Las cenizas de Babilonia (The Expanse 6)

James S. A. Corey

Fragmento

Prólogo Namono

Prólogo

Namono

Habían pasado tres meses desde la caída de las rocas, y Namono empezaba a ver que el cielo había recuperado parte de su tono azulado. El impacto en Laghouat, el primero de los tres que habían hecho el mundo pedazos, había levantado tanta arena del Sáhara que se habían pasado semanas sin ver la Luna ni las estrellas. Hasta el rubicundo disco solar parecía tener que esforzarse para atravesar las nubes de arena. La ceniza y el polvo que había caído sobre Gran Abuya se empezó a amontonar e hizo que la ciudad adquiriera el mismo tono gris y amarillento que el cielo. Pero al ayudar a los equipos de voluntarios a limpiar los escombros y a cuidar de los heridos, Namono no tardó en darse cuenta de que la fuerte tos y la flema oscura que le provocaba se debía a respirar toda esa muerte.

Había tres mil quinientos kilómetros entre el cráter en el que antes se encontraba Laghouat y Abuya. La onda expansiva había reventado ventanas y derrumbado edificios. Las noticias decían que había unos doscientos muertos y cuatro mil heridos. Los hospitales estaban a rebosar. Quedarse en casa era lo mejor si no tenías una urgencia muy grave.

La red eléctrica no tardó en sufrir las consecuencias. No había Sol que alimentara los paneles solares, y la arena del ambiente atascaba los parques eólicos a pesar de los esfuerzos por limpiar los aerogeneradores. Consiguieron enviar un reactor de fusión en un camión desde Kinsasa, que se encontraba al sur, pero media ciudad ya llevaba quince días a oscuras cuando llegó. Los centros hidropónicos, los hospitales y los edificios del gobierno tenían preferencia frente al resto en la red eléctrica, y las bajadas de tensión ocurrían muy a menudo. El acceso a la red a través de los terminales portátiles de la población era irregular y poco fiable. A veces se quedaban aislados del mundo durante días. Namono sabía que era normal. Les acababa de ocurrir algo impredecible.

A pesar de todo, los cielos vastos y encapotados empezaron a despejarse tres meses después. Y cuando el Sol se empezaba a poner por el oeste, las luces de las ciudades de la Luna aparecían por el este, como gemas en un tapiz azul. Sí, un tapiz sucio, contaminado e incompleto, pero azul. Nono se regocijó al contemplarlo mientras caminaba.

Se podía decir que el distrito internacional era reciente a nivel histórico. Eran pocos los edificios que tenían más de cien años. Los barrios se habían visto afectados por la debilidad que tenía la generación anterior por las avenidas amplias, las calles laberínticas y las formas arquitectónicas curvadas y casi orgánicas. La roca Zuma seguía alzándose en el lugar, un punto de referencia permanente. La ceniza y el polvo podían llegar a ensuciar la roca, pero nunca a cambiarla. Era la ciudad natal de Nono. El lugar en el que había crecido y el lugar al que había traído a su pequeña familia al terminar sus aventuras. El lugar donde tenía pensado pasar una tranquila jubilación.

Se le escapó una risa amarga y luego empezó a toser.

El centro de asistencia médica era una furgoneta aparcada al borde de un parque público. Tenía un trébol frondoso en un costado, el logo de una granja hidropónica. No era de la ONU y tampoco de la administración de la zona. La burocracia había resultado ser insuficiente dada la urgencia de la situación. Sabía que tenía que sentirse afortunada, porque seguro que había lugares a los que no había llegado furgoneta alguna.

El polvo y la ceniza habían formado una costra sobre las cuestas inclinadas que antes estaban cubiertas de hierba. Había huecos y surcos serpenteantes que evidenciaban los lugares donde los niños se habían puesto a jugar a pesar de todo, pero ahora no había ninguno a la vista. Lo que sí había era una cola de personas. Nono se colocó en último lugar. Los que esperaban delante de ella tenían la misma mirada vacía propia del agotamiento y de la conmoción. Y de la sed. El distrito internacional tenía enclaves vietnamitas y noruegos, pero la ceniza y la tristeza los había convertido en una sola tribu independientemente del color de su piel y la textura de su pelo.

La puerta de la furgoneta se deslizó a un lado, y la gente de la cola se agitó. Estaban a punto de darles raciones para otra semana, por muy escasas que fueran. Nono sintió una punzada de vergüenza a medida que se acercaba su turno. Jamás en la vida había necesitado la ayuda básica. Era una de esas personas que siempre había ayudado a los demás, no una que necesitara ayuda. Pero ahora habían cambiado las tornas.

Llegó junto a la furgoneta. Había visto antes al hombre que repartía los paquetes. Tenía un rostro amplio, marrón y salpicado de pecas negras. Le pidió su dirección, y Nono se la dio. Rebuscó un poco y, un momento después, le tendió un paquete de plástico blanco con la eficiencia de un autómata. Nono lo cogió, pero era demasiado ligero. El hombre solo se dignó a mirarla al ver que no se marchaba.

—Tengo una esposa —dijo Namono—. Y una hija.

La rabia se apoderó del gesto del hombre, como si le hubiese dado un tortazo inesperado.

—Pues si pueden hacer que la avena crezca más rápido o crear arroz de la nada, diles que se pasen por aquí. Si no, estás tardando en marcharte.

Namono sintió cómo las lágrimas empezaban a nublarle la vista y a irritarle los ojos.

—Una ración para cada familia —espetó el hombre—. Andando.

—Pero...

—¡Andando! —gritó, y chasqueó los dedos frente a su cara—. Hay gente esperando.

Namono se apartó y le oyó murmurar varios tacos mientras se alejaba. Las lágrimas no eran muy densas y podía enjugárselas, pero picaban mucho.

Se colocó el paquete de raciones debajo del brazo y, cuando recuperó la vista, agachó la cabeza y empezó a caminar hacia su casa. No podía retrasarse. Había gente más desesperada o con menos principios que ella que acechaban en las esquinas y las puertas con la intención de robar filtros de agua y comida a los desprevenidos. Puede que la confundiesen con una víctima fácil si no caminaba con decisión. Su exhausta y hambrienta mente se entretuvo con fantasías en las que les daba una buena paliza a los ladrones durante unas cuantas manzanas. Desconocía la razón, pero la catarsis de la violencia la tranquilizaba.

Al marcharse de casa le había prometido a Anna que solo se detendría en la del viejo Gino para asegurarse de que el hombre iba a pasar por la furgoneta de las raciones, pero siguió de largo cuando llegó a la esquina que tenía que doblar. Estaba cansada hasta la extenuación, y la idea de acompañar al anciano hasta la furgoneta y volver a hacer la cola con él se le antojaba demasiado agotadora. Diría que se había olvidado. No era del todo mentira.

Las violentas fantasías de su imaginación cambiaron cuando llegó a la curva de la amplia avenida que llevaba hasta la calle sin salida donde se encontraba su hogar. El hombre al que se había imaginado dando una paliza hasta que le pedía perdón y le suplicaba no era un ladrón, sino el pecoso que repartía

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