La quema de Cíbola (The Expanse 4)

James S. A. Corey

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Bobbie Draper

«Miles de mundos», pensó Bobbie mientras se cerraban las puertas del metro. Y no solo miles de mundos. También miles de sistemas. De soles. De gigantes gaseosos. De cinturones de asteroides. Todo hacia lo que la humanidad se había expandido repetido miles de veces. En la pantalla sobre los asientos que tenía delante se veía un canal de noticias, pero los altavoces estaban rotos y la voz del hombre se oía demasiado distorsionada como para distinguir las palabras. El gráfico que se ampliaba y se alejaba junto a él era más que suficiente para enterarse. Habían llegado nuevos datos de las sondas que se habían enviado al otro lado de las puertas. Eran imágenes de un sol desconocido con círculos que delineaban las órbitas de los nuevos planetas. Todos ellos vacíos. Sea lo que fuere lo que había construido y disparado hacia la Tierra la protomolécula desde los confines del tiempo, ya no respondía a las llamadas. El constructor de puentes había abierto el camino, pero ningún dios omnipotente lo había atravesado.

A Bobbie le resultaba asombrosa la presteza con la que la humanidad había pasado de pensar «¿A qué inteligencia inconcebible podrían habérsele ocurrido unas maravillas tan desoladoras?» a «Bueno, como no están, ¿qué tal si nos quedamos con sus cosas?».

—Perdone —carraspeó la voz flemosa de un hombre—. No tendrá algo de calderilla para un veterano, ¿verdad?

Apartó la vista de las pantallas. El hombre era delgado y tenía el rostro ceniciento. Su cuerpo evidenciaba que había crecido a baja gravedad, lo tenía alargado y la cabeza apepinada. Se humedeció los labios y se inclinó hacia delante.

—¿Es veterano? —preguntó Bobbie—. ¿Dónde sirvió?

—En Ganímedes —dijo el hombre al tiempo que asentía y desviaba la mirada como si intentase emular un gesto de grandeza—. Me encontraba allí cuando todo se fue al traste. Al volver, el gobierno me dio la espalda. Estoy intentando reunir el dinero suficiente para comprar un pasaje a Ceres. Allí tengo familia.

Bobbie sintió cómo la rabia se le agolpaba en el pecho, pero intentó mantener una voz y un gesto calmados.

—¿Ha probado a ponerse en contacto con la comunidad de veteranos? Quizá puedan ayudarlo.

—Solo quiero comer algo —dijo con un tono cada vez más inquieto.

Bobbie miró el vagón de cabo a rabo. Lo normal es que a esa hora hubiese poca gente. Los barrios que pertenecían a Aurorae Sinus estaban todos conectados por la red de metro. Formaban parte del gran proyecto de terraformación marciana que había comenzado antes del nacimiento de Bobbie y que continuaría mucho después de su muerte. Pero ahora, allí no había nadie. Pensó qué sensación podría causar ella en aquel vagabundo. Era una mujer grande, tan alta como ancha, pero estaba sentada y la sudadera que se había puesto le quedaba un poco larga. Quizá el hombre pensara que abultaba porque estaba gorda. No lo estaba.

—¿En qué compañía sirvió? —preguntó. El hombre parpadeó. Bobbie sabía que se suponía que tenía que tenerle miedo, y él se mostró incómodo al ver que no.

—¿Compañía?

—¿En qué compañía sirvió?

El hombre se volvió a humedecer los labios.

—No quiero...

—Es curioso, ¿sabe? —continuó ella—. Juraría que conocía muy bien a todos los que estaban en Ganímedes cuando empezó la batalla. Y bueno, cuando uno pasa por algo así, nunca se olvida. Tiene que afrontar la muerte de muchos de sus amigos. ¿Qué rango tenía? Yo era sargenta de artillería.

La cara cenicienta se había puesto blanca y seria. Frunció los labios. Se metió las manos aún más en los bolsillos y murmuró algo.

—Míreme ahora —continuó Bobbie—. Trabajo treinta horas a la semana para la comunidad de veteranos y por mis ovarios que estoy segura de que podríamos hacer algo por un buen veterano como usted.

El hombre se giró, y Bobbie lo agarró por el codo antes de que pudiese esquivarla. El dolor y el miedo le desfiguraron el rostro al vagabundo cuando Bobbie tiró de él para acercarlo. Luego, con voz cautelosa y articulando a la perfección cada palabra, dijo:

—Invéntate. Otro. Cuento.

—Sí, señora —afirmó el vagabundo—. Lo haré. No se preocupe.

El vagón se movió y frenó al llegar a la primera estación de Breach Candy. Bobbie soltó al hombre y se puso en pie. Los ojos del vagabundo se abrieron de par en par al verla. Tenía ascendencia samoana y a veces causaba esa impresión en la gente que no se lo esperaba. Había momentos en los que se sentía incómoda, pero aquel no era uno de esos.

Su hermano vivía en un bonito hueco de clase media en Breach Candy, a no mucha distancia de la universidad inferior. Ella había vivido con él durante un tiempo al volver a Marte y aún se esforzaba por poner en orden su destrozada vida. Había sido un proceso más largo de lo que esperaba. Y parte de las consecuencias eran que no podía evitar sentir que le debía algo a su hermano. Las noches de cenas familiares eran su forma de pagarle.

Las estancias de Breach Candy estaban casi vacías y los anuncios de las paredes resplandecían cuando se acercaba. El reconocimiento facial permitía que se le mostraran productos y servicios personalizados para ella. Servicios de citas, membresías para gimnasios, döner para llevar, la nueva película de Mbeki Soon, asesoramiento psicológico. Bobbie intentaba no llevarlo al terreno personal. No obstante, le hubiese gustado toparse con más personas, algunas caras más que añadiesen algo de variedad a la publicidad. Que le permitieran pensar que aquellos anuncios iban dirigidos a otros, no solo a ella.

Pero en Breach Candy no había tanta gente como antes. Las estaciones de metro y los pasillos estaban más vacíos. Y menos personas acudían a la comunidad de veteranos. Le habían llegado rumores de que las matrículas en la universidad superior habían descendido un seis por ciento.

La humanidad aún no había conseguido formar una colonia del todo viable en los nuevos mundos, pero los datos de las sondas eran suficientes. Había una nueva frontera, y las ciudades de Marte empezaban a sentirse amenazadas por la competencia.

Tan pronto como cruzó la puerta, el rico aroma del gumbo a fuego lento de su cuñada llenó el ambiente y le hizo la boca agua. También oyó las voces estridentes de su hermano y su sobrino. Se le hizo un nudo en el estómago, pero era su familia. Los quería. Se sentía en deuda con ellos. Aunque la idea de pedir un döner para llevar fuese más que tentadora.

—... eso no es lo que estaba diciendo —oyó decir a su sobrino. Estaba en la universidad superior, pero cuando había una riña familiar, Bobbie aún era capaz de distinguir ese tono de niño de seis años.

Su hermano respondió entre gritos, y Bobbie reconoció el tamborileo de sus dedos en la mesa, característico de cuando quería dejar

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