Mujercitas

Louisa May Alcott

Fragmento

 Mujercitas. Capítulo 1

Capítulo 1 El juego de los peregrinos

—La Navidad sin regalos no nos parecerá Navidad este año —dijo Jo con cierto malestar.

—¡Qué horrible es ser pobre! —se lamentó Meg.

—A mí no me parece justo que unas chicas tengan muchas cosas bonitas y otras no tengan absolutamente nada —a Amy le faltó añadir: como nosotras.

Pero allí estaba la dulce Beth para hacer entrar en razón a sus hermanas.

—¿Se puede saber de qué os quejáis? Somos afortunadas porque tenemos a mamá y a papá y nos tenemos las unas a las otras.

Las palabras de Beth hicieron que las hermanas se quedaran pensativas. Su padre, el señor March, solía referirse a ella como la tranquila, porque sus otras tres hijas eran torbellinos y, en cambio, Beth era apacible, tímida, de pocas palabras… Sin embargo, cuando expresaba sus pensamientos, los razonaba de tal modo, que todo el mundo la escuchaba con atención.

—Pero, Beth —protestó Jo—, a papá no lo tenemos ahora y es posible que no lo tengamos durante mucho tiempo.

Jo estaba tendida sobre la vieja alfombra, ante la chimenea, contemplando cómo el fuego quemaba los troncos y dibujaba hermosas líneas. Tenía quince años. Era más alta que sus hermanas, delgada, morena, con unos ojos grises inmensos que parecían captar cuanto ocurría a su alrededor. Se lamentaba a menudo de no haber nacido muchacho. De serlo, ahora no estaría en casa sino en la guerra, junto a su padre.

La familia March vivía sin excesivas comodidades. En el pasado habían disfrutado de una posición más desahogada, pero habían tenido que adaptarse a las estrecheces que les deparaba el presente. En la casa, disponían de una sala confortable, con una chimenea que chisporroteaba alegremente. La alfombra estaba descolorida y los muebles eran sencillos, pero había estanterías llenas de libros, cuadros que alegraban las paredes y, en las ventanas, florecían crisantemos y rosas de Navidad.

Meg, con la voz entrecortada, exclamó:

—¡Mamá tiene razón, chicas! El invierno amenaza con ser duro y no debemos pensar en nosotras, sino en los soldados que están en el frente. Para ayudarlos, deberíamos recoger nuestros ahorros y entregarlos al ejército.

Aunque Meg sabía que su madre tenía razón cuando las animaba a ser generosas, le costaba renunciar a su regalo navideño. Ella soñaba con un vestido nuevo, porque el que llevaba le quedaba muy pequeño. En el último año había dado un buen estirón y su aspecto distaba bastante del de una niña. Quería vestirse como una chica mayor, como correspondía a sus dieciséis años, y tener un vestido que acentuara la belleza que poseía. Al menos, eso le decían todos.

—No sé en qué puede ayudar nuestra fortuna al ejército. No tenemos más que un dólar cada una —se apresuró a decir Jo—. Aceptaré que ni mamá ni vosotras me regaléis nada, pero yo quiero comprarme Undine y Sintram. Hace mucho tiempo que quiero leerlos. Además, creo que mamá no quiere que nos quedemos sin algún pequeño capricho.

A las chicas les vino a la mente la conversación con la señora March, que había dejado muy claro que los destinatarios de los regalos navideños debían ser los valientes soldados que luchaban para construir un mundo mejor para todos, un mundo donde la esclavitud fuese abolida para siempre. ¿Qué podían regalar unas niñas a los soldados? Calcetines de lana. Calcetines que tejerían con esmero.

—¡Ojalá fuera un chico y pudiera luchar al lado de papá en vez de hacer calceta como las viejas! —se quejó Jo.

—Mamá nos aconsejó bien. Es importante que los soldados tengan calcetines para el frío —dijo Meg—. Y también que dispongan de dinero. Así que les entregaremos nuestros ahorros. Aunque lo cierto es que a mí me cuesta mucho ganar dinero. Preferiría estar en casa a tener que dar lecciones a los niños de los King. ¡Son terribles! —aclaró Meg.

—Oh, Meg, yo lo pasó mucho peor que tú —se quejó Jo—. No te imaginas cómo odio hacerle compañía a la tía March. Es una vieja histérica y caprichosa. Nunca está satisfecha con nada. Se pasa el día entero refunfuñando, sin decir una sola palabra amable —sentenció Jo.

Beth no solía quejarse. Tal como estaban las cosas, lo lógico es que todas ayudaran en la medida de lo posible a la economía familiar, pero en esa ocasión no se calló.

—Os aseguro que fregar platos y arreglar la casa es un fastidio. ¿Sabéis cómo me quedan las manos? Pues tan tiesas y ásperas que no puedo tocar el piano. ¡Mirad! No os engaño —dijo Beth, y mostró a sus hermanas las manos aún enrojecidas después de haber realizado sus tareas del día.

—No creo que ninguna sufra tanto como yo —se apresuró a decir Amy, compungida—. Vosotras ya no vais a la escuela. En cambio yo tengo que ir todos los días y estar con chicas impertinentes que se ríen cuando no me sé la lección, ridiculizan mis vestidos porque son viejos y se burlan de mi nariz. Y lo peor de todo: «defaman» a nuestro padre porque es pobre.

—Se dice difaman, Amy, no «defaman» —la corrigió Jo, riendo.

—¿Tú también? No deberías criticarme por elegir las palabras y esforzarme por mejorar mi vocabulario —se defendió Amy.

Amy era la más joven de las hermanas. Tenía unos hermosos bucles dorados y una mirada de un intenso color azul. En cuanto creciera, sería una mujer bellísima. Mientras tanto, se limitaba a ser quisquillosa.

—¡Vamos, niñas, dejadlo ya! No discutáis más. Si papá conservara el dinero, todo sería distinto. Lo pasaríamos muy bien —dijo Meg, porque ella aún podía acordarse de los buenos tiempos, cuando en la casa no faltaba de nada.

—Pero, el otro día dijiste que debíamos considerarnos más felices que los King, porque ellos, con todo el dinero que tienen, siempre están disgustados los unos con los otros —intervino Beth.

—En efecto, Beth. Trabajamos, pero también nos lo pasamos bien juntas. Como dice Jo, formamos una pandilla alegre —especificó Meg.

—¿Pandilla? ¡Es que Jo utiliza unas expresiones tan chocantes! —añadió Amy.

Jo sintió la mirada de reproche de su hermana menor y para hacerla enfadar se levantó de un salto, mientras el calcetín que tejía iba a parar al suelo, y se puso a silbar con fuerza con las manos en los bolsillos.

—¡No hagas eso, Jo! Es cosa de chicos.

—Pues por eso lo hago.

—No soporto a las chicas con modales ordinarios —precisó Amy.

—Ni yo las cursiladas de las que se creen señoritas elegantes —apostilló Jo.

—«Los pájaros se acomodan en sus nidos» —cantó Beth desenfadada y divertida, y sus hermanas no pudieron evitar reírse a carcajadas.

Meg se puso en el papel de hermana mayor y las reprendió con cariño, sobre todo a Jo, que ya no tenía edad para comportarse como un chico.

—Cuando eras pequeña —le dijo— resultaba gracioso, pero ahor

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