Romances de escritores

Daniel Balmaceda

Fragmento

Romances de escritores

PRÓLOGO

Muchas veces en conversaciones entre escritores surge el debate acerca de cuál es el momento ideal para escribir. Están aquellos a los que les gusta hacerlo por la mañana —como Leopoldo Lugones, encerrado en el escritorio de su casa—, los que prefieren arrancar después de almorzar, los que eligen la tardecita y los que sólo pueden producir de noche. También hay distintos gustos respecto del ambiente. En casa de Paul Groussac no podía volar ni una mosca cuando estaba escribiendo y su familia debía andar casi en puntas de pie. Del otro lado, Ernesto Sabato escribió buena parte de Sobre héroes y tumbas en una mesa junto a la ventana del Bar Británico, ubicado frente al Parque Lezama. La última niebla, de María Luisa Bombal, fue tomando forma en la cocina de un departamento que alquilaba Pablo Neruda.

A las cuestiones horarias y ambientales hay que sumarle el componente anímico. El buen talante o el mal humor influyen en los escritores. A veces, el dolor funciona como incentivo. En una carta a su hermana, Roberto Arlt le dijo: “Soy el mejor escritor de mi generación y el más desgraciado. Quizá por eso seré el mejor escritor”. Otro caso: una situación traumática que vivió Jorge Luis Borges se plasmó en un cuento que él consideró como uno de los mejores de su creación.

Por lo tanto, los romances, las aventuras, las desdichas, los encuentros y los desencuentros de los escritores han nutrido al mundo de las letras con poesía, cuentos y novelas. Detrás de El Principito, El Aleph, La amortajada, Los pasajeros del jardín o tantos otros hay una historia de amor o desamor que movió los hilos de cada autor hacia insospechables rincones del universo creativo. Muchos de estos romances inspiradores se convirtieron en textos que hoy llenan bibliotecas.

Lugones, Arlt, Quiroga, Alfonsina, Borges, Bioy, Victoria, Saint-Exupéry, Neruda, Silvina Ocampo, Macedonio Fernández, María Luisa Bombal, Silvina Bullrich y Octavio Paz son algunos de los setenta escritores cuyas pasiones a veces desbordadas han decantado en obras de peso.

Muchas personalidades locales de la literatura se entremezclan en estas páginas con figuras extranjeras, cuyos romances tuvieron lugar en nuestro país, como el caso de Saint-Exupéry, o lejos de nuestra tierra pero involucrando a algún compatriota, como ocurrió con Neruda y Delia del Carril.

El libro reúne a distintas generaciones de escritores, pero todos entrelazados. Sus romances turbulentos se cruzan hasta formar un laberinto de callejones sin salida y espirales interminables. Lugones conoció a Quiroga y lo llevó a Misiones, donde años más tarde nacería su primogénita Eglé Quiroga. Alfonsina y Salvadora Onrubia llegaron como madres solteras a Buenos Aires. Luego de un romance con Alfonsina, Quiroga se enamoró de una compañera de estudios de Eglé. Por su parte, Güiraldes presentó a Victoria Ocampo y Borges, quien a su vez presentó a Norah Lange y Oliverio Girondo, quienes a su vez reunieron a María Luisa Bombal con el pintor Jorge Larco, quien le prometió un cuadro a Borges cuando se casó por primera vez. Bioy Casares, amigo de Borges, tuvo un largo romance con la mujer de Octavio Paz. El secretario de Güiraldes, Roberto Arlt, terminó casándose con la mujer que cortejaba el padre de María Kodama, la segunda mujer de Borges. El marido de Salvadora Onrubia tuvo una affaire con la mujer de David Siqueiros, la que a su vez se relacionó con Neruda, quien se casó con la cuñada de Güiraldes.

Pero además, este libro es un homenaje a los grandes biógrafos de nuestros escritores, entre quienes sobresalen los magníficos relatos de María Esther Vázquez, Cristina Mucci, Álvaro Abós y Oscar Hermes Villordo. Es un placer leerlos y releerlos.

La pasión encendió las almas del poeta, del cuentista, del novelista, del dramaturgo. Ése es el combustible de la producción literaria y se ha despertado nuestro deseo de conocerlo en sus múltiples versiones. Por eso, más que un viaje al pasado, esta vez el recorrido nos llevará directo al corazón de muchos escritores que supieron canalizar sus sentimientos y darles forma de libro.

Romances de escritores

LEOPOLDO LUGONES Y JUANA GONZÁLEZ
La dueña del piano

A fines del siglo XIX, en la ciudad de Córdoba, hubo un conservatorio al que acudían las principales niñas del vecindario para aprender solfeo, canto, piano o violín. Del nutrido grupo de concertistas nos interesan apenas dos: Juana y Mercedes. Juanita González se había iniciado como violinista mientras que su amiga Mercedes Bengtown había optado por el piano. Por su amistad, podrían haberse complementado en un dúo que hubiera hecho las delicias de las tertulias familiares.

Sin embargo, Juanita comenzó a interesarse en el piano a partir del placer que le provocaba la ejecución de su amiga, Mercedes Bengtown (en Córdoba todos pronunciaban su nombre “Mercedes Benzo”; lo que, a nuestros ojos, la convierte más en un auto que en una señorita). Juana convenció a su padre, Esteban González, de que le permitiera reemplazar las lecciones de violín en el conservatorio por clases de piano. Con mucho gusto, don Esteban aprobó el cambio e incorporó un majestuoso piano de cola al mobiliario de su casa, en la calle Santa Rosa.

La historia continúa con los dos hermanos de Juanita —Juan y Nicolás— quienes, muy lejos de entretenerse con los instrumentos musicales y los pentagramas, preferían vagabundear y dedicarse con esmero a las fechorías junto con los frecuentes amigos de la cuadra, entre quienes figuraba Leopoldo Lugones, reconocible por la extravagancia de su melena, más un vistoso chaleco blanco y un quitasol —es decir, una sombrilla del tamaño de un paraguas— negro que lo acompañaba a todas partes.

En 1893, una tarde en la que los astros se pusieron de acuerdo, los hermanos González invitaron a Leopoldo (19 años) a su casa. En el salón se encontraban Juanita y Mercedes, quien pidió permiso y se sentó en la banqueta. Mercedes “Benzo” arrancó con “Claro de luna” de Beethoven, el clásico de los estudiantes de piano, y no frenó hasta el último mi mayor. Hacia el final de la interpretación, Leopoldo Lugones estaba enamorado por partida doble: de la música clásica y de Juanita González, la dueña del piano. Ella, por su parte, quedó encantada con el joven poeta.

El noviazgo se cocinó a f

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