Misterio en el internado (La diversión de Martina 5)

Martina D' Antiochia

Fragmento

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Vale. Mejor explico POR QUÉ nos han mandado a un internado, aunque ya aviso de que es POR UNA RAZÓN ABSOLUTA Y TOTALMENTE INJUSTA.

Bueno, es un decir. Sí que hicimos algo que, ahora que lo pienso, es MALO. Pero no lo hicimos con MALA INTENCIÓN, y eso es lo que cuenta, ¿no?

A ver, ocurrió hace un par de semanas. Estábamos en clase, en nuestro colegio de siempre. Era la hora de historia y el profe nos estaba explicando algo aburridííísimo. Tan aburrido que, en realidad, ya ni me acuerdo. Total, que ¿qué teníamos que hacer en esa situación? Pues tratar de entretenernos como podíamos. Yo, como siempre, estaba sentada rodeada de mis amigos y me acordé de un vídeo supergracioso que había visto en YouTube, así que saqué el móvil.

Esa fue la mala idea número uno, porque en el colegio teníamos prohibido usar el teléfono en clase, pero era eso o quedarme dormida, que creo que tampoco es que a los profes les guste mucho que nos durmamos en sus clases. En fin, saqué el teléfono y me lo puse sobre las piernas por si el profesor se daba la vuelta. Y les hice una seña a mis amigos, a Sofía, que estaba a mi derecha, a Hugo, que se sentaba a mi izquierda, y a Nico, que estaba detrás, para que se inclinaran hacia mí a ver el vídeo.

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El problema es que a medio vídeo (que ya he dicho que era SUPERGRACIOSO, ¿no?) Nico se echó a reír. El profesor se giró, con cara de mucha sospecha, pero solo un momento, porque luego siguió escribiendo en la pizarra. Y Nico se rio otra vez. Entonces el profesor se volvió hacia nosotros ya con cara de más mosqueado. Me puse MUY NERVIOSA. Por segunda vez, el profesor se giró hacia la pizarra y pensé que era mi oportunidad para guardar el teléfono, porque si me pillaban con él me ganaría un castigo.

Y tenía tantas ganas de esconderlo que, al ir a meterlo dentro de la mochila, que tenía colgada en el respaldo de la silla, EL TELÉFONO ME RESBALÓ DE LAS MANOS Y SALIÓ DISPARADO HACIA ATRÁS.

ENTONCES NICO INTENTÓ PESCARLO AL VUELO.

PERO A NICO TAMBIÉN SE LE ESCURRIÓ.

Y ESE MÓVIL SALTARÍN FUE A PARAR A LAS MANOS DE HUGO, PERO EL PROFESOR SE DIO LA VUELTA POR TERCERA VEZ Y, DEL SUSTO, HUGO LANZÓ EL TELÉFONO AL AIRE; PASÓ POR ENCIMA DE MI CABEZA... YO YA NO SABÍA SI REÍR O LLORAR ANTE ESA SITUACIÓN TAN SURREALISTA: ¿ES QUE NADIE ERA CAPAZ DE ATRAPAR EL DICHOSO MÓVIL? UN DICHOSO MÓVIL QUE REBOTÓ EN LA FRENTE DE SOFÍA Y ENTONCES...

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Se estrelló contra la ventana que quedaba justo al lado de mi amiga, que se rompió en mil pedazos.

A Sofía le salió un chichón en medio de la frente, allí donde le había rebotado el teléfono.

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Acabamos todos en el despacho del director de la escuela, que nos pegó una bronca de espanto.

Luego, llamaron a nuestros padres. ¡Chivatos!

Ese día, cuando regresé a mi casa, mi padre ya me estaba esperando en la puerta con esa cara... Esa cara que ponen los padres cuando van a regañarte muchísimo. Y me echó UNA BRONCA terrible, por lo menos estuvo una hora gritándome, y encima me castigó toda una semana sin salir, sin móvil, sin ver la televisión... sin nada. ¡Por romper una ventana! ¡Por accidente!

Aunque hubiera preferido el castigo a lo que vino después, la verdad.

Al día siguiente nuestros padres fueron a la escuela para reunirse con el director y con los profesores. Todavía no sabemos qué fue mal; comenzaron a decir que estábamos fuera de control, que necesitábamos aprender un poco de disciplina. ¡DISCIPLINA! Desde luego, nosotros intentamos protestar. Incluso nos ofrecimos a pagar el cristal de la ventana con nuestro dinero (no tenemos ni un euro, por supuesto, pero lo dijimos igualmente a ver si colaba), pero no sirvió de nada.

Después de esa charla con los profesores y el director de la escuela, nuestros padres tomaron una decisión drástica: mandarnos a un internado por lo que quedaba de curso.

Apenas tuvimos tres días para preparar las maletas y despedirnos de nuestros compañeros de colegio y amigos. Además, como siempre, los padres de Sofía se han empeñado en que Lucía vaya con ella para vigilarla y, aunque ella se ha negado EN REDONDO, al final ha tenido que pringar e ir con nosotros.

Y así nos han metido en ese minibús apestoso rumbo al medio de la nada. ¿A que lo del castillo ya no parece tan divertido?

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El castillo se iba haciendo más y más grande y yo me sentía cada vez más y más pequeña. No sabía qué iba a ocurrir a partir de entonces, si sería todo tan horrible como lo imaginaba.

Nico: Chicos, ¿sabéis que hay un vídeo en YouTube sobre el castillo?

Al escucharlo, todos nos hemos vuelto hacia donde estaba. Nico había encontrado un asiento sin goteras y tenía el móvil en las manos.

Lucía: ¿Y de qué va el vídeo? Se ve todo borroso...

Nico: Es que como estamos en medio de la nada, casi no hay cobertura... pero ¡en el vídeo dice que el castillo está encantado!

Nada más oírle, Lucía ha dejado escapar un chillido.

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Lucía: ¡¿Cómo que encantado?!

Sofía: ¡Qué bien, Lucía! ¡Con lo que a ti te gustan los fantasmas!

Eso a Lucía no le ha sentado nada bien, porque le ha sacado la lengua, enfadada.

Lucía: ¡No me gustan! ¡Me dan mucho miedo! Seguro que ese vídeo que miras es de mentira, Nico...

Nico: Pues no sé, sale un tipo que se llama Iker Rodríguez que dice que es un cazador de fantasmas experto...

Nico nos ha enseñado la pantalla del móvil a todos, pero la imagen se veía fatal y se paraba a cada momento. Casi ha sido un alivio no poder verlo bien porque ya estaba bastante triste con la idea de pasar meses alejada de mi casa, así que lo último que necesitaba era que el internado estuviera embrujado.

Un par de minutos después el conductor del minibús ha frenado tan bruscamente que casi nos hemos caído de nuestros asientos.

Conductor horrible del minibús horrible: ¡Vamos, vamos! ¡Ya hemos llegado! ¡Fuera de aquí, mocosos!

Ninguno de nosotros tenía ganas de quedarse en ese minibús asqueroso, pero tampoco queríamos mojarnos y, además, ¡no parecía que hubiera nadie esperándonos! Aunque, ¿qué opciones teníamos? Yo he sido la primera en levantarme, y mis amigos me han imitado. Mientras nos miraba con cara de malas pulgas, el conductor ha apretado un botón para abrir el maletero del minibús, pero no se ha levantado de su asiento.

Yo: ¿No nos va a ayudar a sacar las maletas?

Ni siquiera me ha respondido. ¡Qué antipático! Es decir, no ha sido NINGUNA SORPRESA, pero me ha parecido antipático i

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