Fiesta

Ernest Hemingway

Fragmento

Prólogo

Prólogo

El 6 de julio de 1918, a dos semanas de cumplir diecinueve años, Ernest Hemingway repartía chocolates, cigarrillos y tarjetas postales a las tropas italianas cuando fue alcanzado por la metralla de un mortero. Dos combatientes murieron a su lado y él fue trasladado a un hospital donde viviría sus momentos más intensos de la Primera Guerra Mundial, al lado de la enfermera Agnes von Kurowsky.

Durante tres semanas, Hemingway participó en la contienda como voluntario, a bordo de una ambulancia de la Cruz Roja. La herida le dejó una sensación ambivalente; se curtió en el fuego sin gran heroísmo de por medio: una víctima pasiva, no un protagonista del coraje. En la posguerra, las cicatrices de una generación se iban a abrir en la conciencia; aquellos cuerpos jóvenes y lastimados buscarían variadas compensaciones al horror que habían dejado atrás. Unos tratarían de borrar su paranoia en el estruendo de la era del jazz, otros se arrepentirían de no haber sido capaces de mayor valentía, otros más añorarían los sobresaltos y la adrenalina de los días de combate.

En lo que toca a Hemingway, la herida en la rodilla lo inquietó como una condecoración inmerecida. Desde muy joven luchó para construir su propio personaje. Son indescifrables las causas que lo llevaron a encumbrarse como el autor más fotografiado de todos los tiempos. Aunque detestaba la publicidad, no siempre daba entrevistas, rechazaba las ofertas de Hollywood y preconizaba la soledad del escritor (tema rector de su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1954), trabajó con denuedo para forjarse una imagen arquetípica: el narrador antiintelectual que pescaba salmones y veía partidos de béisbol. Su biógrafo Michael Reynolds escribe al respecto: «Todo el mundo lo recuerda esquiando en las pistas de Suiza, pero nadie lo imagina leyendo los diecisiete volúmenes de Turguenev, que sabemos que pasaron por sus manos». Hemingway concibió una estrategia protectora que terminó por engullirlo. No quería hablar de literatura ni posar de hombre culto para no convertir su arte en un superficial tema de conversación. Al mismo tiempo, era un hombre hipergregario, incapaz de prescindir del contacto con los otros. Su carisma y su sociabilidad lo situaban en el centro de las reuniones y los actos públicos. ¿Cómo estar ahí sin sacrificar la diversión? En el a veces entrañable y a veces primitivo disfraz que escogió para sí mismo se mezclaban varias causas: el puritano respeto a la creación literaria como hecho solitario y casi sagrado, la inseguridad intelectual por su condición autodidacta (en cualquier actividad, sólo respetaba a los expertos y, curiosamente, jamás sintió que pudiera hablar de libros como de caballos, armas o toros de lidia), el repudio al esnobismo y la palabrería hueca. Para proteger su arte, construyó una imagen opuesta a la del «artista». Esta paradoja explica la fascinación mediática y el recelo de los críticos ante una figura destinada a convertirse en un mito del siglo XX y, en tal medida, a ser valorado como personaje antes que como creador. El icono del escritor simpático y juerguista, accesible a los temas comunes o épicos pero indispuesto a la reflexión intelectual, borraría del mapa al disciplinado artífice que también fue Ernest Hemingway. Cuando era un patriarca de barba blanca y todo el mundo lo llamaba «Papa», el más célebre escritor de la historia se comparaba con los demás en términos deportivos y no vacilaba en proclamarse campeón de la prosa. La periodista Lillian Ross le hizo el dudoso favor de retratarlo en la revista New Yorker como un borracho empedernido que hablaba como indio piel roja y en su delirio egomaníaco pretendía haber noqueado a Flaubert y Maupassant. Generoso y fiel a su código de honor de no corregir las interpretaciones sobre su obra o sobre sí mismo, Hemingway aprobó este devastador retrato.

Volvamos a la posguerra. En 1921, Hemingway llega a París con su esposa Hadley y en las tertulias del Barrio Latino improvisa explicaciones para la metralla alojada en su pierna. Había estado muy poco tiempo en la guerra y demasiado lejos del frente. Las historias de falso honor sobre su herida comienzan a convertirlo en personaje e incuban la trama de Fiesta, el libro que cambiaría su destino en 1926.

En sus primeros años parisinos, Hemingway trabajó como corresponsal del Toronto Star. Es mucho lo que le debe al periodismo en su formación y en su estilo sintético, apoyado en vívidas observaciones. Sin embargo, su superación del realismo en boga no se explica sin otras influencias literarias. Buena parte de sus lecturas parisinas se decidieron en los anaqueles de la librería-biblioteca Shakespeare & Co. Ahí encontró a los clásicos rusos y a Conrad, Proust, Joyce y Eliot. En dilatadas reuniones, dos renovadores extremos del lenguaje ejercieron en él su magisterio, Gertrude Stein y Ezra Pound. Ellos lo impulsaron a llevar cuadernos de «notas sueltas», ideas y frases con las que buscaba adecuar el flujo de su conciencia a su percepción del entorno, es decir, a encontrar datos objetivos que se correspondieran con lo que sentía. Como Chéjov, descubriría que la sensación de tristeza es mayor al describir un charco en el que se refleja la luna que al decir que un personaje está triste.

La estética de Hemingway, donde todo depende de contar bien una historia, se aparta mucho de las novelas sin acción de Stein o la poesía hermética de Pound, pero gracias a ellos adquirió un insólito rigor lingüístico. Además, Stein le impuso un sofisticado código de austeridad: un joven león de las letras debía cortarse el pelo a sí mismo para no gastar en peluqueros, pero también debía saber derrochar en pintura. Poco antes de escribir Fiesta, Hemingway dedicó todos sus ahorros (500 francos) al primer pago de los 3.500 que costaba La granja, de Joan Miró.

En sus cuadernos, el discípulo de Stein y Pound inventaba rápidas formas de observar la realidad. En forma paralela, el periodismo le otorgaba un amplio, extenuante y estricto campo de aplicación. Hemingway cubrió la guerra greco-turca, entrevistó a Mussolini y a Clemenceau, redactó notas de circunstancia sobre los nuevos sombreros o los romances de moda. Su peculiar manera de aproximarse a lo real confirmó la lección wildeana de que la ficción anticipa la verdad. En abril de 1923, Georges Parfrement, máximo jockey de la época, murió al caer de su caballo tal y como Hemingway había escrito en un cuento dos semanas antes.

Decidido a no aceptar ningún tipo de educación formal ni de academia, el joven narrador buscó estímulos en la pesca, la pintura de Cézanne, las peleas de boxeo, los artificios verbales de Joyce, los recuerdos del remoto y rural Oak Park, Illinois, donde nació en 1899. Esta insólita combinación de realidad dura y vanguardia lo llevó desde muy pronto a escribir cuentos de alta originalidad. A los veintisiete años escribe dos clásicos del género, «Cincuenta grandes» y «Los asesinos». Ese mismo año de 1926 publica la novela Fiesta, con el título en inglés de The Sun Also Rises.

Pero lo que hoy parece un triunfo avasallan

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