. Por lo que podemos y no por lo que nos cuesta.

Una red de miradores de posibles. Eso le quería regalar a Ivan. Solo los que pueden ver la posibilidad pueden dar la oportunidad. Así que decidí empezar por mí misma y ser yo la primera capaz de ver toda esa posibilidad.

Como creo que lo que no existe se puede crear, decidí convertirme en una constructora de oportunidades para Ivan y las personas con condiciones del espectro autista de este país, fundando Brincar, junto a un grupo increíble de personas que, como yo, están convencidas de que todos tenemos derecho a ser parte de esta sociedad.

El autismo vino a limpiar el camino. A sacar el exceso de equipaje de encima. A darme el permiso de ser lo que yo quería ser.

“Siento que vos y yo estamos al borde la pileta con Ivan ahogándose, que estiramos la mano y que se nos sigue escapando, que no podemos salvarlo”.

Con Ivan de tres años y estas palabras le anuncié a Gilles que teníamos que movernos, que nuestros días en Luxemburgo habían terminado. La vida es siempre movimiento. Para encontrar nuestro don, tenemos que salir de nuestra zona de confort.

Volvimos a Buenos Aires y empezamos una vida nueva. Con nuestra mudanza en un barco. Sin casa, sin trabajo. Simplemente con la intuición de que teníamos que arrancar de nuevo en un lugar donde mirarse a los ojos y abrazarse siguiera siendo importante.

Nuestra vuelta a Buenos Aires fue mi camino de transformación.

A partir de ese momento empezó Plan B, otra manera de estar en el mundo.

Fue darme cuenta de que no me interesaba ser exitosa porque el currículum de logros no sirve de nada. Que en el medio de tantas dificultades que tenía que enfrentar Ivan, lo único que me importaba es que fuera feliz. Que mi familia fuera feliz. Que yo fuera feliz.

Por nada del mundo me iba a perder esa oportunidad. La vida siempre nos reg

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