Engaños digitales, víctimas reales

Sebastián Davidovsky

Fragmento

Prólogo

TODOS SOMOS VULNERABLES EN EL MUNDO DIGITAL

Escribo sobre tecnología hace casi quince años, pero nunca había visto algo similar a lo que está sucediendo en estos momentos. Antes, los peligros —creíamos— eran otros, y hablábamos de virus, de computadoras infectadas. Pero ahora estamos viendo las consecuencias del mundo virtual en el mundo real. Ya no es solamente el mal funcionamiento de un equipo: hay vidas que se van allí. Este libro trata, justamente, sobre personas engañadas y estafadas de distintas maneras. Todos los casos sucedieron en la Argentina.

¿Cuál es la novedad? Que todos los casos transcurren de manera virtual, en la web. Lo que permite una característica particular, única: la escala ilimitada que tienen los delincuentes para atrapar gente. Es como una especie de mediomundo: no hay un objetivo personal —o casi nunca—, ni muchas veces un objetivo claro. O al menos no lo hay en la mayoría de los casos de este libro, salvo una excepción: cuando el enemigo es alguien cercano.

Lo que van a encontrar aquí son engaños o estafas que afectaron a una, dos o tres personas pero que representan quizás a miles. Muchos incluso lo habrán evitado, pero nunca supieron qué hay detrás de esos correos falsos, de esas historias de las que pudieron ser parte.

Es que la rentabilidad de los engaños digitales está en el volumen: no sirve, en términos de negocio, que sea un ataque dirigido, sino que lo más efectivo es que haya muchas personas, organizaciones o gobiernos, todos al mismo tiempo, siendo engañados.

De ahí deriva otra característica de este tipo de delito: para que la maniobra sea realmente masiva, extremadamente escalable, es necesario que no haya contacto físico entre el atacado y el atacante. Estos dos vectores no se encuentran nunca porque eso atentaría contra el principio de escala del negocio. Y es fundamental: para que haya semejante tamaño, no tiene que haber pérdida de tiempo ni gastos logísticos en un encuentro personal.

Pongamos un ejemplo práctico: no es posible un robo a mano armada simultáneo en Buenos Aires y en Australia. Pero usando la tecnología sí se puede estar engañando a tanta gente a la vez en diferentes partes del mundo, con mensajes individuales para cada uno. Incluso con algo que suena aterrador: esos mensajes quizá fueron automatizados y ni siquiera fueron creados por seres humanos. No hay límites ni fronteras. Alguien en Costa de Marfil podría estar ganando dinero con una víctima en la Argentina. No es un ejemplo hipotético. Es un caso real. Donde haya un dispositivo conectado (un celular, una computadora, ¿una TV?), habrá un objetivo, una posible víctima.

“Todo esto escala porque la penetración de internet no vino acompañada de una educación. Por ejemplo… todo el mundo dice: ‘Mi hijito es superinteligente, mirá cómo maneja YouTube’. No, inteligente es el que hizo YouTube para que tu hijo de cinco años lo maneje”, ejemplifica Horacio Azzolin, titular de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (UFECI).

La gente que cae en estos engaños no es ni más ni menos preparada que nadie: estas historias afectan sin distinción a cualquier nivel académico y socioeconómico. Los engaños aprovechan el poco tiempo de la víctima, la confianza, el desconocimiento y sobre todo las vulnerabilidades propias de cada uno de nosotros, que están presentes en todos los seres humanos, sin importar su nivel educativo.

En general, las empresas de seguridad informática y los especialistas suelen hablar de daño informático. Pero poco hablan de la dimensión humana. Creo que esto es clave para entender el fenómeno que intento representar en este libro: ya no debería hablarse de daño informático, sino más bien de daño humano.

Cerré este libro entre los meses de abril y mayo de 2020, durante el aislamiento social obligatorio para la prevención por COVID-19. Tiempos en los que creció el tráfico de datos a contramano del contacto físico. Muchos lo hicieron obligados, para poder seguir trabajando. Otros, para poder seguir en contacto con sus familiares, con sus amigos. Y de algo no hay duda: la migración hacia el mundo digital ocurrió y seguirá su curso en los próximos años. Pero adoptar herramientas, saber manejarlas, no significa necesariamente hacer un uso crítico y responsable de ellas.

Aquí hay nueve historias bien diferentes y con distintos tipos de engaños. En casi todos, el factor humano es clave en algún momento. Por eso lo importante de contarlo: para evitar que lo que ya le sucedió a un contador del municipio de 25 de Mayo vuelva a ocurrir. O lo de aquel que se enamoró de un contacto falso en Facebook; o lo de Boca Juniors, que nunca recibió un pago; o contar la historia de esas mujeres engañadas en Tinder por James Ferguson, un supuesto ingeniero nuclear en Boston, Massachusetts. O recordar a aquellos que compraron en un hot sale colchones baratos, sin saber lo que había detrás. O revelar lo que les sucedió a esos chicos menores de 15 años que cayeron en manos de un groomer. O quizás lo que le pasó, más complejo, a la Policía: allí también hubo errores humanos. Todo está contado aquí.

“En algún momento —continúa Azzolin— decían que Puerto Madero era el barrio más seguro de la Ciudad de Buenos Aires. Eso ya no importa. Ya no es saturación de policías, es de usuarios. Entonces, si nosotros pudiéramos empoderarlos más, minimizaríamos el riesgo de que esto pase”, sintetiza el fiscal.

Lo digital nos conecta, nos amplifica, y les permite a los delincuentes alcanzar mercados impensados, ilimitados, segmentados. Este libro busca empatizar con las víctimas de esas acciones. Los seres humanos necesitamos historias con las cuales sentirnos identificados porque son las que mejor funcionan —intuyo, creo— para evitar que haya más casos como los que aquí se describen. Y que sirvan para concientizar al eslabón más débil: el ser humano. Las historias de gente real, cuyos nombres preservo y modifico en causas que no fueron públicas, nunca fueron contadas y pueden ser fundamentales. Esta quizás sea la primera vez.

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NO SE SALVA NI LA POLICÍA

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