No, no está bien. Está mal

Alberto Kornblihtt

Fragmento

Prólogo

El más intelectual de los científicos
(o el más científico de los intelectuales)

Imaginen que están en un aula con sus compañeros de colegio. Piensen en el más aplicado de la clase. Pero no en ese que levanta la mano de manera ininterrumpida y bloquea, en su afán sabelotodo, las voces del resto de sus compañeros. No, ese no. Miren bien, con disciplina, de manera quirúrgica; observen con la mente más que con los ojos. Recreen la situación hasta disipar el humo y volverla nítida. Tampoco piensen en ese otro, el introvertido al que le salen todos los ejercicios y se los guarda para sí. No. Vuelquen la imaginación en otro sentido. Concéntrense en uno apasionado por saber, que disfruta de cada instante de conocimiento; que se preocupa por las calificaciones pero más por ser gamba con sus compañeros. Uno al que se le encienden los ojos en dosis equivalentes cuando conversa sobre biología y cuando reflexiona la política. No la política partidaria, esa no, sino la política como transformación. La política como revolución. Ese joven estudiante es Alberto Kornblihtt. Concreto, resolutivo, eficaz. Hoy devenido en un hombre de acción. Y de reflexión, por supuesto.

A sus 66 años ha obtenido todos los premios y reconocimientos habidos y por haber. No vale la pena recuperarlos, con Google están a un solo paso de distancia. Kornblihtt es un científico de una cultura muy profunda, que disfruta como nadie de compartir lo que sabe y que expresa su compromiso político siempre que puede. Y cuando no puede, también. Porque si para algo se inventaron los rebeldes fue para ello: para rebelarse ante realidades, a priori, clausuradas. Para rebelarse frente a lo que no se revelaba como tal. Para romper esquemas y sentidos comunes, despellejar estereotipos. Para quebrar mitos.

Es un intelectual orgánico en el sentido gramsciano del término. Y no cualquiera, sino uno de los más importantes del país. Sin buscarlo concienzudamente, se convirtió en una voz de referencia. En 2011, Adrián Paenza lo llamó “el Messi de la ciencia”. A Cristina Fernández le gustó el piropo, vio que era adecuado y selló el bautismo al entregarle la distinción como Investigador de la Nación.

Kornblihtt es dueño de una curiosidad a prueba de balas, siempre bien predispuesto a sorprender y, lo que es mejor, a ser sorprendido. Cualquier ocasión se convierte en una buena oportunidad para conocer. Profesor eterno, dentro y fuera de la universidad. Ahora mismo, mientras escribo estas páginas, está impartiendo un curso de latín. Sí, de latín. La oración que mejor lo describe es: “Lo que más me aterra de mi muerte es que dejaré de aprender”. La muerte como punto final a la aventura del conocimiento. Su vida, su ciencia, como desafío constante a las fronteras del saber.

A pesar de su profunda racionalidad —que cuesta desarmar y que, a priori, pareciera dominar todos y cada uno de sus actos en esta vida—, es dueño de un costado irracional apabullante. De hecho, son las obsesiones, más que las razones, las que lo mantienen vivo. Obsesiones profundas —como la política— y otras más superficiales. El lector no se imagina de qué hablo. Yo tampoco lo hacía antes de conocerlo en profundidad. Lo anticiparé con una breve digresión: Kornblihtt tiene un archivo de Excel en el que atesora con una prolijidad desmesurada todas y cada una de las películas que vio en su vida. Sí, lo repito (háganlo conmigo): TO-DAS-Y-CA-DA-U-NA-DE-LAS-PE-LÍ-CU-LAS-QUE-VIO-EN-SU-VI-DA. De hecho, hay muchas facetas más, pero no espoliaré las locuras de mi estimado hombre de ciencia.

Tal vez, uno de los hechos más rimbombantes en el último tiempo fue su exposición en el Congreso. A mediados de 2018, fue invitado a presentar una breve ponencia en las audiencias celebradas en ambas cámaras que anticipó al debate por el proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Su discurso demostró consistencia —como es costumbre— y estuvo signado por la incorporación de múltiples datos basados en evidencia científica. Su intercambio con la senadora tucumana Elías de Pérez se viralizó sin límites y su frase “No, no está bien. Está mal” quedó inmortalizada. Tanto que se convirtió en meme; tanto que sus ideas enunciadas fueron traducidas a varios idiomas; tanto que motivó la escritura de un libro que, sin ese suceso, posiblemente y de manera injusta, jamás hubiera visto la luz. O no en estos términos al menos.

Basta de preámbulos, vayamos a lo importante. Este libro consta de cinco partes. La primera, “Sobre el aborto”, opera a modo introductorio. Mucha gente conoció a Alberto por su presentación en el Congreso porque, entre otras cosas, fue llana, directa. Fue al hueso. Sobre un tema que está y estará en la agenda por un buen rato, incluso ya sancionada la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo: el derecho para las mujeres de disponer con libertad de su propio cuerpo. Pero Kornblihtt ya era Kornblihtt desde mucho antes. Por eso, en la segunda parte, “Una novela familiar”, el autor abre las puertas de su infancia y cuenta absolutamente todo. Con una prosa que destila franqueza, relata su pasado con una perspectiva emotiva pero eludiendo nostalgias; enseña su costado más íntimo con la imprudencia que sólo exhiben los valientes. Esta valentía se robustece en el tercer apartado, “Confesiones y cartas no despachadas”. Aquí, nuestro distinguido biólogo molecular coloca su espíritu más al descubierto y escoge una pose que nunca exhibió antes. Mucho más: una postura que nunca adquirió él ni ningún otro científico del país. Su vida se despoja, así, de maquillajes y revoques. Confiesa lo inconfesable y con este movimiento barre de un plumazo cualquier vestigio de sacralidad con la que el sentido común suele adornar a los científicos. Ni genios ni locos: seres humanos. En la cuarta parte, “Heredarás el viento”, recupera la compostura y hace gala de su faceta de divulgador. Sí, Alberto hace ciencia de excelencia y además la cuenta como nadie. Por eso, navega a través de las insondables rutas de la vida en la Tierra, el descubrimiento de la estructura del ADN a mediados del siglo XX a partir de una carta emblemática e hilvana, peldaño a peldaño, los hilos de su posicionamiento político ante el darwinismo social y el determinismo genético que parece aflorar en este siglo XXI. Tiempos de promesas de edición genética y la distopía de humanos diseñados a medida. La política y la ciencia, que atravesaron su vida desde la más temprana adolescencia, se corporeizan en una relación indisociable al coronar la quinta parte. “Escritos rebeldes” ofrece un puñado de textos que Kornblihtt ensayó motivado por su juventud y primera adultez comunista, y que remata con una crítica actual y todavía vigente al gobierno macrista. Ha sido un placer colaborar en esta edición, aunque sólo fue una excusa. Un pretexto para conocer a una de las personalidades más valiosas de estos tiempos. Ahora paso la posta, les llegó el turno a ustedes.

PABLO ESTEBAN

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