Gregor 1. Las tierras bajas

Suzanne Collins

Fragmento

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1

Gregor llevaba tanto tiempo con la cabeza apoyada en la malla del mosquitero que notaba como si tuviera impresa en la frente una multitud de cuadritos. Se tocó los bultitos con los dedos y resistió el impulso de dejar escapar el grito primitivo del hombre de las cavernas. En su pecho crecía por momentos ese largo aullido gutural reservado para las auténticas emergencias, tales como toparse desarmado con un tigre furioso, o que se apagara el fuego en plena Edad del Hielo. Llegó incluso a abrir la boca para respirar hondo, pero se contentó con golpear la cabeza contra el mosquitero con un débil quejido de frustración. «Agghh.»

¿De qué servía gritar? No cambiaría nada. Ni el calor, ni el aburrimiento, ni el interminable verano que se extendía ante él.

Pensó en despertar a Boots, su hermanita de dos años, solo para distraerse un poco, pero la dejó dormir. Por lo menos ella estaba fresquita en la habitación con aire acondicionado que compartía con Lizzie, su hermana de siete años, y con su abuela. Era la única habitación con aire acondicionado del apartamento. En las noches más calurosas, Gregor y su madre extendían colchas en el suelo para dormir, pero con cinco personas en la habitación, la temperatura ya no era fresca, sino solo tibia.

Gregor sacó un cubito de hielo del congelador y se lo pasó por la cara. Miró al patio, y vio un perro vagabundo olisqueando un cubo de basura lleno hasta rebosar. El animal apoyó las patas en el borde y volcó el contenedor, esparciendo la basura por toda la acera. Gregor tuvo entonces tiempo de ver dos sombras que se alejaban corriendo a toda velocidad junto a la pared, e hizo una mueca. Ratas. Nunca terminaba de acostumbrarse a ellas.

Exceptuando las ratas, el patio estaba desierto. Normalmente se encontraba lleno de niños jugando a la pelota, saltando a la cuerda, o columpiándose. Pero por la mañana había pasado el autobús del campamento, llevándose con él a todos los niños con edades comprendidas entre los cuatro y los catorce años. Todos menos uno.

—Lo siento, cariño, pero no puedes ir —le había dicho su madre hacía unas semanas. Y era cierto que lo sentía, Gregor lo había visto en la expresión de su rostro—. Alguien tiene que cuidar de Boots mientras yo estoy trabajando, y los dos sabemos que tu abuela ya no puede hacerlo.

Claro que lo sabía. Durante aquel último año, su abuela había estado entrando y saliendo de la realidad. En un momento estaba tan lúcida como una persona joven y, de repente, se ponía a llamarlo Simon. ¿Quién era ese Simon? Gregor no tenía ni la menor idea. Hace algunos años todo habría sido diferente. Por aquel entonces su madre solo trabajaba media jornada, y su padre, que era profesor de Ciencias en un instituto, estaba de vacaciones todo el verano. Él se habría ocupado de Boots. Pero desde que su padre había desaparecido una noche, el papel de Gregor en la familia había cambiado. Era el mayor, por lo que habían recaído sobre él muchas responsabilidades. Cuidar de sus hermanas pequeñas era una de ellas.

De modo que Gregor se había limitado a contestar: «No pasa nada, mamá, de todas maneras, el campamento es para niños pequeños». Se había encogido de hombros para hacer ver que, a sus once años, el campamento ya no le interesaba nada. Pero solo había conseguido que su madre se entristeciera más.

«¿Quieres que se quede Lizzie en casa contigo? ¿Para que te haga un poco de compañía?», le había preguntado.

Al oír esto, una expresión de pánico había cruzado el semblante de Lizzie. Probablemente se habría echado a llorar si Gregor no hubiera rechazado la idea. «No, deja que se vaya. Será divertido quedarme con Boots.»

De modo que ahí estaba. No era divertido. No era divertido pasarse todo el verano encerrado con una niña de dos años y una abuela que pensaba que era alguien llamado...

—¡Simon! —oyó a su abuela llamar desde el dormitorio. Gregor sacudió la cabeza, pero no pudo reprimir una sonrisa.

—¡Ya voy, abuela! —contestó, metiéndose en la boca lo que quedaba del cubito de hielo.

Un resplandor dorado invadía la habitación mientras los rayos del sol pugnaban por abrirse paso a través de las persianas. Su abuela estaba tumbada en la cama, cubierta con una fina colcha de retales de algodón. Cada retal provenía de algún vestido que la abuela se había ido haciendo a lo largo de los años. En sus momentos de mayor lucidez, repasaba los retales con Gregor.

—Este de lunarcitos lo llevé en la graduación de mi prima Lucy, cuando yo tenía once años; este amarillo limón era de un vestido de fiesta, y este blanco es de mi vestido de novia, no te miento.

Este, sin embargo, no era un momento de lucidez.

—Simon —dijo, y su rostro mostró una expresión de alivio al verlo—. Pensé que se te había olvidado la tartera. Te entrará hambre después de arar la tierra.

Su abuela se había criado en una granja en Virginia, y había venido a Nueva York al casarse con su abuelo. Nunca se había acostumbrado del todo a la ciudad. A veces Gregor se alegraba secretamente de que, en su cabeza, la abuela pudiera regresar a su granja. Y le daba un poquito de envidia. No era nada divertido estar encerrado todo el tiempo en casa. A estas horas el autobús ya estaría llegando al campamento, y Lizzie y los demás niños estarían...

¡Gue-go! —chilló una vocecita. Una cabecita rizada asomó por el borde de la cuna—. ¡Quero salir! —Boots se metió en la boca la punta empapada en saliva del rabo de un perrito de peluche y extendió ambos brazos hacia él. Gregor levantó a su hermana por los aires y le hizo una sonora pedorreta en la tripa. Ella se rio, soltando el peluche. Gregor la dejó en el suelo para recogerlo.

—¡Llévate el sombrero! —le dijo su abuela, que seguía en algún lugar de Virginia.

Gregor le tomó la mano para tratar de atraer su atención.

—¿Quieres beber algo fresquito, abuela? ¿Qué tal una gaseosa?

Ella se echó a reír.

—¿Una gaseosa? ¿Qué es, mi cumpleaños?

¿Qué se podía contestar a una pregunta así?

Gregor le apretó la mano y cogió a Boots en brazos.

—Vuelvo enseguida —dijo en voz alta.

Su abuela seguía riéndose.

—¡Una gaseosa! —repitió, secándose los ojos.

En la cocina, Gregor sirvió gaseosa helada en un vaso, y le preparó a Boots un biberón de leche.

Fío —dijo la niña muy contenta, pasándoselo por la cara.

—Sí, bien fresquito, Boots —le contestó Gregor.

Se sobresaltó al oír el timbre de la puerta. Hacía más de cuarenta años que la mirilla no servía para nada.

—¿Quién es? —preguntó.

—Soy la señora Cormacci, cielo. ¡Le dije a tu madre que me pasaría a las cuatro a hacerle compañía a tu abuela! —le respondió una voz. Entonces Gregor recordó el montón de ropa

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