Historias de la Belle Époque argentina

Daniel Balmaceda

Fragmento

Historias de la Belle Époque argentina

INTRODUCCIÓN

Transcurren los alocados años 20 en París. El escritor Gil Pender pasea con una amiga, a quien le regala un par de aros y la besa en la calle. En ese instante aparece un elegante carruaje. Ambos suben sin dudarlo y el viaje los deposita en otra zona parisina, pero, más que nada, en un tiempo distinto: en la Belle Époque, el período que la amiga del escritor —Adriana— considera como el mejor de todos. Juntos entran al Moulin Rouge y comparten mesa con Toulouse-Lautrec, Paul Gauguin y Edgar Degas.

Muchos recordarán esta secuencia de la película de Woody Allen Medianoche en París, que narra los paseos por el tiempo de un autor del siglo XXI. El nudo de toda la trama comienza a desatarse cuando Adriana le pregunta a los grandes maestros cuál fue, para ellos, la mejor época del mundo. “¡El Renacimiento!”, responden convencidos los artistas. Así, tenemos a un escritor contemporáneo que admira los locos años 20; a una mujer de los 20 que sueña con la Belle Époque y a tres artistas de ese período que eligen sin dudar el Renacimiento. En pocas palabras, para cada uno de los personajes todo tiempo pasado fue mejor. O, dicho de otra manera, todo tiempo actual siempre es peor.

Sobre gustos hay demasiado escrito. Y es así porque cada cual escribe según su gusto. A mí me encanta esta época —que los invito a recorrer— por lo que significó para el desarrollo de las sociedades. En este libro nos toca transitar la Belle Époque argentina, espléndidos años plagados de matices. En términos generales se conoce con este nombre al período comprendido entre 1871 y 1914, es decir, desde el final de la guerra franco-prusiana hasta la Primera Guerra Mundial.

Los rótulos en la historia no suelen ser contemporáneos con los hechos. En este caso, “Belle Époque” no se usó sino varios años después, cuando se evocaba con nostalgia la maravillosa pausa entre dos cruentas guerras. Y si bien no debemos soslayar una larga docena de enfrentamientos que tuvieron lugar en la temporada que transitamos, debe admitirse que ninguno de los conflictos tuvo la magnitud de los dos que marcan los límites temporales de la época por la que transcurre este libro.

El ritmo lo marcó Europa o, más precisamente, la prosperidad europea, que luego se trasladó a muchos otros países del mundo. Trazando un paralelo, cuando terminaba la guerra franco-prusiana en mayo de 1871, la Argentina era gobernada por Sarmiento, Urquiza había sido asesinado en el año previo y en Buenos Aires comenzaban a disminuir los casos de fiebre amarilla, la peste más mortífera que afectó a la población en el siglo XIX. Ese será nuestro punto de partida.

El mundo vivió sus años dorados, optimistas, con clima festivo, lujoso refinamiento, el mejor estado de ánimo, bonanza, bienestar general, progreso y enorme confianza en el porvenir. Fue una época marcada por la producción y el consumo.

De todas maneras, durante los cuarenta años de matices no todos lo pasaron bien. La desigualdad social derivó en una notable brecha de clases. Y entre los grupos peor castigados por la realidad económica surgió el anarquismo, a través de cuyas líneas más exaltadas y violentas se llevaron adelante los atentados resonantes del período. De los tres presidentes atacados —Roca, Quintana y Figueroa Alcorta—, los últimos dos provinieron de anarquistas, mientras que Roca fue golpeado con una piedra por un joven con desequilibrio mental. Ninguno de los tres ataques llegó a consumarse y convertirse en magnicidio. En cambio, el que sufrió en 1909 el jefe de Policía Ramón L. Falcón le costó la vida a él y a su secretario. Otro atentado anarquista resonante fue la bomba lanzada a la platea del Teatro Colón en plena función, en 1910.

Queda claro que Belle Époque y tiempos de paz no son expresiones sinónimas. En todo caso, y a favor de las diferencias, se gestó la conciencia política y partidaria de la población que alzó las banderas del socialismo y del liberalismo. Fueron años en los que la mujer levantó la mano para tratar de ubicarse a la par del hombre en la política, las profesiones, los oficios, los deberes y los derechos.

La Belle Époque también se hizo presente en la arquitectura, con la construcción de palacios y palacetes magníficos; en la música, cuando el tango se puso de pie; en la moda, con los sombreros gigantes de las damas, las galeras de los caballeros, los mostachos y las casas de alta costura; la gastronomía, con la aparición de los restaurantes, los chefs y los menús escritos en francés; la tecnología para mejorar la calidad de vida de las personas y los avances científicos, encaminados hacia el mismo fin. Llegó la electricidad, se estiró la noche y se alargaron los tiempos. Se instauró el ocio, se multiplicó la oferta del entretenimiento, nació el cine, aparecieron los parques para los paseos y las diversiones, se generalizaron los deportes (la autonomía que ofrecía el ciclismo fue determinante), los viajes y el turismo.

El mundo se achicó por la revolución del transporte y las comunicaciones. Los mensajes y las personas llegaban con mayor prontitud a sus destinos. No solo se consolidó el tren sino que aparecieron las mencionadas bicicletas, los automóviles, las motos, los ómnibus, los aviones, los grandes vapores y el tren subterráneo (el “subte”).

La Argentina supo aprovechar el viento de cola de los bellos tiempos. En esos años floreció la inmigración como nunca antes ni después. También, y esto no es una buena noticia, los conventillos se abarrotaron. Por su parte, los diarios del 1900, de verdadero tamaño sábana, tenían un promedio de cuatro páginas de ofertas de trabajo. Esa era la pujante Argentina que quería presentarse en sociedad ante el mundo en 1910, durante el Centenario de la Revolución de Mayo. Lejos estaban de saber, nuestro país y el mundo, que se acercaba el final de los años dorados.

Para llevar adelante la tarea he acudido a periódicos, semanarios, revistas (que justamente llegaron a los kioscos en esos años; citamos Caras y Caretas, PBT y El Hogar, entre otras), memorias y diarios personales —se suman textos inéditos—, cartas y también algunos documentos, como la curiosa acta de matrimonio de Jorge Newbery.

Confío que será entretenido revisar las reglas de tránsito de 1905, la amenaza del cometa Halley y el fin del mundo en 1910, el fotógrafo ofendido de 1907, el caso cero de fiebre amarilla de 1890, las confusiones provocadas por los telegramas en clave, la inconfundible relevancia del rodete, el uso constante de los balcones, el problema con el tango endiablado, el primer llamado telefónico, también el primero que se atendió y era “equivocado”, las fiestas, los bailes, los casamientos, los regalos a los novios, el caso del ciclista temerario, la llegada de los primeros aviones, el auge de los autos eléctricos en 1903 y el vuelco del coche presidencial en 1876.

No alcanzó un único capítulo para hablar de tantos apodos de aquellos tiempos. Ellas: Potota, Copeta, Bicha, Chichina, Peracha, Pepoca

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