El fin de la muerte (Trilogía de los Tres Cuerpos 3)

Cixin Liu

Fragmento

Fragmento del prefacio a Un pasado ajeno al tiempo

Fragmento del prefacio a Un pasado ajeno al tiempo

En principio, lo que aquí se narra debería recibir el nombre de Historia, pero quien escribe ha sido incapaz de hacer otra cosa que plasmar sus recuerdos, los cuales carecen del rigor propio de tal epígrafe.

Lo cierto es que tampoco resulta preciso llamarlo «pasado», pues nada de lo que aquí se relata sucedió en el ayer, está sucediendo en el presente ni sucederá en el mañana.

No ha sido mi intención dar cuenta de los pormenores de los acontecimientos, sino proporcionar tan solo un marco de referencia para el recuerdo y la posteridad. Los detalles que se han conservado son más que suficientes: flotan a la deriva en el espacio dentro de contenedores sellados. Ojalá alcancen un nuevo universo y allí perduren.

Así pues, solo he escrito un marco. Uno que sirva algún día para facilitar la tarea de reconstruir los hechos a partir de la información disponible. Aunque, huelga decirlo, dicha tarea no recaerá sobre ninguno de nosotros, sigo anhelando que llegue la hora de acometerla.

Por desgracia, me temo que tal ocasión ni se dio en el ayer ni se da en el presente ni se dará en el mañana.

Muevo el sol para colocarlo en el oeste. Al variar el ángulo de incidencia de la luz, las gotas de rocío sobre los brotes de los campos empiezan a brillar de repente como una multitud de ojillos abriéndose al tiempo. Luego atenúo la intensidad de la luz para acelerar la llegada del atardecer. Al ver mi silueta proyectada en el horizonte distante, la saludo con la mano. Ella hace lo propio, y yo vuelvo a sentirme joven al verla.

Qué momento tan maravilloso. Ideal para ponerse a recordar.

Primera parte
Mayo de 1453. La muerte de la Maga

Mayo de 1453

La muerte de la Maga

Constantino XI Paleólogo detuvo por un instante las cavilaciones en las que andaba inmerso. Hizo a un lado la montaña de planos defensivos que tenía delante, se alisó la túnica púrpura y aguardó.

Su percepción del paso del tiempo tenía una precisa rigurosidad: en el momento justo, llegó un poderoso y violento temblor que parecía provenir de las profundidades de la tierra. Los candelabros de plata vibraron con un lúgubre silbido y el polvo, que debía de llevar mil años acumulado en los techos del Gran Palacio, comenzó a caer sobre las llamas de las velas y a explotar en minúsculas chispas al entrar en contacto con ellas.

Exactamente cada tres horas, justo lo que tardaban los otomanos en volver a cargar las bombardas diseñadas por el ingeniero Orbón, gigantescos proyectiles de roca de más de media tonelada batían las murallas de Constantinopla. Eran las más resistentes del mundo de la época, ampliadas y reforzadas desde que en el siglo V Teodosio II mandara construirlas, además de ser también el principal motivo por el que hasta el momento la corte bizantina había sobrevivido a tantos y tan poderosos enemigos.

Sin embargo, las gigantescas balas de roca estaban causando estragos en las murallas, y con cada nueva embestida se desprendían más y más pedazos, como si se tratara de las mordeduras de un gigante invisible. El emperador podía imaginar la escena: con los escombros de la explosión aún flotando en el aire, una multitud de soldados y ciudadanos, cual marabunta de valientes hormigas en medio de una tormenta de arena, se arrojaba sobre la herida recién abierta para tratar de llenar el hueco con cualquier cosa que tuvieran a mano, ya fueran restos de otros edificios, sacos terreros o valiosos tapices árabes... Era incluso capaz de imaginar la nube de polvo, en la que se reflejaba la luz del ocaso, cernirse sobre Constantinopla como un manto de oro.

Desde el comienzo del asedio de la ciudad, cinco semanas atrás, aquellos temblores se sucedían siete veces al día con una cadencia tan puntual y regular que parecía que los produjera un reloj gigantesco, uno que marcase el paso de los días y las horas de otro mundo, el mundo de los herejes. En comparación, el compás del reloj de latón en forma de águila bicéfala que había en un rincón de la estancia, símbolo de la cristiandad, resultaba extraordinariamente débil.

Los temblores cesaron. Al cabo de un rato Constantino consiguió, no sin esfuerzo, volver a la realidad que tenía ante él e indicó al guarda que estaba listo para recibir a quien fuera que aguardase al otro lado de las puertas.

Frantzes, uno de los consejeros más cercanos al emperador, entró seguido de una muchacha de aspecto demacrado.

—Majestad, esta es Helena —anunció con una reverencia, para a continuación hacerse a un lado e indicar a la chica que avanzara.

El emperador la observó aproximarse. Las mujeres nobles de Constantinopla solían vestir lujosos ropajes de adornos ostentosos, mientras que las vestiduras de la plebe siempre eran blancas y holgadas, y cubrían el cuerpo hasta los tobillos. Helena, en cambio, parecía combinar ambos estilos: en lugar de llevar una túnica bordada con hilo de oro, vestía de blanco como una plebeya y al mismo tiempo se cubría con una lujosa capa que no era del púrpura reservado a la nobleza, sino ocre. Su rostro, de una sensualidad muy provocadora, evocaba la imagen de una flor dispuesta a marchitarse entre oro y riquezas antes que a medrar en el estiércol.

Una prostituta. Probablemente de las que se ganaban bien la vida. Temblaba mucho y mantenía la vista baja, pero el emperador vio en su mirada un ímpetu y un anhelo insólitos en las de su clase.

—¿Practicas la magia? —preguntó Constantino, que deseaba dar por concluida aquella audiencia lo a

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