Aún no estoy muerto

Phil Collins

Fragmento

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Prólogo

 

Grandes éxitos y pequeños achaques

No oigo nada.

Por mucho que intente echarla abajo, la obstrucción del oído derecho no cede. Intento hurgar un poco con un bastoncillo de algodón. Sé que se aconseja no hacerlo: el tímpano es sensible, en especial si ha estado sometido a toda una vida tras la batería.

Pero estoy desesperado. Mi oído derecho está kaput. Y ese es mi oído bueno, pues el izquierdo lleva una década fastidiado. ¿Eso es todo? ¿La música, finalmente, ha acabado conmigo? ¿Me he quedado definitivamente sordo?

Imagina la escena (y los lectores de carácter aprensivo tal vez prefieran desviar la mirada ahora): estoy en la ducha. Es marzo de 2016 y estoy en casa, en Miami. Es la mañana de un concierto muy especial: es la primera vez que subo al escenario en años y, lo que es más importante, es la primera vez que actúo en público junto a uno de mis hijos, Nicholas, que tiene catorce años.

El chaval va a tocar la batería, el viejo va a cantar. Ese es el plan al menos.

Rebobinemos un poco: el año 2014 vio el lanzamiento de Little Dreams USA, la sección estadounidense de la organización benéfica que mi exesposa Orianne y yo fundamos en Suiza en el año 2000. Little Dreams ayuda a los niños con becas, instrucción y orientación en los ámbitos de la música, las artes y el deporte.

Para poner todo en marcha en Estados Unidos, y recaudar algo de dinero, teníamos planeada una gala para diciembre de 2014. Pero mientras tanto yo había sufrido un montón de problemas de salud. Al llegar el día del concierto, no me encontraba en condiciones de cantar.

Tuve que llamar a Orianne, la madre de Nic y de su hermano Mathew, quien acababa de cumplir los diez, y decirle que había perdido la voz y no me era posible actuar. No le conté que también había perdido la confianza: no caben tantas malas noticias en una llamada telefónica a tu exesposa. En particular, quizá, cuando es tu tercera exesposa.

Dieciséis meses más tarde, aún quedan muchas cosas que arreglar. Pero 2016 parece haberme dado no solo un nuevo año sino un nuevo yo: estoy listo para este concierto. Sin embargo, no estoy preparado para una función completa, por lo que necesitamos un buen elenco de artistas.

No obstante, incluso con esa ayuda musical, me doy cuenta de que esta función va a recaer principalmente sobre... mis hombros. Es una situación que me resulta familiar tras cuarenta años de gira tras gira y tres décadas de álbum tras álbum, tanto de Genesis como en solitario: una vez más me veo atrapado en un guion que no he escrito solo yo. Pero renunciar de nuevo no es una opción. No si quiero vivir para cumplir sesenta y seis años.

Algunos antiguos compadres de profesión me acompañan durante los ensayos en Miami, al igual que Nic. Él sabe que vamos a tocar In The Air Tonight, pero, una vez que resulta evidente que se ha convertido en un gran batería, añado más canciones: Take Me Home, Easy Lover y Against All Odds.

Los ensayos van de maravilla; Nic ha hecho los deberes con ganas. Es más: es mejor de lo que era yo a su edad. Al igual que me ocurre con todos mis hijos, no quepo en mí de orgullo paterno.

Además, me tranquiliza que esta vez mi voz suena con fuerza. En cierto momento el guitarrista Daryl Stuermer, compañero desde hace muchos años, dice: «¿Podéis ponerme la voz por mi monitor?». Es buena señal: nadie quiere al cantante por el monitor cuando suena fatal.

A la mañana siguiente, el día de la gala, estoy en la ducha. Es entonces cuando el oído me traiciona. Y si no puedo oír, no puedo cantar.

Llamo a la secretaria de uno de los muchos expertos médicos de Miami que a estas alturas tengo en marcación rápida. Una hora más tarde estoy en un quirófano y un otorrino me aplica a ambos oídos un aparato de succión que parece recién sacado de una mina. Alivio instantáneo. Todavía no estoy sordo.

Esa noche en el Jackie Gleason Theater tocamos Another Day In Paradise, Against All Odds, In The Air Tonight, Easy Lover y Take Me Home. Nic, cuya aparición sobre el escenario tras el número inicial recibe una sonora ovación del público, maneja la situación con brillantez.

El éxito es enorme, mucho mejor (y mucho más divertido) de lo que me esperaba.

Después del concierto, me quedo solo en el camerino. Me siento ahí, absorbiéndolo todo, recordando los aplausos, pensando: «Cuánto lo echaba de menos». Y: «Sí, Nic es muy bueno, de verdad. Muy, muy bueno».

No esperaba volver a vivir la sensación de un concierto bien hecho. Cuando me retiré de mis giras en solitario en 2005, de Genesis en 2007 y de los estudios en 2010, estaba convencido de que eso era todo. A esas alturas ya me había dedicado a tocar, componer, actuar y entretener durante medio siglo. La música me había dado más de lo que habría podido imaginar, pero también me había arrebatado más de lo que jamás habría temido. Ya lo había dado todo.

Y, sin embargo, aquí, en Miami, en marzo de 2016, descubro que la música hace lo contrario de lo que ha hecho durante años. En lugar de separarme de mis hijos, de Simon, Nic y Matt y sus hermanas Joely y Lily, me está uniendo a ellos.

Si hay algo capaz de sacudir las telarañas, es tocar con mis hijos. Si me ofrecieran mil millones de dólares al día por formar de nuevo Genesis, no bastarían para que volviera a la carretera. La oportunidad de tocar con mi hijo, sí.

Pero antes de seguir adelante, hay que volver atrás. ¿Cómo he llegado hasta aquí? Y, sobre todo, ¿por qué?

Este libro es mi verdad acerca de las cosas. Lo que sucedió, lo que no sucedió. No saldo cuentas pendientes, pero reparo ciertas injusticias.

Al volver la vista atrás y contemplar mi pasado, sin duda me he encontrado con sorpresas. Cuánto había trabajado, por ejemplo. Si recuerdas la década de los setenta, es evidente que no estuviste en tantas giras de Genesis como Tony Banks, Peter Gabriel, Steve Hackett, Mike Rutherford y yo. Y si recuerdas la década de los ochenta, pido disculpas por mí y por el Live Aid.

Es 2016 y hemos perdido a muchos de mis compañeros, así que he tenido motivos para reflexionar sobre mi mortalidad, mis flaquezas. Pero también, gracias a mis hijos, he tenido que pensar en mi futuro.

Aún no estoy sordo. Aún no estoy muerto.

Dicho lo cual, estas no son nuevas sensaciones. Me golpeó la muerte cuando mi padre falleció justo en el momento en que la decisión de su hijo hippy, que rechazó una vida en su compañía de seguros por una vida en la música, comenzab

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