Walsh por Massuh

Fragmento de Nací para ser breve. El arte, la pasión, la historia y el amor. 

María Elena era una persona insólitamente culta, con perdón de la palabra, como diría ella para liberarla de ese aura de solemnidad que suele tener cuando se habla de “la gente culta”. Digo “insólitamente” porque combinaba un saber letrado con una veneración casi religiosa por lo popular. En ella se encarnaban de igual manera toda la poesía en español, la poesía infantil inglesa que le había recitado su padre (las nursery rhymes), los sonetos de Shakespeare, la obra completa de Jean Genet, la prosa de las sureñas norteamericanas, Carson McCullers, Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter, luego Colette, Proust, Rimbaud, el cancionero popular argentino, los libros de José Luis Busaniche, Kafka, Virginia Woolf y, en la época en la que la cono¬cí, especialmente Doris Lessing. Durante un tiempo la llamaba la “mamá grande”, apócope que también solía aplicarle al Diccionario de María Moliner. Sentía la literatura de una manera íntima, corporal y detestaba los devaneos académicos de sus amigos literatos, eso que llamaba despectivamente “los miembros de la crítica anteojuda y el pucho en la oreja”.

Es que hay más escritores que lectores. Y muchedumbre de profesores que escriben sobre escritores. Y escritores que no leen libros ajenos. Y que escriben novelas cuyo protagonista es siempre un escritor o un profesor. O escriben sobre un escritor que opinó de otros escritores. O escriben libros sobre sus propios libros.

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