Otros nombres del arcoiris

Braulio Peralta

Fragmento

Título

INVENTAR LA REALIDAD

LA OSCURIDAD ES UN PLATO FRÍO QUE SE COME EN ESTADO de ebriedad. Sólo los sueños pueden hacernos conscientes de la inconsciencia de vivir sin pensar nuestros actos.

Anoche estaba en la última parte de un sueño en el que volaba y, sin saberlo, alguien utilizaba una cámara de cine: me filmaban. Se estaba grabando en una especie de set que es la vida, no éramos más de siete protagonistas, pero, afortunada o desgraciadamente, sin guion. Había que improvisar —reconstruir no sé qué aunque sí algo que tiene que ver con esos estados donde pareciera que somos conscientes de nuestros actos cotidianos— y yo, sin pensarlo mucho, me puse a improvisar y los demás me siguieron en la no trama, como ahora mismo que escribo estas líneas, porque ya no sé si estoy describiendo un sueño, si me disecciono a mí mismo o si sólo invento con la ayuda de las palabras.

Al principio no actuaba ante una cámara que sabía que existía: vivía divertidamente tirándome al agua, o sentía angustia porque alguien sin rostro conocido se enfadó conmigo y quiso golpearme. Ahí es donde levanté mis manos como alas y despegué de la tierra hacia el aire. Volar me llevó a la punta de un edificio. Quien me perseguía, como una bola de fuego, llegó hasta mí. Quedamos uno frente al otro en una especie de estanco de agua donde, de repente, en un susurro imperceptible, escuché: «Estamos filmando, por favor».

No pidieron que nos calláramos, sólo se nos hizo conscientes de que se estaba grabando todo. Fue entonces que empecé a actuar en consecuencia. Y me gustó la idea del juego: estar donde tienes que estar. Convertir en realidad lo que el sueño me estaba dando: vivir o morir. La vida se me hizo añicos, esa vida que dicen que es real, cuando en verdad es inventada. La vida está dentro de uno, con su respiración profunda.

Fue la ebriedad la que me trajo a la oscuridad del sueño que me descubrió algo profundo de mí mismo: sentir y pensar van de la mano. El sueño estaba concluido. Desperté en el momento en que la conciencia me regresó a esto que llaman vida. Perdí la inconsciencia y terminé por escribir estas palabras llenas de aliento. No había descubierto nada, pero se me confirmó que ser y estar ayuda a vivir; con cámaras o sin ellas.

Desperté feliz porque pensé, porque sentí que estar allí en el sueño, era seguir aquí, en la vida.

Que uno puede inventar la realidad.

A LA CONTRARIA

Aún antes de expirar, inconsciente, con la mirada perdida, soltaba una sonrisa de ángel extraviado. Enfrentó la vida siempre sonriente, hasta en las desgracias, como si no fuera de este mundo. Se escondía detrás de las muñecas, el tejido, los objetos de porcelana, las migajas de pan con las que creaba figuras diminutas como alfeñiques, los arbolitos de chaquira… Sólo un día, en el colmo de la desesperación, sin ningún atisbo de melodrama, con una voz chiquita, le confesó a Ulises:

—Me gustaría salir a la calle y correr y correr hasta desaparecer…

Hoy ya no está y su ausencia es una presencia perenne. Hace unos días Ulises la soñó, junto a su padre, vivos. Murieron con un año de diferencia; se quisieron a su manera, a pesar de ellos, a pesar de los hijos, a pesar de la vida. Como el amor: una droga dura que no se sabe por qué se quiere, pero se quiere. Y donde hasta el odio es parte de la unión entre dos seres.

Ulises aprendió el danzón con ella. Era la última en dejar de bailar en una fiesta familiar. No en balde su padre y ella se conocieron en un baile, allá por Cazones, Veracruz, la tierra de los abuelos maternos. Tenía diecinueve años cuando lo conoció (él, veintinueve). Decía que al principio ni caso le hizo, porque «la verdad, a mí me gustaba más su primo. Pero el primo no me invitó a bailar. ¡Fue él! Y con él me quedé».

Ahora, con él reside en el panteón. Aunque él llegó primero; ya lo había advertido:

—No quiero morir después de ella; no podría soportarlo; no me gusta verla sufrir.

Sí, sufrió mucho: la muerte de sus padres y la de cuatro de sus hijos, sí ¡cuatro! Una mujer que parió a diez, cuando ya estaba cerca de los cuarenta y, curiosamente, se conservaba bella.

Ulises recuerda cuando lo llevaba a la escuela: ¡cómo volteaban a mirarla los hombres en la calle! Él, enfurecido de celos; ella, ni siquiera se percataba. Todo hace pensar que le fue fiel a su marido.

El padre acostumbraba tomarla cuando le llegaba el antojo, aun rayando los noventa. Ella lo confesó un día, jugando con sus hijos:

—Pues ahí como lo ven, ¡todavía quiere! Es un latoso.

Y cuando ella entró en un largo proceso hacia la muerte, él se quejaba:

—Es que su mamá, nomás ya no.

Tenían sus códigos para acostarse: cuando ya todos dormían menos Ulises, quien los pudo contemplar haciendo el amor. Ella apenas se movía y sus gemidos, imperceptibles en la noche, anunciaban el himeneo. Él arriba de ella, invariablemente. Ulises nunca ha podido olvidar esas escenas que lo dejaron marcado para siempre: la llegada de otro…

Porque, claro, él no quería ser como su padre, pero tampoco como su madre. Ni malo ni bueno. Ni cabrón, pero tampoco dejado. Más bien al contrario: a la contraria, en contra de lo establecido, contra lo vivido.

Su madre tenía ochenta y tres años al morir.

EVOCACIÓN

En una fiesta apareciste tú, madre, y te quise cantar —rebelde como soy, sublevándome a tus propósitos de callarme en mi ser interior—, que «soy la tarde que quiere iluminar la noche» …pero me parecía poco. Entonces sonoricé: «soy la noche que quiere ser la luz». Pero lo sentía oscuro. Y decidí canturrear «ser la luz del día para ser mi sol».

Y fue entonces que tomé la decisión de salir, huir de casa para convertirme en yo. Y jamás, jamás volver a pisar esa parte sombreada en que me habías convertido a los ojos de mi padre. Fue cuando desperté a la vida en las calles, justo donde la palabra «familia» no existía como costumbre, sino como comunidad. Sí: encontré a mis semejantes.

En ese momento desperté del sueño. Y decidí mandarme esta misiva, sin miedo a ti, que ya habías muerto, pero aparecías siempre, despertándome.

Gracias, mamá.

LA PALABRA «PUTO»

Apenas era un niño y ya se pintaba los labios. Una mañana lo descubrieron in fraganti. Fue su hermana mayor quien, mirándolo fijamente, le recriminó de inmediato acusándolo a gritos:

—¡Mamá! Vicente es mariquita; se pintó los labios con tu bilé…

La madre corrió al cuarto, le quitó de mala manera el lápiz labial y le dio unos golpes en la cara. Y de ahí pasó a las palabras, que le quedarían grabadas para siempre:

—¡Pero ya verás lo que te voy a hacer, pinche escuincle puto, maricón!

Y de la amenaza pasó nuevamente a los

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