Andresito

Pablo Camogli

Fragmento

INTRODUCCIÓN

Hacer visible lo invisible

Hoy se yergue majestuoso, de espaldas al río Paraná. Es un hercúleo cuerpo de acero inoxidable de más de veinte metros de alto que ha modificado para siempre las facciones urbanas de la ciudad de Posadas, la capital de la provincia de Misiones. Es, quizás, la estatua más grande que se haya realizado sobre un personaje de nuestro pasado nacional, un merecido reconocimiento que hace visible lo que durante casi dos siglos permaneció invisibilizado por el aparato comunicacional y formativo de lo que suele denominarse “historia oficial”. El gigantesco monumento que hoy embellece la costanera de Posadas es, ni más ni menos, que el triunfo simbólico de un gran derrotado de nuestra historia, Andrés Guacurarí y Artigas.

Al igual que la elite dirigente de la generación del ’80, que se apropió del espacio público para dotarlo de una carga simbólica específica, que manifestara su propia interpretación del pasado, el monumento de Andresito es un reflejo de época. En la actualidad, la sociedad misionera ha comenzado a reescribir tanto su propia historia como la del personaje histórico llamado Andrés Guacurarí, a la que dotó de una carga simbólica tan enorme como su estatua a la vera del Paraná.1

Si bien es cierto que la escultura visibiliza al personaje, no resuelve per se una cuestión fundamental del proceso de rescate histórico de aquellas figuras olvidadas del pasado. Es que la fría obra de arte no es más que la materialización simbólica de algo que se pretende perpetuar en el tiempo, pero nada dice sobre el significado que tal o cual personaje tiene en el contexto temporal y espacial de su actuación. En el caso de Andresito, además, adquiere una dimensión mucho más profunda. Por un lado, debido a que su historia es casi desconocida para buena parte de la sociedad argentina. Por otro lado, porque se trata no ya de un personaje curioso y heroico de nuestro pasado, sino una figura clave capaz de resignificar, con su sola existencia, la interpretación más difundida sobre el estallido revolucionario e independentista de comienzos del siglo XIX.

¿LA HISTORIA DEL PERSONAJE O EL PERSONAJE EN LA HISTORIA?

El género biográfico siempre ha fascinado a los historiadores y a los lectores. La posibilidad de recorrer en detalle la vida, la obra, la gloria y las miserias de los principales personajes del pasado atrae como casi ningún otro aspecto. Es probable que esto se deba a lo que en la pedagogía de la historia se denomina “empatía”, que no es otra cosa que la capacidad de ubicar al lector en el tiempo y en el espacio de actuación del biografiado. En otros términos, consiste en la habilidad de colocar al público en el lugar del personaje. Además, porque resulta más sencillo comprender las acciones humanas que dimensionar la profundidad —un tanto abstracta— de los procesos sociales, económicos y políticos que conforman la descripción en términos históricos.

Durante décadas, el género biográfico fue prácticamente hegemónico en la escritura de la historia nacional. No es casualidad que las biografías de Belgrano y de San Martín, escritas por Bartolomé Mitre, sean consideradas como fundacionales de la historiografía argentina. Con el paso del tiempo, la ciencia de la historia se adentró por nuevos caminos temáticos y analíticos, pese a lo cual la supervivencia de las biografías resulta innegable, algo que puede comprobarse en los anaqueles de las librerías.

Como todo género, tiene sus aspectos positivos y también sus límites. No es de mi predilección, básicamente porque considero que los individuos no hacen la historia, sino que es esta, o mejor dicho, la realidad que les toca vivir, la que los determina y la que, en última instancia, acaba por convertirlos en personajes destacados, capaces de ser biografiados en el futuro. Así, por ejemplo, San Martín fue lo que fue porque vivió en un contexto de revolución y guerra, no porque fuera un “Hermes trimegisto”, como lo definía Mitre en el tono hagiográfico que suele caracterizar a las biografías.

En definitiva, creo que la solución para esta disyuntiva pasa por responder la siguiente pregunta: ¿para qué hacer una biografía: para conocer la historia del personaje o para ubicar al personaje en la historia? La primera opción puede desembocar tanto en un conjunto de trivialidades como en una descarnada descripción del individuo biografiado, pero seguro carecerá de la profundidad necesaria como para ayudar a comprender la realidad de un determinado momento histórico. La segunda alternativa podrá adolecer del encanto de los detalles de la vida privada del personaje, pero permite reconocerlo como un específico actor de un contexto concreto. Esta biografía que aquí propongo aspira a recuperar la trayectoria de vida de Andresito, pero insertándola en el marco del complejo y cambiante proceso histórico que le tocó transitar.

Esta opción se debe a dos motivos fundamentales. En principio, porque es evidente que una personalidad como Guacurarí solo fue posible en aquel contexto de guerra revolucionaria que se registró en la segunda década del siglo XIX y en el marco del pueblo guaraní, que también tiene una particular trayectoria sociocultural. Andresito no es más que el emergente individual de un largo proceso histórico, cuyas características salientes fueron las que generaron las condiciones objetivas para su surgimiento como figura destacada. Y esta es, en consecuencia, la segunda dimensión que justifica esta biografía. La sola existencia de Andrés Artigas es motivo suficiente para replantear el axioma historiográfico que asegura que la revolución en América se originó en Europa, de la mano de la modernidad. Esta tendencia postula el “origen exógeno” del proceso emancipador. Pero a contrapelo de esta idea, y como veremos en este libro, los sectores mayoritarios de la población americana ya actuaban en clave revolucionaria desde por lo menos el siglo XVIII, mucho antes de la irrupción de la modernidad en las coronas del “antiguo régimen” europeo.

EL RÁPIDO PERFIL DE UN HÉROE DESCONOCIDO

Andrés Guacurarí es un personaje desconocido. No solo para la sociedad argentina, incluso para los propios misioneros, que lo han designado como prócer provincial sin tener muy en claro quién fue y qué hizo. Este libro busca desentrañar su figura, presentarlo ante el público y recurrir a su historia para profundizar una línea interpretativa que vengo desarrollando en mis libros anteriores. A diferencia de otras personalidades, con Andresito hay que arrancar por el principio y desde lo más básico, tanto como para que en la misma introducción tengamos que referenciar sus datos principales.

Sus orígenes son difusos, pero está claro que se trata de un descendiente de guaraníes nacido en la región de los pueblos de las antiguas reducciones jesuíticas ubicadas sobre la costa del río Uruguay. Si bien se desconoce tanto su lugar como su fecha de nacimiento, es probable que haya sido el 30 de noviembre de 1778 en Santo Tomé, población perteneciente a la actual provincia de Corrientes (tema que veremos en el capítulo III). Andresito nació el mismo año y a pocos kilómetros de

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