¡No es mi pedo!

Prem Dayal

Fragmento

Título

INTRODUCCIÓN

La creatividad es un viaje a lo desconocido, es como salir de casa con entusiasmo y decisión sin tener la menor idea de hacia dónde vas. De hecho, aquel primero de noviembre de 2010 (por casualidad el octogésimo cumpleaños de mi mamá), sentado en una famosa pastelería de Cabo San Lucas, ni de chiste hubiera podido imaginar las consecuencias de abrir una página de Word y titularla: “Mantras mexicanos”.

El problema más grande en el ámbito de la creatividad humana es que nos ponemos límites, y de hecho la idea de escribir un libro, según mi inconsciente, rebasaba mis capacidades; por el contrario, escribir un par de chistes estaba totalmente a mi alcance. Y esto resulta natural si alguien durante toda su niñez se escucha repetir: sé normal, sé normal, sé normal… Se sabe que las personas normales no escriben libros; para ser escritor, actor, director…, se necesita ser una persona especial. Y a pesar de que en toda mi vida los colores de la “normalidad” han sido casi completamente ausentes, desde muy dentro de mí una voz inaudible me decía: Está bien, puede ser que con un librito te la arregles… ¡¿pero un libro?!

Afortunadamente, cuando te atreves a infringir la cerca de la “normalidad”, aun si es sólo para ganar un poquito más de espacio y contar un par de chistes, la brisa de la libertad es tan embriagante que las cadenas de la “normalidad” o de “ser extraordinario” desaparecen en la dichosa realización de ser simplemente “únicos”; y antes de darte cuenta te encuentras tan lejos en el horizonte que incluso empiezas a dudar que aquella antigua cerca alguna vez existiera.

Es así que escribí la primera versión de este libro, y a pesar de tener la sensación de que el viaje había salido bien, no podía imaginar que el destino iba a ser tan benévolo conmigo, que cientos de miles de personas iban a leer y apreciar lo que al principio tenían que ser sólo un par de chistes.

¡Y no sólo esto! De inmediato el libro suscitó el interés de un editor italiano. Esto me puso en frente a la paradoja de tener que traducir el libro a mi lengua madre, lo que me llevó a operar de forma inversa a lo que se hace generalmente, que en mi caso hubiera sido escribir en italiano y traducir al español.

Reportar lo que había escrito en mi idioma originario me abrió otra ventana sobre todo este asunto, y me permitió enriquecer mi narración con el imaginario que había sido típico de mi forma de ver y describir las cosas de la vida desde cuando era niño. Por lo tanto, el libro salió más rico que en la versión mexicana. ¡Oh no!, me dije, no puedo privar al público mexicano, justo en el cual me he inspirado, de la mejor versión del libro.

Además, con el tiempo me di cuenta de algo imperdonable: me había olvidado de mencionar la existencia de un cuarto mantra mexicano.

Enfrentando una fase tardía de la “educación” de mi segundo hijo, le hablaba de la importancia de la disciplina. Si la disciplina que te imponen los demás es una ofensa a tu dignidad, el no ser capaz de darse una disciplina por propia cuenta, por paradoja, es el síntoma de una falta de dignidad. Citándome a mí mismo: “la disciplina que te dan los demás te hace esclavo, la disciplina que te das por tu cuenta te hace libre”. O para decirla como se dice en familia: ¡Saca los huevos, cabrón! Cuando decides hacer algo, lo haces y ya. ¡A Huevo!

Es allí que me fue revelada la existencia del importantísimo y fundamental Mantra del Poder: ¡A Huevo!

¡A Huevo! es el último regalo que el habla mexicana entrega a los “buscadores de la verdad”. Es un mantra de combate capaz de cargar de poder todos los demás mantras. De nada sirve el mantra del desapego ¡Me Vale Madres!; corto se queda el mantra de la purificación ¡A La Chingada!; impotente se encuentra ¡No Es Mi Pedo!, el mantra de la desidentificación; e inalcanzable se vuelve la realización de la ley universal No Hay Pedo sin usar la efervescente energía del mantra ¡A Huevo! Este mantra es un grito de guerra, capaz de enderezarte la espina dorsal y darte el poder de pelear, día tras día, contra los patrones que nos alejan de nuestra inteligencia, contra los hábitos que narcotizan nuestra consciencia. ¡A Huevo! Su simple sonido es como una trompeta militar que te hace brincar de tu cama para recordarte que la vida está en tus manos, que eres libre, que la vida es lo que tú quieres que sea…

… Y aquí es mejor que pare, antes de empezar a escribir la tercera versión del mismo pinche libro.

Con amor,
Dayal

Título

LA GÉNESIS

¿Cómo empezó todo este relajo? No tengo la menor idea. El buen viejo Sócrates decía: “Lo único que sé es que no sé nada”. ¡Si no lo sabía Sócrates, imagínense qué puedo saber yo! Pero hay un chingo de gente que dice saber mucho, y que por lo tanto es mucho más inteligente que yo y que Sócrates (que al final, como compañero de pupitre, no es alguien de quien avergonzarse).

Últimamente aparece a cada rato gente muy poderosa o incluso superpoderosa: hay quien habla con los ángeles; hay quien habla con los muertos, con criaturas del bosque, con extraterrestres, duendes, animales… Y los más afortunados incluso hablan por larga distancia directamente con Dios.

Desafortunadamente, a menudo pasa que esta misma gente, que se encuentra a todo dar hablando con fantasmas, plantas, ovnis, ovinos, bovinos y cualquier tipo de bestias, tiene serias dificultades para comunicarse con sus propios hijos, su pareja o con el güey del valet parking.

Hay quien cree en antiguas mitologías y hasta te sabe dar la dirección y el código postal donde se encuentran el paraíso y el infierno, y quien incluso puede darte el número verde 01800 de atención al cliente del otro mundo, sin hablar de los más afortunados que llegan a tener el celular de san Pedro para intentar sobornos. Hay quien, con calendarios y cálculos astronómicos, te arregla todo el desorden cósmico, y quien conoce fórmulas milagrosas para resolver cualquier problema (si conocen a alguien capaz de hacer que el pelo vuelva a crecer, díganmelo, por favor: estoy dispuesto a convertirme a cualquier religión). Hay quienes sostienen que vienen de otros planetas, y hasta mal te hacen sentir. Tú los encuentras y le preguntas con inocencia:

—Hola, ¿de dónde vienes?

—Vengo de la constelación de Andrómeda.

—¡Ah…! Mucho gusto…. ¿Y tú?

—Yo vengo del planeta Quirón.

—¿Quirón…? ¿Esquina co

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