Los caminos perdidos de África (Trilogía de África 3)

Javier Reverte

Fragmento

1. ALICIA EN ÁFRICA

Regreso de un largo viaje por África, me siento a escribir las primeras páginas de un nuevo libro y el desierto parece aguardarme al otro lado de la puerta, mientras mi corazón quiere volver a los paisajes y las voces que quedaron atrás, como si el alma añorara revolcarse solitaria, otra vez, en el polvo de los caminos africanos. Y mi yo parece desintegrarse igual que en los días de Wadi Halfa, aquel atardecer en que, subido en una loma, contemplaba el Nilo deslizar su lengua desde Sudán a Egipto: un violento hachazo azul que hería los arenales amarillos de las tierras de Nubia. Sentí que no era nadie. Porque el desierto te disuelve, deshace tu identidad, te sumerge en el vacío sideral de territorios sin apariencia de vida y carentes de alegría, y allí sientes que eres poco más que un humilde grano de arena o un pedrusco sin aliento. Y quizá por ello, aquel día volví el cuerpo hacia una pared de roca enrojecida por el sol bravo y fotografié mi sombra sobre la piedra. «Cruzo un desierto y su secreta desolación sin nombre —escribió el poeta José Ángel Valente—. El corazón tiene la sequedad de la piedra y los estallidos nocturnos de su materia o de su nada.»

Sí, el viento aúlla ahora al otro lado de mi puerta, como golpeaba las paredes de uralita del galpón donde dormía en Wadi Halfa. Grita de nuevo la lechuza en la hora de su gloria y ladra su rencor el chacal solitario. Y creo oler el polvo seco de los senderos recorridos. Y otra vez me veo en la cubierta del cochambroso transbordador que cruzaba el lago Tana, bailando junto a los pasajeros que se ríen de mi torpeza. Y el suelo, bajo la confortable silla de mi despacho, parece moverse y me agita como en los destartalados camiones, atestados de gente, mercancías y animales, donde mi cuerpo sudaba junto a otros cuerpos de hombres y mujeres desconocidos, marchando hacia la frontera de Etiopía con Sudán. Y oigo las voces de los amigos que hice. Y las invisibles montañas de la noche arrojan vaharadas de aire fresco y dulce sobre mis hombros. Y un océano de estrellas corona mi cabeza como si yo fuera de pronto un héroe de antaño perdido en tierras de desolación.

Si me esforzara, podría quizá ver las cucarachas y los ratones, iluminados mezquinamente por la luz de una vela, moviéndose a los pies de mi camastro en la humilde pensión de Metema. Humean ante mi mirada las cataratas de Tis Isat y escucho luego las voces de los niños de Qunzla, que me siguen por decenas desde el puerto a la taberna y corean mi nombre dando palmas: «¡Martin, Martin, Martin!». Vuelve a mi boca el sabor ácido del injera que tomé en el mercado de Addis Abeba y que me desató una colitis de mil demonios. Mis ojos lloran, escocidos por el líquido desinfectante con que un empleado ha fumigado el interior del autobús que viaja, de Bahr Dar hacia Guba, en busca de las riberas del Nilo Azul. Otra vez estoy en el camino, tomando notas en pequeños cuadernos de hojas cuadriculadas. Cantan los muhecines de Jartum y, bajo el puente que cruza hacia Omdurman, el Nilo Azul se traga al Blanco y, fundidos en un solo río, descienden hacia el norte. Y el desierto de Nubia se tiende ahora delante de mí bajo un sol felino que araña sus arenas cobrizas. Una vez más me llamo Martin, mi nombre de viaje, y no soy nadie mientras me río de mí mismo al verme subido en la caja de una camioneta, entre Abri y Wadi Halfa, azotado por el aire cargado de chinarros invisibles, envuelto el rostro y la cabeza por un turbante que debería protegerme del polvo del desierto, y compartiendo con una cabra, que viaja a mi lado con las patas atadas, un menú de gruesas cebolletas que sin pudor robamos al dueño del vehículo.

Soy de nuevo ese pájaro libre sin identidad precisa que es cualquier viajero, alguien que se asombra ante todo cuanto acontece a su alrededor. Ahora es turquesa y manso el Nilo cuando lame las orillas ocres y grises de la isla de Elefantina y es pardo más tarde, la mañana en que viajo junto a su curso en un tren que me lleva hasta al-Qahira: El Cairo, la Ciudad Victoriosa. Y la urbe bulle y me abraza como a un huérfano adoptado con ternura por una hembra cálida. Y no deseo volver a mi patria y quiero seguir siendo nadie, llamarme Martin el resto de mis días y regresar a las tierras recorridas meses atrás, como quien rebobina una película varias veces vista y siempre nueva.

Así lo siento en este instante, al iniciar el libro y recuperar el sabor del viaje, mientras las imágenes del camino se agolpan en desorden en mi memoria y piden saltar al papel. Porque viajar y escribir son en cierto modo una misma cosa: estar solo y vivir libre, no deberte a nadie salvo a tu suerte y a tu coraje, intentar vanamente trazar en el vacío una pincelada de eternidad, echarte la melancolía a la espalda y no saber muy bien quién eres.

«Me llamo Nadie», gritó Ulises al cíclope Polifemo. El suyo fue el primer gran aullido de la literatura. Quien no haya sentido alguna vez ese estallido del no-ser en el alma ni es viajero ni es escritor.

Después de publicar dos libros sobre mis viajes por África, pensé en hacer uno más que completase una suerte de trilogía, y en el invierno del año 2000 tomé la mochila y me puse en marcha. No es mal pretexto, en ningún caso, pensar en escribir un libro con tal de regresar a África.

Mi plan era llegar al lago Tana, en el corazón de Etiopía, y viajar siguiendo el curso del Nilo Azul hasta Jartum, donde el Nilo Blanco, viniendo desde Uganda, se une a su hermano para formar el Gran Nilo rumbo al Mediterráneo. Pretendía alcanzar El Cairo, desde el Tana, sin tomar un solo avión y utilizar únicamente trenes, autobuses, camiones y barcos en los tramos navegables del río. Por supuesto que no tenía intención alguna de hacer rafting, ya que no practico ningún deporte que se escriba en gerundio inglés salvo drinking. La intención final era escribir a la vuelta un libro para hablar de tres países que, en cierto modo, son tres empresas históricas perdidas: Etiopía, por su aislamiento de siglos; Sudán, por el satanismo que pesa sobre sus hombros, y Egipto, por su sueño siempre fracasado de convertirse en un imperio. Pensaba en el Nilo como una suerte de hilo conductor, y porque este río es esencial en la vida y en la historia de los tres países.

Pero los planes siempre se truncan en África —así me ha sucedido una vez tras otra— y a la postre no eres tú quien decides el libro que vas a hacer, sino que es África quien te dicta el libro que debes escribir. «Guardar el camino principal es fácil —dice un proverbio chino—, pero a la gente le gusta desviarse.» Así que, con un plan en la cabeza, ya sabía de antemano que todo sería diferente a cómo lo había previsto. Por culpa de África y por mi propia culpa. Y también por culpa de un cantamañanas de quien hablaré más adelante. Pese a ello, que todo resulte al fin distinto a cómo lo imaginaste es la salsa de los viajes y de la escritura. Y al fin, incluso tengo que estarle agradecido al susodicho cantamañanas el haber andado dando tumbos durante más de quince días por los fatigosos caminos perdidos de África que casi nunca pisan los viajeros occidentales. Viajar no es programar una ruta y seguirla a rajatabla, ni tampoco la aventura supone jugarte el pellejo en lugares donde asoma el peligro. La aventura de viajar es algo casi sensorial y, sobre todo, consiste en ser capaz de vivir como un evento extraordinario la vida cotidiana de otras gentes en parajes lejanos a tu hogar.

Me gustaría que este libro que inicio tuviera una cierta unidad con los dos anteriores que publiqué sobre África. Pero al mismo tiempo quisiera también que, en su hondura, fuese distinto de los otros. Escribí El sueño de África y Vagabundo en África dotándolo

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