Ana de las tejas verdes 3 - La maestra de Avonlea

Lucy Maud Montgomery

Fragmento

1. Un vecino indignado

CAPÍTULO 1

UN VECINO INDIGNADO

UNA TARDE DE AGOSTO, UNA CHICA ALTA Y DELGADA de «dieciséis años y medio», con los ojos serios y entre verdes y grises, y el pelo, según decían sus amigos, de color caoba, se sentó en el umbral de una granja de la Isla del Príncipe Eduardo, decidida a analizar un montón de versos de Virgilio.

Pero las tardes de agosto, con sus brumas azules sobre las colinas, la brisa siseando entre los álamos y el rojo de las amapolas recortado contra los abetos oscuros, eran más apropiadas para los sueños que para las lenguas muertas. El libro de Virgilio no tardó en caer al suelo, y Ana, con la barbilla apoyada en las manos entrelazadas y la mirada perdida en las nubes esponjosas que iban acumulándose justo encima de la casa del señor J. A. Harrison, se perdió en un mundo fascinante donde cierta maestra estaba haciendo un trabajo excelente al modelar los destinos de los futuros hombres y mujeres de estado, y al inspirar las mentes y los corazones de sus alumnos con ambiciones elevadas y nobles.

Por supuesto, ciñéndose a la realidad —cosa que Ana no solía hacer hasta que no le quedaba más remedio—, era poco probable que en la escuela de Avonlea hubiera celebridades en potencia, pero nunca se sabía qué podía llegar a ocurrir si una maestra utilizaba bien su influencia. Ana a veces tenía ideas maravillosas respecto a lo que una maestra podía lograr si se lo proponía. Así que estaba recreándose en una escena que se desarrollaba unos cuarenta años más tarde y en la que un personaje famoso por ser el rector de una universidad o el primer ministro de Canadá le besaba la mano arrugada para asegurarle que todo su éxito se debía a las lecciones que ella le había inculcado de pequeño en la escuela de Avonlea. Pero su idílica visión se vio interrumpida cuando una vaca pequeña bajó corriendo por el camino y, cinco segundos más tarde, apareció el señor Harrison, si es que la irrupción de este en el patio podía describirse en términos tan suaves.

Sin molestarse en abrir la verja, saltó por encima de la valla y se enfrentó a una Ana atónita. La chica se había puesto en pie y lo miraba sin dar crédito a lo que estaba viendo. El señor Harrison era su nuevo vecino de la derecha, y nunca había hablado con él aunque lo había visto en un par de ocasiones.

A principios de abril, antes de que Ana regresara de la universidad, el señor Robert Bell, cuya granja lindaba con la de los Cuthbert por el oeste, había vendido su propiedad y se había mudado a Charlottetown. Se la había comprado un tal señor J. A. Harrison, del que solo se sabía el nombre y que procedía de Nuevo Brunswick. Pero no llevaba ni un mes en Avonlea cuando ya se había ganado la reputación de ser una persona extraña, «un excéntrico», decía la señora Rachel Lynde. La señora Rachel no tenía pelos en la lengua, como tal vez recordéis los que ya la conocéis. Sin duda, el señor Harrison era una persona diferente, y como todo el mundo sabe, esa es la característica principal de un excéntrico.

Para empezar, él mismo hacía todas las tareas de la casa sin ninguna ayuda, y además había dejado muy claro que no quería que nadie metiera las narices en sus asuntos domésticos. Los habitantes de Avonlea se vengaban de lo reservado que era contando historias espantosas sobre lo que comía y sobre la falta de higiene de su hogar. El señor Harrison había contratado al pequeño John Henry Carter, de White Sands, para que lo ayudara con las tareas de la granja, y fue el muchacho quien inició los rumores. Según John Henry, en aquella granja no había horarios para las comidas. El dueño «picaba algo» cuando tenía hambre, y si John Henry estaba por ahí en ese momento, se acercaba a compartir la comida; si no, tenía que esperar hasta que el hombre volviera a tener ganas de comer. John Henry aseguraba que habría muerto de hambre si no fuera porque los domingos se iba a casa a alimentarse bien y porque su madre le daba una cesta de comida para llevársela de vuelta todos los lunes por la mañana.

Además, el señor Harrison era «tacaño». Cuando le pidieron que contribuyera al salario del pastor, el señor Allan, contestó que esperaría a ver cuánto valían sus sermones, porque él no era de los que compran las cosas a ciegas; y cuando la señora Lynde fue a pedirle un donativo para las misiones —y ya de paso a ver el interior de la casa—, él le respondió que solo donaría dinero si el objetivo de la misión fuera acabar con las habladurías que corrían por Avonlea.

—Menos mal que la pobre señora Bell ya no puede ver la casa, ¡con lo orgullosa que estaba de ella! Esa mujer fregaba el suelo de la cocina de rodillas un día sí, otro no —le dijo la señora Lynde, muy indignada, a Marilla Cuthbert—, ¡y si la vieras ahora!

Por si todo esto fuera poco, el señor Harrison tenía también un loro llamado Rubí. Ningún habitante de Avonlea había tenido un loro hasta entonces, y por lo tanto se consideraba un hecho a duras penas respetable. ¡Y vaya loro! Si creías lo que contaba John Henry Carter, el animal decía unas palabrotas terribles, y además le había dado un picotazo en la nuca al muchacho un día que se agachó demasiado cerca de la jaula.

Todas estas cosas pasaron a gran velocidad por la mente de Ana cuando el señor Harrison se plantó ante ella, mudo, al parecer, de rabia. No podía decirse que el señor Harrison fuera un hombre guapo ni siquiera cuando estaba de buen humor, puesto que era bajo, rechoncho y calvo, y ahora, que tenía la cara morada de enfado y los ojos azules y saltones a punto de salírsele de las órbitas, su aspecto resultaba aún menos atractivo.

De pronto, el señor Harrison recuperó el habla:

—No voy a tolerarlo ni un solo día más, señorita, ¿me oye? —farfulló—. Es la tercera vez, ¡la tercera! Se me ha acabado la paciencia, señorita. La última vez le advertí a su tía que no permitiera que volviese a ocurrir... ¡Y ha vuelto a pasar! Lo que me gustaría saber es qué pretende con ello, y por eso estoy aquí, señorita.

—¿Puede explicarme cuál es el problema, señor Harrison? —preguntó Ana con sus modales más solemnes. Los había practicado mucho últimamente para tenerlos bien afinados cuando comenzara la escuela, pero no surtieron ningún efecto sobre su enfurecido vecino.

—El problema es, señorita, que no hace ni media hora que he vuelto a encontrarme a esa vaca lechera de su tía en mi campo de avena. Y es la tercera vez, se lo recuerdo. Vine a decirle a su tía que no volviera a dejar que ocurriera, pero aquí estamos. ¿Dónde está su tía, señorita? Quiero verla y cantarle las cuarenta.

—Si se refiere a la señorita Marilla Cuthbert, no es mi tía, y se ha marchado a visitar a una parienta suya que e

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