Fuimos nosotras

Magis Iglesias

Fragmento

cap-3

INTRODUCCIÓN

Antes de que se me olvide

Crecí escuchando historias de la guerra a mis tíos abuelos, que hablaban sin parar de la maldad de los falangistas y sus paseíllos, las traiciones entre vecinos, los maestros nacionales delatores de sus predecesores, las trincheras de la batalla del Ebro o la toma de la Ciudad Universitaria de Madrid. De todos estos relatos —en los que se mezclan ideologías de distinto signo—, dos fueron los que más mella hicieron en mi ánimo, y ambos están relacionados con rencores domésticos. El primero y más impresionante, la bravata de mi poderosa abuela Livia, cuando echó violentamente de la casa familiar al párroco porque había dado informes negativos de su hermano Odilo, un chico de la «quinta del biberón», al que estuvieron a punto de fusilar por la inquina del señor cura hacia este joven descreído, que no le iba a misa ni le entregaba las cartas debidamente cuando le tocaba ejercer de cartero en sustitución de mi bisabuelo. El segundo pertenecía a la memoria histórica de mi tío Benito, militar de los «nacionales» que tuvo que esconderse para que no lo enviaran a la División Azul como voluntario. Pasó su vida contando batallitas de la guerra, pero ninguna como aquel enfrentamiento en Teruel donde pudo haber matado a su hermano Manolo, que combatía en la trinchera de enfrente con los republicanos. Ni uno ni otro dispararon un solo tiro en aquella batalla para no tener que llevar en la conciencia la duda de si habían herido o matado a quien llevaba su misma sangre.

La familia de mi madre vivía perfectamente integrada en el régimen franquista por la condición de guardia de asalto de mi abuelo Lino, quien llegó a tener a algún rojo de su aldea escondido en su casa. Mi padre no nos hablaba nunca de la guerra, a pesar de las penurias y enfermedades que tuvo que pasar su familia durante la contienda y la posguerra. La única anécdota que recuerdo es el hambre que pasaba y cómo la calmaba comiendo raíces de los árboles de los parques de la ciudad. Sólo cuando fue consciente de que vivía sus últimos días y la enfermedad ya lo había postrado, me habló del ingreso de su hermana en un hospital de tuberculosos en la Lanzada y sus penosos viajes a la isla de San Simón, cuando acompañaba a las mujeres de su barrio a llevar ropa y comida a los familiares presos en el campo de prisioneros que allí instalaron las fuerzas del régimen franquista.

No puedo decir que esas historias hayan marcado mi vida y nunca me parecieron demasiado relevantes hasta que descubrí, cuando llegué al Curso de Orientación Universitaria (hoy segundo de bachillerato) ya con diecisiete años, que España, donde yo había nacido, no era un país como los demás, que vivíamos en una triste e injusta dictadura, y que otro sistema político era posible. Todo ello, gracias a mi profesor de formación del espíritu nacional, que era quien también impartía clases de sociología y economía en el colegio de los jesuitas. Nadie me había hablado nunca de nada parecido, ni en casa ni en el colegio de las monjas.

Como mis padres se atrevieron a mandar a mi hermana mayor a estudiar medicina a la Universidad de Santiago, parecía lógico que yo aspirara a coger el mismo ascensor social al que, por otra parte, mi padre —siempre tan fantasioso e idealista— nos animaba cuando nos ponía como referencia el sistema soviético, en el que, al parecer, todo el mundo estudiaba gratis lo que quería y donde los taxis no eran un artículo de lujo, sino servicios compartidos entre varios usuarios. Por supuesto, mi madre tenía un sentido más prosaico y mucho más práctico de la vida, consecuencia de las estrecheces económicas que tuvo que sortear con cinco hijos e irregulares ingresos económicos. Cuando ambos me llevaron a Madrid para hacer el examen de ingreso en la facultad de Ciencias de la Información, la más cercana a Galicia de las tres que había para estudiar periodismo, mi padre estaba sin trabajo, pero no permitió que eso arruinara mi sueño. Tampoco mi madre se echó atrás cuando se marchó, aterrada, después de dejarme a las puertas de una facultad, rodeada por policías a caballo y con toda la avenida de la Complutense llena de furgonetas atiborradas de grises con casco. Eran los años setenta.

Llegué a Madrid cuando el movimiento universitario hervía en plena lucha contra el franquismo, había un policía en cada puerta del aula y casi a diario se organizaban asambleas, manifestaciones, protestas o mítines en los que los líderes políticos y delegados de curso nos parecían héroes por lo mucho que se arriesgaban. De vez en cuando, desaparecían unos días porque los habían detenido o se habían escondido. Eran del PCE, la LCR, el MCR, el FRAP… La primera vez que vi una pintada del PSOE fue sobre el hormigón visto de las paredes de las escaleras de la facultad; llevaba la «H» añadida, en plena disputa entre «históricos» y «renovadores» por la herencia de Pablo Iglesias. El primer curso fue una fantástica aventura política. Entre la facultad y los colegios mayores, donde vivía, recibí las mejores e inolvidables lecciones de política, continuación de las que tuve en COU.

Fueron experiencias compartidas, en lo fundamental, entre quienes formábamos parte de la juventud, avanzados los años setenta, y los españoles de mi generación que pertenecíamos a esas clases medias urbanas. Con lo que nos ha pasado después, terminada la carrera y desarrollada una trayectoria profesional y vital, hemos construido la historia de finales del siglo XX y principios del XXI. Nos ha tocado en suerte una etapa de muy intensas y extensas transformaciones de todo cariz, en la política, en la sociedad, en la familia en el espacio laboral y en el tecnológico. Pero el cambio que puede considerarse el más trascendente ha sido el que ha discurrido en paralelo entre la apertura a un régimen de libertades y el avance de las mujeres hacia una sociedad más igualitaria. No sólo como periodista, sino también como protagonista, creo que es mi deber contar a los que han nacido en democracia cómo lo hemos vivido, disfrutado y sufrido, en primera persona. Soy de las que piensan que quienes no conocen los errores del pasado están condenados a repetirlos, y quienes desconocen los logros alcanzados no saben valorarlos, por lo tanto, tampoco son capaces de preservarlos y mantenerlos. Para avanzar y progresar es preciso hacerlo sobre bases sólidas e ideas elevadas. Todo lo demás son vuelos gallináceos de corto recorrido y sin altura y, por lo tanto, abocados al fracaso.

Aquel tiempo nuevo sirvió para la instauración y, en ocasiones, restauración de derechos y libertades que, en el caso de las mujeres que no vivimos la guerra pero sí la dictadura subsiguiente, supuso una transformación verdaderamente sistémica. Quizá la mutación no esté tanto en las realidades concretas, que son muchas, como en el cambio de mentalidad que se ha producido. En la mencionada restauración de derechos y libertades, algunas mujeres, obviamente ya fallecidas, recuperaron momentos de su juventud anterior a la Guerra Civil. Y con la instauración de una nueva realidad en 1978, se produjo el fenómeno de «las primeras», de todas aquellas que habían alcanzado cotas nunca antes conocidas por la mitad femenina de la población. La primera académica, la primera comandante de vuelo, la primera vicepresidenta de Gobierno, la primera presidenta del Congreso, la primera presidenta del Senado, la primera ministra de Defens

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