Prohibido el elefante

Gustavo Roldán

Fragmento

Las cosas andaban mal en el monte. Muchos animales miraban para arriba o silbaban haciéndose los distraídos cuando se cruzaban con otros.

Y también comenzaron los rumores.

Los de aquí decían esto y lo otro de los de allá.

Los de allá decían lo otro y esto de los de aquí.

Y casi todos estaban peleados con casi todos.

—Y, sí —decía el tapir—, mire lo que anda diciendo el quirquincho, que el elefante es un bicho así

y del tamaño de un ratón. Esas son ideas del sapo, son ideas foráneas, contrarias al sentir nacional.

—Y, sí —decía el ñandú—, mire lo que anda diciendo el oso hormiguero, que el elefante es un bicho así

y del tamaño de un caballo. Esas son ideas de la lechuza. Son ideas contrarias a nuestra legítima tradición.

Y el coatí que decía esto de la iguana.

Y el tatú que decía aquello del mono.

Y el zorro que decía lo de más allá de la tortuga.

Y nadie estaba contento.

Nadie. Y menos todavía la pulga, que había vivido en un circo y conocía un montón de elefantes.

Pero ya se sabe, a las pulgas nadie les hace caso.

—Bueno bueno —dijo el jaguar, que estaba convencido de que el elefante era del tamaño de un ratón—, vamos a terminar con esta discusión.

El puma, que opinaba que el elefante era un bicho cogotudo y de patas largas, dijo:

—Sí sí, hay que poner un poco de orden. Hagamos unas elecciones y listo.

—Eso eso —dijo el jaguar—. Y no perdamos más tiempo.

Y cada cual se fue por su lado a organizar las elecciones.

Nombraron a sus representantes, formaron un colegio electoral, dictaron las leyes de propaganda y arreglaron todos los problemas legales.

Claro que eso se parecía muy poco a unas elecciones, porque en esa época los que mandaban eran el jaguar y el puma. A veces discutían entre ellos, y entonces los animales tenían libertad para elegir.

Podían elegir lo que opinaba el jaguar.

O podían elegir lo que opinaba el puma. Lo único que no podían era pensar otra cosa, porque, como decía la vizcacha, ¿para qué querían pensar si era más cómodo obedecer?

Y muchos estaban de acuerdo. Les gustaba estar de acuerdo con el jaguar o con el puma. Eso tenía sus ventajas.

Y se largó la campaña.

Los carteles del

jaguar decían:

Los carteles del

puma decían:

La pulga también quiso poner carteles; pero las leyes se lo prohibían, porque prohibían opinar a todo aquel cuyo nombre empezara con pul.

—Es una ley injusta —dijo la pulga.

—¿Injusta? ¿por qué? Nos toca a todos por igual —dijo la vizcacha—. Cualquiera podría tener un nombre que emp

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