Cicatrización

Mithu M. Sanyal

Fragmento

cap-9

Vergüenza

Del mismo modo que el «honor» siempre está presente, aunque al mismo tiempo sea invisible, en los discursos relativos a la violación, también está omnipresente el concepto resultante del mismo —o de la pérdida del mismo—: la «vergüenza». Solía ocurrir que cuando alguien robaba el «honor» de una mujer, esta «caía en desgracia», a lo que tenía que reaccionar con «vergüenza».[1] En la actualidad ya no utilizamos los términos «honor» ni «desgracia», solo hablamos de «vergüenza», aunque el término incorpora la totalidad del proceso. Prácticamente ningún artículo sobre las secuelas de una violación consigue hacerse entender sin las palabras «miedo, culpa y vergüenza»[2] o «dolor, rabia y vergüenza».[3] Julia Schellong, presidenta de la Sociedad Alemana de Psicotraumatología, lo confirma: «Predomina el sentimiento de culpa».[4] Y la activista antiviolación Amber Amour describió sus sentimientos en Instagram justo después de que la hubieran violado: «Tengo todos esos sentimientos de mierda que albergamos después de una violación… vergüenza».[5] Como si sentir vergüenza fuera una especie de reflejo corporal, como una picazón o estornudar, y no una emoción muy compleja que lejos de producirse de forma automática hay que aprender culturalmente.

Si bien en el pasado la vida de una mujer quedaba destruida tras una violación porque arruinaba su posición social, ahora el conflicto parece discurrir dentro de ella. La violación ha pasado a ser un ataque contra la identidad sexual de la mujer, generando una «herida psíquica», una violación del yo interior. Joanna Bourke rastrea el cambio del discurso social al psicológico: «Este especial hincapié en el cuerpo como sello de la identidad y como epicentro de la verdad es una idea muy moderna»,[6] y al mismo tiempo sumamente premoderna, ya que el honor siempre se ha localizado en el cuerpo físico de la mujer, así como en el espiritual.

Pero cualquiera que sea la causa, la vida de la mujer queda destrozada, eso se da por sentado. «Aunque cada mujer es única, parece que solo aceptamos una respuesta por parte de una víctima de violación o abuso: el colapso total —objeta la escritora estadounidense Vanessa Veselka—. Todos los artículos publicados en los medios de comunicación más importantes sobre el tema de la violación o el abuso nos presentan la misma versión de esta mujer colapsable.»[7]

Desde que se acuñó el término trastorno de estrés postraumático en la década de 1970, este se ha asociado principalmente a veteranos de guerra y víctimas de violación o de abuso sexual. Las series y los documentales de televisión están llenos de víctimas de violación que tienen miedo a salir de casa, desarrollan una obsesión con la limpieza, engordan veinte kilos, se cortan las muñecas o las arterias con cuchillas de afeitar, etcétera. Esto crea una imagen muy limitada del aspecto que tiene una víctima de verdad. «Mi supervivencia, en sí misma, es una prueba que habla contra mí —confirma la autora Virginie Despentes en su libro Teoría King Kong—. Porque es necesario quedar traumatizada después de una violación, hay una serie de marcas visibles que deben ser respetadas: tener miedo a los hombres, a la noche, a la autonomía, que no te gusten ni el sexo ni las bromas.»[8]

Este es motivo por el que Veselka se pregunta si esta idea general sobre la violación podría dañar a las víctimas más que ayudarlas. «Como cultura, les decimos a las chicas desde la cuna que la violación es lo peor que les puede llegar a pasar. Les decimos que destruirá sus vidas y que perderán su sentimiento de pureza. Les decimos a quienes sufrieron abusos sexuales que es normal sentirse sucia. Lo hacemos porque intentamos prepararlas para que no se sientan solas cuando esto ocurra. Pero ¿no estamos estableciendo asimismo que acabarán destrozadas, y que se sentirán sucias e impuras? ¿Hasta qué punto no nos estamos preparando para el desplome?»[9]

El artículo de Veselka se publicó en 1999 en la revista Bitch y numerosas feministas lo citan como importante fuente de inspiración,[10] de modo que resulta aún más sorprendente que nadie haya retomado el hilo de su argumentación, siendo la principal razón para ello que ha costado muchísimo lograr que se reconozca a la víctima de una violación. Y aunque la lucha no se ha ganado por completo —como cualquiera que haya abierto un periódico alguna vez puede confirmar—, la sensibilización de la opinión pública ha experimentado un cambio fundamental. Ejemplo de ello es el caso de violación de la vicaría de Ealing.

El 6 de marzo de 1986, tres hombres enmascarados entraron en la vicaría de la iglesia de St. Mary, en Ealing, pidiendo dinero y joyas. Al no poder encontrar nada de valor, golpearon al reverendo Michael Saward y al novio de su hija, David Kerr, con bates de críquet hasta dejarlos inconscientes, pasando a violar brutalmente a Jill Saward. El caso llegó a las portadas de los periódicos porque la joven de veintiún años, Jill, era virgen e hija de un párroco; pero también porque el único ladrón que no participó en la violación obtuvo la condena más larga de los tres (por haber planeado el robo). El juez John Leonard justificó su decisión ante los tribunales con la afirmación de que el trauma de Jill Saward «no había sido para tanto.»[11] Las protestas subsiguientes provocaron un cambio en la legislación sobre el delito de violación en Gran Bretaña, de modo que ahora las víctimas tienen derecho a recurrir condenas (indulgentes) y los medios de comunicación no tienen permitido informar en modo alguno que pueda llevar a que la víctima sea identificada. En 1993, sir John Leonard se disculpó públicamente con Jill Saward y señaló que su decisión es la única «mancha»[12] significativa de su carrera y que le perseguiría hasta el final de su vida.

En 1990, Jill Saward publicó su libro Rape: My Story, para dejar constancia del inmenso impacto que una violación ocasionaba sobre las víctimas. «Hay etapas definidas, aunque nadie me lo explicó en realidad al principio. Es una de las razones por las que quiero compartir mi experiencia, para que nadie tenga que sentir que se está desmoronando, o volviéndose loca, cuando esté sentada sintiéndose insignificante, percibiendo la nada.»[13] Es comprensible que después de escuchar su dolor denegado por el tribun

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