Odorama

Federico Kukso

Fragmento

Corporativa

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Para Pablo,
el fragante

«Olfacio ergo cogito

(Huelo, luego pienso)

WILFRID E. LE GROS CLARK, paleoantropólogo británico

«La historia de las ciencias se muestra frecuentemente como un bulevar que conduce directamente de la ignorancia a la verdad, pero eso es falso. Es una red de vías sin salida en las que el pensamiento se extravía y se enreda. Una compilación de fracasos lamentables y a veces divertidos.»

PATRICK DEVILLE, Peste & Cólera

«Un gran número de cosas se han dicho sobre los olores pero una historia particular de ellos es aún necesaria.»

BERNARDINO RAMAZZINI, médico italiano del siglo XVII

«¿Cuántos historiadores nos han dado algún indicio sobre los olores de las sociedades antiguas? Los investigadores han estado muy callados sobre el hedor del pasado, repelidos, al parecer, por la sensibilidad higiénica moderna del presente.»

ROY PORTER, historiador de la medicina

«Olvidado el alfabeto del olfato que elaboraba otros tantos vocablos de un léxico precioso, los perfumes permanecerán sin palabra, inarticulados, ilegibles.»

ITALO CALVINO, El nombre, la nariz

«Sería odioso si las cosas no olieran: no serían reales.»

ADRIAN STOKES, poeta y crítico de arte británico

«La historia debe ser quien nos libera no solo de la indebida influencia de otros tiempos sino de la indebida influencia del nuestro.»

JOHN EMERICH EDWARD DALBERG ACTON, historiador y político inglés

«Mediante los olores y los sabores y el tacto, nos estábamos conociendo. Diciendo lo que no podíamos decir con palabras.»

CHUCK PALAHNIUK, Snuff

«Quien dominaba los olores, dominaba el corazón de los hombres.»

PATRICK SÜSKIND, El perfume

INTRODUCCIÓN
Todos los olores del mundo

Tapputi. El sonido se difumina en la oscura gruta que compone mi boca como un eco distante, antiguo. Ta-ppu-ti: al igual que el escritor ruso Vladimir Nabokov invocaba a Lolita al emprender con la punta de la lengua un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes, vuelvo cuerpo su nombre en un mantra sostenido. Lo conjuro. «Tapputi», insisto. «Tapputi, Tapputi, Tapputi-Belatekallim.» Es ahí, en el vórtice del trance hipnótico en el que ingreso, cuando emergen los fragmentos caóticamente desordenados de la historia de una mujer, una persona, una entre los miles de millones de Homo sapiens que alguna vez nacieron, respiraron, soñaron y luego murieron, quien en las profundas arenas del tiempo manipuló la materia y, al hacerlo, manipuló los espíritus.

No conocemos ni conoceremos jamás su rostro, sus miedos o sus aspiraciones. Lo poco que sabemos de ella es gracias a unas pequeñas tablillas con escritura cuneiforme de la antigua Babilonia de alrededor del año 1200 a.C. que conservan grabado —incompleto pero vibrante— su recuerdo: en tiempos en que Oriente Medio era el centro de gravedad del mundo conocido, esta mujer fue la supervisora oficial del palacio real. Su trabajo era de suma importancia. Hace unos tres mil años, en lo que hoy es Irak, Tapputi-Belatekallim era una figura de gran influencia, perfumista en una época en la que las sustancias perfumadas, más que amplificadores de la vanidad y del placer, eran ingredientes fundamentales de tratamientos médicos, ceremonias políticas y rituales religiosos, como el de ungir los íconos que habitaban en los santuarios encima de aquellos grandes templos con forma de pirámide que llamaban zigurats o el de pres

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