Entrevista con Marcelo Figueras

El escritor Marcelo Figueras anticipa Todos los demonios están aquí, su nueva novela que combina realidad y fantasía en el marco del estallido social de 2001 en Argentina. Una de las novedades editoriales de septiembre

1. Este año se cumplen 20 años del estallido del 2001 y tu nueva novela transcurre con ese contexto de fondo, ¿qué podés anticiparnos?

A partir de los años '70, la Argentina se convirtió en un país cuyo género literario por antonomasia era el terror. Gracias a la dictadura nos transformamos en un país-casa embrujada, donde pretendíamos vivir como si nada raro pasase mientras infinidad de fantasmas —como el del padre de Hamlet, pero multiplicado por 30.000— nos reclamaban justicia y la posibilidad de obtener una simple sepultura donde llevarles flores. Con el retorno de la democracia pensamos que nos habíamos ganado el derecho de pasar de página (y de cambiar de género, claro), pero de a poco comenzamos a advertir que no iba a ser posible. Había demasiados esqueletos ocultos en cada sitio que pisábamos, en el sentido metafórico... ¡pero también en el literal! Y los problemas no resueltos fueron aflorando de a uno, como muertos vivos, hasta tornar imposible la vida cotidiana. El 2001 fue clave en ese sentido: el año en que todas nuestras deudas impagas —en materia de justicia, de política y de economía— acudieron a buscarnos, a rodearnos, a asfixiarnos. La crisis económica derivó en crisis institucional y se sucedieron Presidentes como moscas, en cuestión de días. Nunca pude olvidar esa impresión: era como si la Argentina se hubiese convertido en el Valdemar del cuento de Edgar Allan Poe, un cuerpo que está muerto pero no lo sabe y por eso comienza a desintegrarse inexorablemente. Me pareció que era un escenario ideal para ubicar la historia de un profesional de la salud mental —esto es, un experto en desintegración mental— que se descubre en una situación tan extrema que pone en riesgo su propia cordura.  

2. ¿Quién es el Doctor Pons?

Tomás Pons es un psiquiatra en plena crisis personal. Su mujer lo sorprendió con una demanda de divorcio, ha debido internar a su madre por una depresión que la ha dejado prácticamente muda y está ahogado en deudas que su tarea en un hospital público no le permite remontar. En más de un sentido es un típico argento de clase media, tironeado entre sus aspiraciones y una realidad que lo hunde cada vez más. En ese contexto, recibe la oferta de hacerse cargo de la dirección médica de un neuropsiquiátrico privado que queda en una isla del Tigre. Es una oferta del tipo fáustico: cuando Pons se entera de que el Instituto Jenseits es una firma internacional que le pagará en euros, acepta el cargo sin preguntarse cuál es la verdadera naturaleza del lugar. Pero con el correr de los días, la sumatoria de hechos desconcertantes —como la velocidad con la que sana allí un hueso roto— lo fuerza a investigar la verdad.

La pregunta esencial a que arriba Pons es: ¿qué hacemos con el mal, cuando deja de ser una fuerza que opera en las ficciones que nos entretienen para intervenir de forma devastadora en nuestras vidas cotidianas?   

3. ¿Qué fue lo más te atrajo de la idea de situar esta historia en una clínica psiquiátrica?

Era, por un lado, un espejo perfecto del momento en que transcurre la historia: en los meses finales de 2001, la Argentina toda se convirtió en una suerte de neuropsiquiátrico a cielo abierto, de 2,78 millones de kilómetros cuadrados. Por otra parte, es un sitio ideal donde plantearse el problema de la desintegración: de las facultades mentales, de la identidad — de la sociedad. Pero en el marco de la novela, era además un sitio muy conveniente: un neuropsiquiátrico escondido en una isla remota puede ser en realidad otras cosas, como un escondite para delincuentes poderosos... o, como en el caso de mi historia, algo infinitamente más siniestro. 

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