Ilión

Dan Simmons

Fragmento

Mientras tanto la Mente, de placer mermada,

se retira a la felicidad.

La Mente, ese Océano donde cada especie

busca con afán su parecido;

y sin embargo crea, trascendiéndolos,

muchos otros Mundos, y otros Mares;

aniquilando todo lo que está hecho

en un verde Pensamiento, en una verde Sombra.

ANDREW MARVELL,

The Garden

Se pueden apresar los bueyes y las pingües ovejas, se pueden adquirir los trípodes y los tostados alazanes; pero no es posible prender ni coger el

alma humana para que vuelva, una vez ha salvado la barrera que forman los dientes.

HOMERO (voz de Aquiles),

La Ilíada, Canto Noveno, 405-409

Un corazón amargo que deja pasar el tiempo y muerde.

ROBERT BROWNING,

Caliban upon Setebos

Agradecimientos

Agradecimientos

Aunque consulté muchas traducciones de la Ilíada durante la preparación de esta novela, me gustaría expresar mi particular reconocimiento a los siguientes traductores de la obra al inglés: Robert Fagles, Richmond Lattimore, Alexander Pope, George Chapman, Robert Fitzgerald y Allen Mandelbaum. La belleza de sus traducciones es manifiesta y su talento va más allá de la comprensión de este autor.

En lo que se refiere a la poesía derivada o la imaginativa prosa relacionadas con la Ilíada, que ayudaron a dar forma a este volumen, me gustaría agradecer especialmente el trabajo de W. H. Auden, Robert Browning, Robert Graves, Christopher Logue, Robert Lowell y lord Tennyson.

En relación con la investigación y los comentarios sobre la Ilíada y Homero, me gustaría reconocer el trabajo de Bernard Knox, Richmond Lattimore, Malcom M. Willcock, A. J. B. Wace, F. H. Stubbings, C. Kereny y los miembros de la scholia homérica, demasiado numerosos para mencionarlos a todos.

En lo referido a sus inteligentes comentarios sobre Shakespeare y el Caliban Upon Setebos de Robert Browning, agradezco los escritos de Harold Bloom, W. H. Auden y los editores de la Northon Anthology of English Literature. Por su valiosa aportación a la interpretación de Auden sobre Caliban Upon Setebos y otros aspectos de Calibán, remito a los lectores a Later Auden, de Edward Mendelson.

Las reflexiones de Mahnmut sobre los sonetos de Shakespeare fueron guiadas principalmente por el maravilloso libro The Art of Shakespeare´s Sonnets, de Helen Vendler.

Muchos de los comentarios de Orphu de Io sobre la obra de Marcel Proust fueron inspirados por Prous´t Way: A Field Guide to In Search of Lost Time, de Roger Shattuck.

A los lectores interesados en emular el irresistible amor de Mahnmut por Shakespeare, les recomendaría Shakespare: The Invention of the Human, de Harold Bloom, y Me and Shakespeare: Adventures with the Bard, de Herman Gollob.

Por los mapas detallados de Marte (antes de la terraformación), tengo una enorme deuda de gratitud con la NASA, el Jet Propulsion Laboratory y el libro de la National Geographic Society, editado por Paul Raeburn y con prólogo y comentarios de Matt Golombeck, Uncovering the Secrets of the Red Planet. La revista Scientific American ha sido una rica fuente de detalles, y debo dar las gracias por sus artículos «The Hidden Ocean of Europa», de Robert T. Pappalardo, James W. Head y Ronald Greeley (octubre de 1999), «Quantum Teleportation», de Anton Zeilinger (abril de 2000) y «How to Build a Time Machine», de Paul Davies (septiembre de 2002).

Por último, doy las gracias a Clee Richeson por los detalles acerca de cómo construir un horno de fundición con cúpula de madera.

1. Las llanuras de Ilión

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Las llanuras de Ilión

Cólera.

Canta, oh, Musa, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, asesino, ejecutor de hombres destinados a morir, canta la cólera que costó a los aqueos tantos buenos hombres y envió tantas almas vitales y valerosas a la temible Casa de la Muerte. Y de paso, oh, Musa, canta la cólera de los propios dioses, tan petulantes y poderosos aquí en su nuevo Olimpo, y la cólera de los posthumanos, muertos y desaparecidos como parecían, y la cólera de los pocos humanos auténticos que quedan, por ensimismados e inútiles que puedan haberse vuelto. Mientras estás cantando, oh, Musa, canta también la cólera de esos seres pensativos, sintientes, serios pero no del todo humanos que soñaban bajo los hielos de Europa, morían en la ceniza sulfurosa de Io y nacían en los fríos pliegues de Ganímedes.

Oh, y cántame, oh, Musa, a mí el pobre Hockenberry, nacido contra su voluntad... el pobre y muerto Thomas Hockenberry, doctorado en clásicas, Hockenbush para los amigos, amigos convertidos en polvo en un mundo ya olvidado. Canta mi cólera, sí, mi cólera, oh, Musa, por pequeña e insignificante que pueda ser esa cólera en comparación con la furia de los dioses inmortales, o con la ira del aniquilador de dioses, Aquiles.

Pensándolo bien, oh, Musa, no cantes nada de mí. Te conozco. Te he servido, oh, Musa, incomparable zorra. Y no me fío de ti, oh, Musa. Ni pizca.

Si voy a ser el coro reacio de esta historia, entonces puedo empezar por donde quiera. Elijo empezar por aquí.

Es un día como cualquier otro de los más de nueve años transcurridos desde mi renacimiento. Me despierto en los barracones de Escolo, ese lugar de arena roja y cielo azul y grandes rostros de piedra. Convocado por la musa, oli

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