El gremio de los magos (Crónicas del Mago Negro 1)

Trudi Canavan

Fragmento

1 La Purga

1

La Purga

Se dice en Imardin que el viento tiene alma y que al barrer las estrechas calles de la ciudad se lamenta por lo que encuentra a su paso. El día de la Purga, silbaba entre los mástiles que se mecían en el Puerto, cruzaba en tromba las Puertas de Poniente y aullaba entre los edificios. Entonces, como abrumado por lo que había visto, se transformaba en un leve gemido.

O eso le parecía a Sonea. Mientras una nueva ráfaga de viento frío la azotaba, se envolvió en un abrazo y se apretó la raída capa al cuerpo. Bajó la mirada y frunció el ceño al ver que el sucio lodo le salpicaba los zapatos al andar. La tela que había metido en las botas porque le quedaban demasiado grandes ya estaba empapada, y los dedos de los pies le dolían por el frío.

Percibió un movimiento brusco a su derecha y se hizo a un lado: un hombre con greñas grises avanzaba dando tumbos hacia ella desde una bocacalle y terminó por caer de rodillas. Sonea se detuvo y le tendió una mano, pero el anciano no parecía verla. Se levantó a duras penas y se unió a las figuras encorvadas que caminaban calle abajo.

Con un suspiro, Sonea deslizó la mirada hasta donde se lo permitía la capucha. Había un guardia apostado con desgana en la boca del callejón. Torcía el gesto en una mueca de desdén, observaba distraído a los transeúntes. Sonea lo fulminó con los ojos, pero cuando el guardia giró la cabeza en su dirección, desvió de inmediato la mirada.

«Malditos guardias —pensó—. Así les salgan farenes venenosos a todos dentro de las botas.» El recuerdo de los nombres de unos pocos guardias bondadosos hizo que le remordiera la conciencia, pero no estaba de humor para excepciones.

Adaptó su paso al cansino caminar de los que la rodeaban y los siguió hasta que llegaron a una calle más ancha. Edificios de dos y tres plantas se elevaban a ambos lados. En las ventanas de los pisos superiores había un montón de caras. Desde una de las ventanas, un hombre bien vestido alzaba a un niño para que viera a la gente que había abajo. El hombre arrugó la nariz con desprecio y, cuando señaló la calle, el niño puso cara de asco.

Sonea los miró con furia. «Si les lanzara un pedrusco por esa ventana, se les acabarían los remilgos.» Buscó con la mirada sin demasiado empeño, pero si en aquel suelo había piedras, estaban bien ocultas bajo el fango.

Tras avanzar un poco más, distinguió a otros dos guardias en la entrada a un callejón. Ataviados con capas de cuero y yelmos de hierro, parecían el doble de corpulentos que los mendigos a los que vigilaban. Los dos llevaban escudo de madera, y de cada cinturón colgaba su kebin, una vara de hierro usada como porra pero que justo encima de la empuñadura tenía un gancho diseñado para trabar el cuchillo del adversario. Sonea bajó la mirada y pasó junto a los dos hombres.

—... cortarles el paso antes de que lleguen a la plaza —estaba diciendo uno de ellos—. Son como unos veinte. El jefe de la banda es grandote, tiene una cicatriz en el cuello y...

A Sonea el corazón le dio un vuelco. «¿Podría ser...?»

Un poco más adelante había un portal. Sonea se metió en el hueco, volvió la cabeza para echar un vistazo a los dos hombres, y dio un respingo: dos ojos oscuros le devolvían la mirada desde el portal.

Una mujer la observaba con ojos como platos por la sorpresa. Sonea dio un paso atrás. La extraña también retrocedió. Entonces Sonea soltó una carcajada y la otra sonrió.

«¡Solo es un reflejo!» Extendió el brazo y sus dedos toparon con un recuadro de metal bruñido clavado en la pared. En la superficie había palabras grabadas, pero ella no conocía lo suficiente las letras para entender lo que ponía.

Examinó su reflejo. Una cara delgada y de mejillas hundidas. Pelo corto y oscuro. Nadie le había dicho jamás que fuera guapa. Si le convenía, aún podía hacerse pasar por un chico. Según su tía, se parecía más a su madre, muerta hacía mucho, que a su padre, pero Sonea sospechaba que la explicación era más simple: Jonna no quería ver en ella nada que le recordara a su desaparecido cuñado.

Se acercó más a su reflejo. Su madre había sido hermosa. «Si me dejara crecer el pelo y me pusiera ropa femenina, tal vez...», pensó.

«Bah, qué importa.» Enfadada por haberse distraído con semejantes fantasías, soltó un bufido de burla hacia sí misma y apartó la mirada.

—... hace unos veinte minutos —dijo una voz cercana.

Sonea se puso tensa al recordar por qué se había metido allí.

—¿Dónde piensan atraparlos?

—Y yo qué sé, Mol.

—Pues a mí me gustaría estar allí. Vi lo que le hicieron a Porlen el año pasado, menudos hijos de puta. El sarpullido le duró semanas, y no vio bien durante días. ¿No podría escaparme y...? ¡Yep! ¡Por ahí no, chaval!

Sonea no hizo caso del grito del soldado; sabía que ni él ni su compañero abandonarían su puesto en la entrada del callejón porque la gente podría aprovechar su ausencia para colarse por allí. Echó a correr entre la muchedumbre, cada vez más densa. De vez en cuando se detenía para buscar caras conocidas.

Sabía a qué banda callejera se referían los guardias. Las historias sobre lo que los muchachos de Harrin habían hecho en la última Purga se relataron una y otra vez en el duro invierno del año anterior. A ella le alegraba saber que sus viejos amigos seguían haciendo de las suyas, pero estaba de acuerdo con su tía en que más le valía mantenerse apartada de sus diabluras. Al parecer, los guardias estaban planeando su venganza.

«Lo que demuestra que Jonna tenía razón.» Sonea sonrió con amargura. «Como se entere de lo que estoy haciendo, me despelleja, pero tengo que avisar a Harrin.» Siguió buscando entre la multitud. «No voy a meterme otra vez en la banda. Solo he de encontrar un vigía y... ¡ahí está!»

Encorvado a la sombra de un portal, un joven miraba alrededor con evidente hostilidad. A pesar de su aparente desinterés, su mirada pasaba sin cesar de una bocacalle a otra. Cuando sus miradas se cruzaron, Sonea se colocó bien la capucha e hizo un gesto que muchos considerarían grosero. Él entrecerró los ojos y le devolvió la señal con rapidez.

Segura ya de que el muchacho era un vigía, Sonea se abrió camino entre la multitud, se detuvo a unos pasos de la puerta y fingió que se le había desatado una bota.

—¿Con quién estás? —preguntó él sin mirarla.

—Con nadie.

—La señal que has hecho es antigua.

—Hacía tiempo que no venía por aquí.

Él reflexionó.

—¿Qué quieres?

—He oído hablar a los guardias —explicó—. Planean pillar a alguien.

El vigía soltó un gruñido.

—¿Y por qué voy a creérmelo?

—Yo era amiga de Harrin —replicó ella, irguiéndose.

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