Atrapada en el tiempo (Saga Outlander 2)

Diana Gabaldon

Fragmento

9788415631064-4

1

Pasando revista

Roger Wakefield se sentía rodeado en el centro de la habitación. Pensó que la sensación estaba plenamente justificada, pues en realidad estaba rodeado por mesas cubiertas de antigüedades y recuerdos, por pesados muebles victorianos tapizados de terciopelo y adornados con tapetes de ganchillo, y por diminutas alfombras extendidas sobre el suelo pulido, esperando pacientemente a deslizarse bajo un pie desprevenido. Rodeado por doce habitaciones repletas de muebles, ropa y papeles. Y libros. ¡Dios mío, los libros!

Tres de las paredes del estudio estaban cubiertas por estanterías, todas ellas a punto de reventar. Había montones de novelas de misterio en ediciones de bolsillo, brillantes y baratas, volúmenes encuadernados en cuero, apretados junto a obras del club de lectores, antiguos tomos robados de bibliotecas desaparecidas y miles de panfletos, folletos y manuscritos.

En el resto de la casa, la situación era similar. Libros y papeles cubrían cualquier superficie y los armarios crujían, llenos a rebosar. Su difunto padre adoptivo había tenido una vida plena y larga, diez años más de los setenta que prescribe la Biblia. Y en sus ochenta y tantos años el reverendo Reginald Wakefield nunca había tirado nada.

Roger reprimió la tentación de salir corriendo por la puerta principal, saltar a su Mini Morris y regresar a Oxford, abandonando la rectoría y su contenido a merced del tiempo y de los vándalos. «Tranquilízate —se dijo, respirando hondo—. Tiene solución. Los libros son lo más fácil; sólo es cuestión de clasificarlos y llamar a alguien para que se los lleve. Claro que se necesitará un camión gigantesco, pero puede hacerse. La ropa no es problema. A una institución de caridad.»

No sabía qué iba a hacer una institución de caridad con tantas sotanas negras de sarga de 1948, pero tal vez los pobres no fueran tan quisquillosos. Empezó a respirar mejor. Había pedido un mes de permiso en el Departamento de Historia de Oxford para ocuparse de las cosas del reverendo. Quizá eso bastara, después de todo. En sus momentos de mayor escepticismo había pensado que la tarea le llevaría años.

Se dirigió a una de las mesas y cogió un platito de porcelana. Estaba lleno de pequeños rectángulos de metal y unos distintivos de plomo que entregaban las parroquias a los mendigos en el siglo XVIII para identificarlos; en Escocia los llamaban gaberlunzies. Junto a la lámpara había una colección de botellas de cerámica y una caja de rapé en forma de caracol con un aro de plata. «¿Y si las donara a un museo?», pensó, no muy convencido. La casa estaba llena de objetos jacobitas. El reverendo había sido aficionado a la historia, y el siglo XVIII era su campo de investigación.

Sin querer se puso a acariciar la superficie de la caja de rapé, recorriendo las líneas negras de las inscripciones con los nombres y fechas de diáconos y tesoreros de la Organización de Sastres de la Canonjía de la Ciudad de Edimburgo, 1726. Quizá debería guardar algunas de las cosas del reverendo, pensó... pero se echó atrás, sacudiendo la cabeza con firmeza.

—Ni hablar —dijo en voz alta—. Sería una locura. —O, en el mejor de los casos, el comienzo de una vida de rata—. Si empiezas a guardar cosas, terminarás quedándote con todo, viviendo en esta casa monstruosa, rodeado de un montón de trastos... y hablando solo.

Al pensar en los trastos recordó el garaje y se le aflojaron las rodillas. El reverendo, que de hecho era su tío abuelo, lo había adoptado a los cinco años, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando su madre murió en un bombardeo y su padre en las negras aguas del canal de la Mancha. Con su fuerte instinto de conservación, el reverendo había guardado todos los efectos de sus padres, sellados en embalajes y cajas, en la parte posterior del garaje. Roger sabía muy bien que nadie los había abierto en los últimos veinte años.

Lanzó un quejido al pensar que tenía que revisarlos.

—Dios mío —dijo en voz alta—. Cualquier cosa menos eso.

No era un ruego, pero el timbre de la puerta sonó como si fuera una respuesta, haciendo que Roger se sobresaltara.

La puerta de la rectoría se trababa cuando había humedad, es decir, siempre. Roger la desatascó con esfuerzo antes de ver a la mujer en el umbral.

—¿En qué puedo ayudarle?

Era de estatura mediana y muy guapa. Roger notó que era de huesos finos y que llevaba el pelo castaño recogido en un moño. En medio del rostro destacaban unos extraordinarios ojos claros, color jerez añejo.

Los ojos lo recorrieron desde sus playeras del número 45 hasta la cabeza, unos treinta centímetros más arriba que la de ella. La sonrisa se extendió por su cara.

—No me gusta empezar con una frase hecha —dijo—, pero ¡cómo ha crecido, joven Roger!

Roger sintió que se ruborizaba. La mujer rió y le tendió la mano.

—Es usted Roger, ¿verdad? Soy Claire Randall, una vieja amiga del reverendo. Pero no le veía desde que tenía cinco años.

—¿Dice que era amiga de mi padre? Entonces sabrá que él...

La sonrisa se desvaneció y dio paso a una expresión de pesar.

—Sí, lo sentí mucho cuando me enteré. El corazón, ¿no?

—Sí. Fue muy repentino. Acabo de llegar de Oxford para ocuparme de... todo. —Hizo un gesto indefinido que comprendía la muerte del reverendo, la casa y todo su contenido.

—Por lo que recuerdo de la biblioteca de su padre, la tarea le llevará hasta Navidad —observó Claire.

—En ese caso, no deberíamos molestarlo —dijo una suave voz con acento estadounidense.

—Ah, me olvidaba —dijo Claire, volviéndose a medias hacia la chica que acababa de aparecer en la esquina del porche—. Roger Wakefield: ésta es mi hija, Brianna.

Brianna Randall dio un paso adelante con una sonrisa tímida. Roger la observó un momento, y entonces recordó sus modales. Se apartó y abrió la puerta preguntándose cuándo se había cambiado la camisa por última vez.

—De ninguna manera —dijo con sinceridad—. Me vendrá bien un descanso. ¿No quieren pasar?

Las condujo por el vestíbulo hasta el estudio del reverendo. Además de atractiva, la hija era una de las muchachas más altas que había conocido. «Un metro ochenta por lo menos», pensó, al ver que su cabeza alcanzaba la altura de la parte superior del perchero al pasar. Inconscientemente se enderezó hasta su metro noventa para superarla en estatura. Al entrar en el estudio, se agachó para no golpearse contra el dintel.

—Pensaba venir antes —explicó Claire, hundiéndose en el enorme sillón de orejas. La pared lateral del estudio del reverendo tenía ventanales desde el suelo hasta el techo, y la luz del sol hacía brillar la horquilla de perlas en su pelo castaño. Los rizos empezaban a escapar de su apretado moño y, con gesto ausente, Claire se colocó uno de ellos detrás de la oreja mientras hablaba—. Tenía pensado venir el año pasado, pero hubo una emergencia en el hospital de Boston y fue imposible. Soy médico —explicó, frunciendo un poco la boca ante la mirada de sorpresa de Roger—. Siento que no pudiéramos venir. Me habría gustado mucho volver a ver a su padre.

Roger se estaba preguntando por qué habrían ido hasta allí si sabían que el reverendo había muerto, pero le pareció descortés decirl

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