1

KELSIER quemó el undécimo metal.
No cambió nada. Seguía de pie en la misma plaza de Luthadel, enfrentándose al lord Legislador. Un público silencioso, tanto skaa como noble, miraba desde el perímetro. Una rueda chirriaba perezosa al viento, colgada de un costado del carro de prisioneros volcado. Había una cabeza de inquisidor clavada a la madera del suelo del carro, sostenida allí por sus propios clavos.
No cambió nada, pero cambió todo. Pues a ojos de Kelsier, había dos hombres de pie ante él.
Uno era el emperador inmortal que había reinado durante mil años: una figura imponente de cabello negro como el azabache y dos lanzas clavadas en el pecho de las que no parecía ni darse cuenta. A su lado había un hombre con sus mismos rasgos pero un porte distinto del todo. Un hombre envuelto en gruesas pieles, con la nariz y las mejillas sonrojadas como de frío. Tenía el pelo enredado y revuelto, la actitud jovial, la cara sonriente.
Eran el mismo hombre.
«¿Puedo aprovecharlo?», pensó Kelsier, frenético.
Negra ceniza caía levemente alrededor de los dos hombres. El lord Legislador miró al inquisidor que Kelsier había matado.
—Esos son muy difíciles de reemplazar —dijo con voz imperiosa.
El tono resaltaba su contraste con el hombre que tenía al lado, un vagabundo, un montañés que tenía la cara del lord Legislador. «Eso es lo que eres de verdad», pensó Kelsier. Pero no le servía de nada. Solo demostraba, por si hiciera falta más demostración, que el undécimo metal no era lo que Kelsier había esperado. El metal no era ninguna solución mágica mediante la que acabar con el lord Legislador. Tendría que confiar en su otro plan.
De modo que Kelsier sonrió.
—Te maté una vez —dijo el lord Legislador.
—Lo intentaste —replicó Kelsier, con el corazón acelerado. El otro plan, el plan secreto—. Pero no puedes matarme, lord Tirano. Represento aquello que nunca has podido matar, no importa cuánto lo hayas intentado. Yo soy la esperanza.
El lord Tirano bufó despectivo. Alzó un brazo como si tal cosa.
Kelsier se preparó. No podía luchar contra alguien que era inmortal.
No estando vivo, al menos.
«Mantente firme. Dales algo que recordar».
El lord Legislador descargó un revés contra él. Un dolor lacerante recorrió el cuerpo de Kelsier como si fuera un relámpago. En ese momento, Kelsier avivó el undécimo metal y captó un atisbo de algo nuevo.
El lord Legislador de pie en una sala, ¡no, en una caverna! El lord Legislador metiéndose en un estanque brillante y el mundo girando a su alrededor, las rocas desmoronándose, la estancia retorciéndose, todo cambiando.
La visión se disipó.
Kelsier murió.
Resultó ser un proceso mucho más doloroso de lo que había anticipado. En lugar de un suave desvanecimiento hacia la nada, sintió una horrorosa sensación de rasgado, como si fuese una tela atrapada entre las fauces de dos perros feroces.
Chilló, intentando a la desesperada mantenerse unido. Su voluntad no significaba nada. Fue desgarrado, arrancado y lanzado a un lugar de infinitas brumas revueltas.
Cayó de rodillas, jadeante, dolorido. Ni siquiera estaba seguro de sobre qué estaba arrodillado, ya que por debajo parecía haber solo más bruma. El suelo titilaba como si fuese líquido y era suave al tacto.
Se quedó allí de rodillas, estoico, sintiendo cómo iba desapareciendo poco a poco el dolor. Por fin pudo destensar la mandíbula y gemir.
Estaba vivo. Más o menos.
Consiguió alzar la mirada. La misma densa grisura se removía por todo su alrededor. ¿Era la nada? No, porque podía ver formas en ella, sombras. ¿Colinas? Y en lo alto del cielo, una especie de luz. Un sol diminuto, quizá, como visto a través de espesas nubes grises.
Kelsier respiró varias veces antes de gruñir y ponerse de pie.
—Bueno —proclamó—, eso ha sido horroroso del todo.
Por lo visto, sí que había algo después de la muerte, lo que resultó un descubrimiento agradable. ¿Significaba… significaba que Mare seguía por allí, en alguna parte? Kelsier siempre se había valido de los tópicos, siempre había dicho a los demás que algún día volvería a estar con ella. Pero en el fondo nunca lo había creído, nunca había pensado de verdad…
El fin no era el fin. Kelsier sonrió de nuevo, en esa ocasión emocionado de verdad. Dio una vuelta completa, y mientras inspeccionaba su entorno, la bruma pareció retroceder. No, la sensación fue más como si Kelsier se solidificara, como si entrara por completo en aquel lugar. La retirada de la niebla fue más como si su propia mente estuviera aclarándose.
La bruma se condensó en distintas formas. Las sombras que había confundido con colinas eran edificios, borrosos y formados de cambiante bruma. El suelo bajo sus pies también era bruma, una profunda extensión, como si estuviera sobre la superficie del océano. Era suave al tacto, como la tela, y hasta un poco mullido.
Cerca de él estaba el carro de prisioneros volcado, pero estaba compuesto de bruma. Esa bruma cambiaba y se movía, pero el carro conservaba su forma. Era como si la niebla estuviera atrapada por una fuerza invisible para retener una forma concreta. Lo más chocante era que las rejas del carro brillaban en aquel lado. Complementándolas, aparecieron otros puntitos de luz al rojo blanco a su alrededor, salpicando el paisaje. Pomos de puerta. Pestillos de ventanas. Todo lo que había en el mundo de los vivos tenía su reflejo en aquel lugar y, aunque casi todo era bruma sombría, el metal aparecía como una luz poderosa.
Algunas de aquellas luces se movían. Kelsier frunció el ceño, se acercó a una de ellas y solo entonces cayó en la cuenta de que muchas de las luces correspondían a personas. Las veía como intensos brillos blancos que irradiaban a partir de figuras humanas.
«El metal y las almas son lo mismo», observó. ¿Quién lo habría dicho?
Al empezar a orientarse, comprendió lo que estaba ocurriendo en el mundo de los vivos. Miles de luces se movían, alejándose. La multitud huía de la plaza. Una poderosa luz, con una silueta alta, caminaba a zancadas en otra dirección. El lord Legislador.
Kelsier intentó seguirlo, pero tropezó con algo que había en el suelo. Había una forma brumosa tendida, atravesada por una lanza. El cadáver del propio Kelsier.
Tocarlo fue como recordar una buena experiencia. Los aromas familiares de su juventud. La voz de su madre. El calor del cuerpo de Mare, tendida en una colina junto a él, viendo caer la ceniza.
Esas experiencias se deslieron y parecieron enfriarse. Una luz de entre la masa de gente escapando —era difícil distinguir a los individuos, con todo el mundo iluminado— corrió hacia él. Al principio Kelsier pensó que quizá esa persona hubiera visto su espíritu. Pero no, llegó a toda prisa hasta su cadáver y se arrodilló.
Ahora que la tenía cerca, Kelsier pudo distinguir los detalles de los rasgos de esa persona, tallados en bruma y brillando desde el interior.
—Ay, mi niña —dijo Kelsier—. Lo siento.
Extendió los brazos, acunó la cara de Vin mientras lloraba sobre su cadáver y descubrió que podía sentirla. Resultaba sólida a sus dedos etéreos. Vin no parecía poder sentir su contacto, pero Kelsier captó una visión de ella en el mundo real, con las mejillas surcadas de lágrimas.
Las últimas palabras que le había dicho habían sido duras, ¿verdad? Quizá fuese mejor que Mare y él nunca hubieran tenido niños.
Una figura brillante salió entre la multitud a la fuga y agarró a Vin. ¿Era Ham? Tenía que serlo, con ese perfil. Kelsier se levantó y los vio marcharse. Había puesto en marcha planes para ellos. Quizá lo odiarían por haberlo hecho.
—Has dejado que te mate.
Kelsier se volvió, sorprendido de encontrar a alguien a su lado. No era una figura hecha de niebla, sino un hombre vestido con extraños ropajes: un abrigo fino de lana que le llegaba casi a los pies y, debajo de él, una camisa cerrada con lazos y una especie de falda cónica, sujeta por un cinturón que sostenía también un cuchillo con empuñadura de hueso.
El hombre era bajito, de cabello oscuro y prominente nariz. Al contrario que las demás personas, hechas de luz, aquel hombre parecía normal como Kelsier. Teniendo en cuenta que él estaba muerto, ¿sería el hombre otro espíritu?
—¿Quién eres? —exigió saber Kelsier.
—Ah, creo que ya lo sabes.
El hombre cruzó la mirada con Kelsier, que en sus ojos vio la eternidad. Una eternidad fría y tranquila, la eternidad de las rocas viendo pasar las generaciones, o la de las despreocupadas profundidades que no reparaban en el paso de los días porque, de todos modos, la luz nunca las alcanzaba.
—Vaya, hombre —dijo Kelsier—. ¿De verdad existe un Dios?
—Sí.
Kelsier le atizó un puñetazo.
Fue un golpe limpio y potente, lanzado desde el hombro mientras alzaba el otro brazo para bloquear un posible contraataque. Dox estaría orgulloso.
Dios no lo esquivó. El puñetazo de Kelsier lo alcanzó en toda la cara, encajando con un satisfactorio golpe seco. El golpe tiró a Dios al suelo, aunque cuando alzó la mirada parecía más sorprendido que dolorido.
Kelsier se acercó a él.
—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Existes y permites que pase todo esto? —preguntó, abarcando con un gesto la plaza donde, para su horror, vio luces apagarse. Los inquisidores estaban atacando a la multitud.
—Hago lo que puedo. —La figura caída pareció distorsionarse un momento, con algunas partes expandiéndose como la bruma escapando de su confinamiento—. Hago… hago lo que puedo. Está en marcha, ¿sabes? Yo…
Kelsier retrocedió un paso y puso los ojos como platos cuando Dios se descompuso y luego volvió a cobrar forma.
A su alrededor, otras almas hicieron la transición. Sus cuerpos dejaron de brillar y sus almas llegaron trastabillando a aquella tierra de brumas: tropezando, cayendo, como si las hubieran expulsado de sus cuerpos. Una vez habían llegado, Kelsier las veía en color. El mismo hombre, Dios, aparecía cerca de todas ellas. De pronto hubo más de una docena de versiones de él, todas idénticas, cada una hablando con un muerto.
La versión de Dios que había junto a Kelsier se levantó y se frotó la mandíbula.
—Eso no lo había hecho nadie antes.
—¿Cómo, de verdad? —preguntó Kelsier.
—No. Las almas suelen estar demasiado desorientadas. Pero algunas sí que corren. —Miró a Kelsier.
Kelsier cerró los puños. Dios retrocedió un paso y, para regocijo de Kelsier, llevó la mano al cuchillo de su cinturón.
Bueno, Kelsier no iba a atacarlo, no de nuevo. Pero había escuchado el desafío implícito en sus palabras. ¿Iba a correr? Por supuesto que no. ¿Hacia dónde podía correr?
Cerca de ellos, una desafortunada mujer skaa llegó tropezando a la ultratumba, y luego, casi de inmediato, se descompuso. Su silueta se alargó, transformándose en una neblina blanca de la que algo tiraba hacia un punto lejano y oscuro. O al menos eso parecía, aunque el punto hacia el que se extendía no era un lugar, no del todo. Era el más allá. Una posición que de algún modo se mantenía distante, alejada de él se moviera hacia donde se moviera.
La mujer se estiró y terminó de desvanecerse. Otros espíritus de la plaza la imitaron.
Kelsier se volvió hacia Dios.
—¿Qué está pasando?
—No creerías que esto era el final, ¿verdad? —dijo Dios, recorriendo con un gesto de la mano aquel mundo sombrío—. Esto es el paso intermedio. Posterior a la muerte y anterior a…
—¿Anterior a qué?
—Anterior al Más Allá —dijo Dios—. Al Otro Lugar. Al que deben ir las almas. Al que debe ir la tuya.
—Aún no he ido.
—Los alomantes tardan más, pero terminará ocurriendo. Es el progreso natural de las cosas, como un río que fluye hacia el océano. Yo no estoy aquí para hacer que ocurra, sino para consolaros en vuestra partida. Lo considero una especie de deber que me impone mi cargo. —Se frotó un lado de la cara y lanzó a Kelsier una mirada furiosa que expresaba a las claras lo que opinaba de su saludo.
Cerca, otras dos personas se disiparon hacia sus eternidades. Parecieron aceptarlo, pasar a aquella nada estirada con sonrisas de alivio y bienestar. Kelsier miró aquellas almas que se marchaban.
—Mare —susurró.
—Fue al Más Allá. Como harás tú.
Kelsier miró hacia aquel punto del Más Allá, el lugar hacia el que se veían atraídos todos los muertos. Sintió cómo, tenuemente, empezaba a tirar también de él.
«No. Todavía no».
—Necesitamos un plan.
—¿Un plan? —preguntó Dios.
—Para sacarme de esto. Tal vez necesite que me ayudes.
—No hay forma de salir de esto.
—Menuda actitud más lamentable —dijo Kelsier—. No resolveremos nada si continúas hablando así.
Miró su propio brazo, que lo desconcertó al empezar a desdibujarse, como la tinta en una página que por error se frota antes de secarla. Notó un drenaje.
Empezó a caminar y se obligó a avivar el ritmo. No pensaba quedarse allí plantado mientras la eternidad intentaba absorberlo.
—Es natural no estar convencido —dijo Dios mientras lo alcanzaba—. Muchos sienten ansiedad. Tranquilízate. Aquellos a los que dejas atrás hallarán su propio camino, y tú…
—Sí, sí, estupendo —lo interrumpió Kelsier—. No hay tiempo para lecciones. Dime, ¿alguien ha resistido alguna vez que lo absorba el Más Allá?
—No. —La forma de Dios titiló y se desmadejó de nuevo antes de volver a componerse—. Ya te lo he dicho.
«Vaya —pensó Kelsier—, él también parece a punto de desmoronarse».
En fin, había que usar lo que se tenía a mano.
—Seguro que se te ocurre alguna idea que pueda probar, Borrón.
—¿Cómo me has llamado?
—Borrón. De alguna forma tengo que llamarte.
—Podrías probar con «mi señor» —dijo Borrón, y resopló.
—Sería un mote espantoso para un miembro de mi banda.
—Miembro de…
—Necesito un equipo —dijo Kelsier, sin dejar de recorrer a grandes pasos la versión sombría de Luthadel—. Como puedes ver, mis opciones están limitadas. Preferiría tener a Dox, pero tiene que lidiar con el hombre que afirma ser tú. Además, la iniciación a este equipo mío te va a encantar.
—Pero…
Kelsier se volvió y agarró al otro hombre, más bajo, por los hombros. Los brazos de Kelsier estaban difuminándose más, atraídos como el agua por la corriente de un arroyo invisible.
—Mira —dijo Kelsier sin levantar la voz pero con tono urgente—, has dicho que estás aquí para consolarme. Pues la forma de hacerlo es esta. Si tienes razón, nada de lo que pueda hacer servirá de nada, así que ¿por qué no me concedes el capricho? Déjame vivir una última emoción mientras me enfrento al destino definitivo.
Borrón suspiró.
—Sería mejor que aceptaras lo que sucede.
Kelsier sostuvo la mirada a Borrón. Se le acababa el tiempo: podía sentirse a sí mismo deslizándose hacia el olvido, hacia aquel punto lejano de nada, oscuro e incognoscible. Pero aun así, le sostuvo la mirada. Si aquella criatura se comportaba en lo más mínimo como el ser humano cuya apariencia adoptaba, sostenerle la mirada confiado, sonriente y seguro de sí mismo funcionaría. Borrón cedería.
—Vaya —dijo Borrón—. No solo eres el primero en darme un puñetazo, sino también el primero que intenta reclutarme. Eres un hombre de lo más extraño.
—No conoces a mis amigos. Comparado con ellos, soy normal. Ideas, por favor.
Empezó a recorrer una calle, moviéndose solo por moverse. Había construcciones de viviendas a los dos lados, compuestas de bruma en movimiento. Parecían los fantasmas de edificios. A veces una oleada, un centelleo, se entreveía a través del suelo y de los edificios y hacía que la bruma se retorciera y serpenteara.
—No sé qué esperas que te diga —afirmó Borrón, correteando para mantenerse a la altura de Kelsier—. Los espíritus que llegan a este lugar se ven atraídos hacia el Más Allá.
—Tú no.
—Yo soy un dios.
«Un dios. No “Dios” y punto. Tomo nota».
—Bueno —dijo Kelsier—, ¿y qué parte de ser un dios es la que te hace inmune?
—Todas ellas.
—No puedo evitar la sensación de que no estás aportando mucho a este equipo, Borrón. Venga, échame una mano. Has dicho que los alomantes duran más. ¿Los feruquimistas también?
—Sí.
—Las personas con poder —concluyó Kelsier, señalando las lejanas agujas de Kredik Shaw.
Estaban en la calle por la que se había marchado el lord Legislador, en dirección a su palacio. Aunque el carruaje del lord Legislador ya estaba lejos, Kelsier aún distinguía su alma brillando en algún lugar, por allí arriba. Mucho más refulgente que las demás.
—¿Y qué pasa con él? —preguntó Kelsier—. Dices que todo el mundo debe doblegarse a la muerte, pero a todas luces no es cierto. Él es inmortal.
—Él es un caso especial —dijo Borrón, animándose—. Él tiene formas de no morir de buen principio.
—¿Y si muriera? —insistió Kelsier—. Duraría en este lado incluso más que yo, ¿verdad?
—Ah, ya lo creo —dijo Borrón—. Él Ascendió, aunque fuese solo durante poco tiempo. Blandió el suficiente poder para expandir su alma.
«Entendido. Expandir mi alma».
—Yo… —Dios titubeó mientras su forma se distorsionaba—. Esto… —Agachó la cabeza—. ¿Qué estaba diciendo?
—Me explicabas cómo expandió su alma el lord Legislador.
—Fue una delicia —dijo Dios—. ¡Fue todo un espectáculo! Y ahora está Conservado. Me alegro de que no encontraras una forma de destruirlo. Todos los demás mueren, pero él no. Es maravilloso.
—¿Maravilloso? —A Kelsier le entraron ganas de escupir—. Es un tirano, Borrón.
—Es inmutable —replicó Dios, a la defensiva—. Es un espécimen brillante. Único. No apruebo a lo que se dedica, pero se puede empatizar con el cordero a la vez que se admira al león, ¿verdad?
—¿Por qué no detenerlo? Si no apruebas a lo que se dedica, ¡haz algo al respecto!
—Venga, venga —dijo Dios—. Tampoco nos precipitemos. ¿Qué se conseguiría quitándolo de en medio? En su lugar se alzaría otro líder más transitorio que provocaría más caos y muertes que las que ha causado el lord Legislador. Es mejor que haya estabilidad. Sí. Un líder constante.
Kelsier sintió que se estiraba más. No tardaría en desaparecer. No parecía que su nuevo cuerpo pudiera sudar, porque de haber podido, sin duda ya tendría la frente inundada.
—¿No te gustaría ver a otro hacer lo mismo que él? —preguntó Kelsier—. Expandir su alma, digo.
—Imposible. El poder del Pozo de la Ascensión no estará reunido y listo hasta dentro de más de un año.
—¿Cómo? —dijo Kelsier—. ¿El Pozo de la Ascensión?
Se estrujó los sesos tratando de recordar las cosas que le había explicado Sazed sobre la religión y la fe. Era un tema demasiado amplio, casi abrumador. Kelsier había estado jugando a la rebelión y los tronos, centrándose en la religión solo cuando consideraba que podía convenir para sus planes y durante todo ese tiempo, aquello había estado de fondo, ignorado e inadvertido.
Se sintió como un niño.
Borrón siguió hablando, ajeno al momento de iluminación de Kelsier.
—Pero no, tú no podrías usar el Pozo. He fracasado en mi intento de encerrarlo. Ya sabía que lo haría, porque él es más fuerte. Su esencia se filtra en las formas naturales. Sólido, líquido, ga
