Eran humanos, no héroes

Graciela Fernández Meijide

Fragmento

POR LA HISTORIA

Este libro es posible por dos motivos. En primer lugar, porque ha llegado el momento de revisar algunas certezas de la cultura de la memoria que, hasta hace poco, parecían intocables. En segundo lugar, porque lo ha escrito una de las protagonistas de la lucha por la verdad durante la dictadura y, luego, de la política de derechos humanos en Argentina.

Si un libro se autoriza por el peso moral de su autora, este es el caso. Graciela Fernández Meijide puede razonar en contra de las fórmulas catequísticas, porque cuando habla de los desaparecidos se refiere también a su hijo Pablo. No busca el camino fácil de convertir a los desaparecidos en héroes. Renuncia a tratar la memoria de su propio hijo de ese modo. En sus páginas finales, resume los argumentos, miles de veces escuchados, con los que disiente. Todo lo que antecede discute la idea de que los desaparecidos se convirtieron en víctimas del terrorismo de estado porque sus sentimientos los impulsaron a trabajar en las villas, cerca de los pobres. A excepción de Familiares, esta versión de la militancia revolucionaria fue repetida por las organizaciones de derechos humanos durante la dictadura. Se idealizaba a las víctimas por aquellos sentimientos generosos que, sin duda, movieron a muchos. Pero también se los confinaba en esos sentimientos.

Mientras gobernaron los militares, los familiares que buscaban a sus hijos no eran quienes, abiertamente, podían referirse a su ideología. Pero ya han transcurrido tres décadas. Ha llegado el momento de hacer otro tipo de justicia: la que reconoce en los desaparecidos una militancia. Y, lo que es más difícil aún, una militancia llena de equivocaciones.

La “trasmutación de las víctimas” tuvo sus razones tácticas durante la dictadura. Muchos probablemente desconocieran la política que estaba detrás de las acciones armadas de la guerrilla. Eran, en la mayoría de los casos, hombres y mujeres del común, que habían vivido lejos de los debates sobre cuándo, cómo y de qué modo debía introducirse la violencia revolucionaria en la política argentina. Graciela Fernández Meijide recuerda que, cuando trabajaba en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, un padre, que también trabajaba allí, le dijo: “Se llevaron a los mejores”.

Esta idealización de las víctimas fue probablemente necesaria en aquellos años. Hoy no lo es. Otros igualmente “buenos” o “malos” sobrevivieron. Las víctimas no son los mejores. No es necesario esa cualidad máxima para sostener que fueron asesinados. Porque, si no hubieran sido los mejores, ¿habría alguna diferencia en el asesinato? Si, en vez de jóvenes que “trabajaban en villas” hubieran sido jóvenes que mataban porque estaban convencidos de que esa muerte era guerra revolucionaria, ¿no sería igualmente justo acusar a quienes torturaron y asesinaron en el secreto de un estado terrorista?

Graciela Fernández Meijide percibe nítidamente que, en la Argentina, una espesa red de tensiones ha convertido en alternativas muchas veces excluyentes la búsqueda de verdad (la historia de los años setenta) y de justicia (el castigo a los terroristas de estado). El libro se propone liberarse de esa alternativa que, si pudo parecer infranqueable mientras se preparaban los juicios y se luchaba para que los delitos no prescribieran, hoy carece de sentido y se ha impuesto como versión inexacta y empobrecedora de la historia.

Para llevar adelante este proyecto, Graciela Fernández Meijide sigue los relieves más importantes de un mapa histórico de las naciones del cono sur. Ha hablado con políticos chilenos, uruguayos y brasileños buscando las razones de los diferentes caminos que esos países siguieron durante la transición democrática y hasta hoy. Esas entrevistas le dan el soporte comparativo a cuestiones que, sin duda, se ven mejor cuando reconocemos la excepcionalidad del caso argentino, donde la escena fundante de la transición democrática es, en mi opinión, el juicio a las Juntas militares. Escena ausente de los otros países que Fernández Meijide ha visitado.

En la Argentina hubo juicio, condena, indulto, obediencia debida, punto final. Y luego revocación de esos retrocesos en una vía que llega hasta el acto del Presidente Kirchner en la ESMA y la anulación, por el Congreso, de las leyes mencionadas. El referéndum uruguayo de 1989 tuvo como resultado que se mantuviera la ley de caducidad que bloqueaba los juicios, hasta que fue revocada, en el 2011 por el parlamento. En Chile, Pinochet dejó el gobierno condicionando a su sucesor. En Brasil, Dilma acaba de crear una comisión de Verdad, cuyo nombre en singular no incorpora el de Justicia. El libro expone estas diferencias, mientras interroga a los políticos de cada uno de esos países sobre ese pasado de compromiso.

También sigue otra línea de la historia, bien conocida, pero que es necesario actualizar cada vez que se quiere explicar la violencia de los años setenta: por una parte, la guerra fría como marco internacional que interpretaba los sucesos latinoamericanos con la clave invariable del enfrentamiento de Estados Unidos y la Unión Soviética; por la otra, la revolución cubana y el guevarismo que sacuden las tendencias pacifistas y reformistas de las izquierdas latinoamericanas. Finalmente, el golpe en Chile contra Salvador Allende, que parece venir a demostrar el fracaso final de los reformismos. En este marco, se ubica la expansión de las ideologías guerrilleras, foquistas y terroristas. No se trataba, demasiado sencillamente, de los buenos sentimientos de las juventudes, sino de una estrategia al orden del día en América Latina. Los militantes, fueran o no combatientes, vivían en una atmósfera de final de época. Cristianos y marxistas, antimperialistas y peronistas, nacionalistas e internacionalistas pensaban que la guerra era inevitable.

Este período crucial es el que Graciela Fernández Meijide reconstruye para consolidar su hipótesis. Nadie más autorizado que ella para enunciarla desde el mismo título de este libro que es, a su manera, también un tributo a la historia de las víctimas.

BEATRIZ SARLO

PRÓLOGO

“La vida para nosotros en ese momento no valía nada”, le dijo Carlos Porroni, militante de los setenta, a Graciela Fernández Meijide, según relata en uno de los pasajes de su libro en el que la historia, la política, la melancolía y la vida, que no valía nada, se mezclan, tal y como ocurría diariamente en amplios sectores de la sociedad argentina hace cuarenta años.

Los libros de Graciela Fernández Meijide tratan de explicarse y explicarnos qué pasó en la Argentina. Primero se preguntó por la breve administración de la Alianza, que la tuvo como protagonista, y escribió uno de l

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