Ya estábamos al final de algo

Daniel Bernabé

Fragmento

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ANTES

¿Cuándo fue tu primera vez? Excepto en el caso de algunas experiencias vitales, esta pregunta suele ser de difícil respuesta. Incluso en esas experiencias, más allá del momento cumbre, los detalles de lo ocurrido se desvanecen como el humo de un cigarro al mirar a los ojos de quien lo sujeta. Sabemos cuándo sucedió, pero probablemente nos cueste definir el instante en que el deseo hacia una persona se nos hizo imprescindible. Las cosas suceden o no suceden, no hay vuelta de hoja, pero lo que las desencadena ya es más difícil de definir: como seres humanos, homínidos con capacidad de contar cuentos, nuestra memoria siempre está a expensas de los caprichos de la imaginación.

Este primer párrafo define este libro: comienza con una pregunta y ofrece respuestas que se bifurcan en varios caminos. Se cuestiona, más que el qué y el cuándo, el cómo y el porqué. Pretende que aquello que damos por sentado nos ofrezca nuevas perspectivas. Lo del sexo es sólo una forma barata de embaucarles: si lo hacen los publicistas y lo hacían los compositores de ópera, no veo por qué no vamos a poder hacerlo los escritores.

¿Cuándo fue la primera vez que me di cuenta de que ya estábamos al final de algo? No lo sé. Lo cierto es que los que observamos el mundo que nos rodea con una mirada que indaga, más que contempla, desarrollamos complejo de pájaros de mal agüero: a nadie le gusta escuchar que la mayoría de pilares sobre los que se asienta su cotidianidad son frágiles e improvisados. Además, el mero hecho de centrarse en la crítica, más que en el elogio, deja una sensación de que a veces se expurga lo positivo para resaltar lo que no funciona. Al fin y al cabo, un discurso parece más definitivo si emplea lo dramático como motor emocional. El problema es que, a la larga, el «todo mal» resta credibilidad e incluso hace sentir al narrador que, más que describir, fabula con el desastre. Hasta que un día un suceso transforma en certeza lo que era sólo una sensación: se nos hiela la mirada al encontrarnos de golpe con la realidad de la amenaza. Confirmar una sospecha es muy poco edificante.

¿Cuándo fue la primera vez? No lo sé. Lo que sí sé es cuándo fue la primera vez que esas decenas de primeras veces sirvieron para dar corporeidad a los temores. Pese a que Donald Trump ha sido, paradójicamente, uno de los pocos presidentes de Estados Unidos que no ha iniciado una confrontación armada contra otro país, el 3 de enero de 2020 el ejército estadounidense asesinó a un alto mando militar iraní de visita diplomática en Irak con un misil guiado, lo que desató una tensión enorme. Cuatro días después, el 7 de enero de 2020, mi amiga Helena Villar, corresponsal en Washington de la televisión RT, hizo eco en Twitter de la respuesta que había recibido un tuit de Donald Trump en el que anunciaba al Congreso estadounidense que, en caso de represalia iraní, Estados Unidos devolvería el golpe:

El Comité de Asuntos Exteriores del Congreso de Estados Unidos le recuerda vía Twitter a Donald Trump que el poder constitucional para declarar la guerra reside en el Congreso. «Y no eres un dictador.»

Mi respuesta al verlo fue:

¿Cuántas veces te he escrito ya en el último año lo de que no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que esto se acaba? Ahora, esto es de lo más jevi que recuerdo. Madre mía.

Más allá de la escabrosa particularidad del derrotado Trump, más allá de la dinámicas instituciones estadounidenses, donde las cámaras legislativas tienen una constatable independencia del poder ejecutivo de la Casa Blanca, era realmente llamativo, siendo suaves, que un presidente estadounidense se arrogara poderes que no le correspondían y, más allá de eso, que lo hiciera mediante una declaración en su cuenta personal en redes sociales. Pero quizá aún era más significativo que otra institución de su país le recordara las reglas básicas y lo acusara, tácitamente, de inercias dictatoriales. La confrontación estuvo cerca de producirse y si no lo hizo fue, seguramente, por la rápida y contundente pero medida respuesta iraní. Bombardearon una base del ejército norteamericano en Irak, dejando clara su capacidad ofensiva, pero destruyendo sólo barracones, sin causar bajas entre la tropa: Si vis paces, para bellum, si quieres la paz, prepara la guerra.

Lo anterior es una anécdota, tanto como la chispa que acaba incendiando la pradera. Lo interesante de este pasaje son las formas, algo que puede parecer secundario o superficial, pero que tiene una enorme importancia. No se ataca a un líder extranjero cuando está de visita diplomática en un tercer país. No se lleva a cabo una acción así sin contar con un casus belli, un motivo de guerra previo. Si pese a todo decides asesinar a un mandatario extranjero, asumiendo los riesgos, y más en un polvorín como la zona del Golfo, recurres a una operación encubierta, con la que no te puedan relacionar. En cualquier caso, nunca, nunca, llevas a cabo una tropelía de estas características sin justificación —ni siquiera una fabricada artificialmente, como en el caso de la guerra de Irak de 2003— para a continuación reconocer la paternidad del episodio mediante una red social. Si, además, te arrogas unas funciones que ni te corresponden —en este caso declarar la guerra— y una institución de tu propio país te llama la atención insinuando que tienes tendencias dictatoriales es que, sencillamente, una pieza importante de la maquinaria se ha roto. Si no, es imposible que tal despropósito pueda suceder.

Nunca se dice en público lo que se conspira en privado: a Trump esta máxima ha parecido no importarle, como ninguna de las formas, modos y procedimientos que regulan la política. ¿Es el «presidente naranja» la causa de que nos encontremos al final de algo? No, es un síntoma más, uno preocupante y grave por la posición que ocupaba, pero ni de lejos el causante principal de que las cosas estén dejando de funcionar. De hecho, que Trump perdiera las presidenciales de 2020, pese a haber obtenido un buen resultado, no cambia el fondo de la cuestión, ya que de entrada se negó a aceptar la derrota. Las formas y maneras son unos dispositivos culturales que facilitan las relaciones, que nos evitan el conflicto y que agilizan los trámites en nuestras interacciones. Las emplean las personas, las grandes empresas y los Estados. Sinceras o hipócritas, las formas expresan la fortaleza de un orden determinado en el que se estructura una sociedad. Cuando las formas dejan de respetarse es que algo está fallando en ella. El asalto al Capitolio sucedió en una tarde, pero se fraguó durante meses.

El año 2020 empezó con unas terribles tensiones entre Estados Unidos e Irán, con unos incendios catastróficos en Australia y con una neumonía de origen desconocido en una ciudad china. Esto último, que empezó como una amenaza lejana y difusa, en un par de meses convirtió nuestra vida y nuestra realidad en una terrorífica película de catástrofes. No fueron pocos los que en aquellos días de mitad de marzo preguntaban con una mezcla de estupefacción e ironía nerviosa: «Pero ¿esto está pasando de verdad?». Si lo pensamos, es justo la reacción contraria a la del analista que parecía estar siempre advirtiendo del peligro que nos acechaba. La persona común tenía que admitir que lo que consideraba un suceso imposible estaba sucediendo; el analista, que lo que siempre había pens

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