Invisible

Fredi Vivas

Fragmento

Invisible. La inteligencia artificial en nuestra vida

INTRODUCCIÓN

“Lo que hoy ha empezado como novela de ciencia ficción mañana será terminado como reportaje”.

ARTHUR C. CLARKE

Es una tarde calurosa de junio de 1974 en Houston, Texas. Son los últimos minutos antes del receso de verano y cinco amigos salen apurados de una de las aulas del cuarto grado de River Oaks Elementary, como si hubiera que exprimir cada segundo de la tan ansiada temporada estival. Uno de ellos comenta que irá a visitar a la familia de su padrastro a Miami, otro que pasará el 4 de julio en Rhode Island y después quizás pueda darse una vuelta por Nueva York. Otros, los más envidiados por el grupo, se quedarán el verano en casa, construyendo naves espaciales con grandes cajas de cartón y viendo televisión hasta tarde.

En aquellos años, lo que más disfrutaba este grupo de preadolescentes era imaginar aventuras y viajes por el espacio personificando a Spock, al Capitán Kirk o a la computadora, a bordo del USS Enterprise NCC-1701. En los jardines que adornan el frente de las típicas casas suburbanas, sueñan con hablar a través de dispositivos de comunicación inalámbricos desde planetas lejanos, trepan a los árboles ante inminentes ataques alienígenas y reparan componentes imaginarios de sus cápsulas intergalácticas.

Quizás ninguno de ellos se desesperaba por interpretar el papel de la computadora, aunque alguien tenía que hacerlo. Les fastidiaba impostar una voz robótica y quedarse quietos mientras el resto vivía las grandes aventuras salvando la galaxia. Lógicamente, les atraería más representar al oficial científico de origen vulcano-humano o al seductor y valiente capitán que sobrevivió en su juventud a la histórica masacre en Tarsus IV.

Si en ese momento de extrema felicidad veraniega alguien hubiera osado hacer la pregunta de rigor ¿qué querés ser cuando seas grande?, las respuestas hubieran sido astronauta, científico, inventor, o algo por el estilo. ¿Quién de ellos no soñaba con inventar una supercomputadora como la Hal 9000 de 2001: odisea del espacio? ¿O con explorar galaxias lejanas a bordo del USS Enterprise NCC-1701?

El verano terminó, como siempre. Y como lo siguió haciendo año tras año. Pasaron décadas y muchos de ellos se fueron olvidando de sus sueños de explorar el espacio. El deporte, los amores, la música disco de los 70, el rock de los 80, el estudio y las responsabilidades hicieron que volar entre planetas en cajas de cartón fuera algo cada vez más infrecuente hasta transformarse solo en uno de esos recuerdos que nos roban una sonrisa nostálgica y silenciosa un día cualquiera, cuando vamos en subte al trabajo. Uno ingresó a la academia de policía y se quedó en Houston. Otro se alistó en el ejército y ya era capitán para la época de Afganistán. Dos estudiaron Derecho y se trasladaron a Nueva York, y del quinto nunca más supieron nada luego de que su familia decidiera mudarse a California. Pero uno de ellos, Jeff, siguió con su idea original de crear un sistema como el de la nave de Star Trek para que, entre muchas otras cosas, los niños del mundo ya no tuvieran que jugar a ser la computadora.

Así fue cómo nació el Amazon Echo Dot, popularmente conocido como Alexa, cuya voz está inspirada —según palabras del propio Jeff Bezos— en la nave que veía por televisión en la infancia, durante la década de 1970, después de salir de River Oaks Elementary.

La historia de la ciencia y la innovación tecnológica está llena de estos ejemplos, desde Julio Verne a Philip K. Dick, pasando por Arthur C. Clarke, Asimov o H. G. Wells, que han inspirado inventos, teorías, hipótesis y profundos debates sin los que hoy muchas de las cosas que usamos a diario no existirían, o existirían de otra forma. La verdadera ciencia ficción es mucho más ciencia que ficción y tiene mucho más que ver con el presente que con el futuro. Pero, además, es capaz de presentar de manera fácil, sencilla y atrapante lo que puede ser complejo y aburrido. A lo que se suma la invaluable ventaja de entusiasmar a niños de primaria para aprender física, matemática, astronomía o electrónica, y así cumplir su sueño de ser exploradores espaciales. Por esto, estoy convencido de que el aporte de la ciencia ficción al conocimiento humano es mucho mayor del que le solemos reconocer. Estimula nuestra curiosidad y nos lleva a buscar explicaciones, con espíritu crítico y escepticismo: la misma actitud que origina la ciencia.

Desde hace dos décadas trabajo en tecnología y, en los últimos diez años, dentro del fascinante mundo de la inteligencia artificial. Como otros chicos de mi generación, me crie a base de historias de ciencia ficción. Para mí, esos cuentos, novelas y películas no eran simples formas de entretenimiento o excusas para pasar los largos y calurosos veranos en Lomas de Zamora, sino contenido educativo e instancias de aprendizaje. Como en el pasado todo era un poco más lento, podía pasar días investigando sobre la posibilidad real de realizar viajes en el tiempo o la vida extraterrestre. Las fuentes de consulta solían ser revistas, como Muy Interesante, o de vez en cuando algún que otro libro que conseguía en la biblioteca del barrio. Fuentes que, sin duda, han inspirado los relatos que voy a presentarles.

En las próximas páginas se van a encontrar con relatos ambientados en lo que para nuestra línea temporal sería considerado el futuro. Un futuro donde la inteligencia artificial ha generado un cambio exponencial a nivel tecnológico, social y en todos los aspectos de nuestras vidas, amplificando la inteligencia humana a niveles insospechados y transformando las relaciones sociales, personales, políticas y económicas como ninguna otra revolución lo hizo a lo largo de nuestra historia.

Estos relatos buscan sembrar dudas y preguntas, explicando de forma sencilla y entretenida conceptos complejos como la predicción algorítmica, los sesgos, la gestión de los datos, la visión de computadora o la inteligencia artificial generativa, y también planteando debates morales y éticos. La idea es generar incomodidad, pero sin desesperanza ni distopías apocalípticas. Me gustaría fascinar y aterrorizar a la vez a quienes estén del otro lado.

Todos nosotros, a medida que nos volvemos adultos, solemos crear un relato sobre nuestra propia historia más o menos verídico, en función de cómo percibimos nuestra vida. Pienso que, si no hubiera sido por la ciencia ficción, no me habría dedicado a la tecnología. Y probablemente mi vida sería muy diferente. Todavía recuerdo, como si fuera hoy, cuando a fines de los 80 —a mis 10 años aproximadamente— vi la escena de Cortocircuito donde el simpático robot Johnny Five aprendía a velocidades increíbles y pedía a los gritos ¡input, more input! (¡datos más datos!), mientras leía y conocía el mundo. Me alucinó.

Si este libro pudiera inspirar a una sola persona como a mí me inspiraron Blade Runner, El auto fantástico, Juegos de guerra o Terminator<

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