Vicnix en la ciudad secreta (Invictor y Acenix 2)

Lindsey Davis

Fragmento

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Parecía un día como otro cualquiera: el sol brillaba e Invictor y Acenix iban tan tranquilos por el pueblo…, pero todo cambió cuando pasaron por delante de la tienda de pesca. En esa tienda se escondía el secreto del mejor pescado a la brasa, el truco milenario para conseguir los mejores peces… Y ahora había un cartel con el nombre del gato. No, no ponía «Acenix», pero casi: estaba escrito «¡¡¡OFERTA!!!».

—¡VÍCTOR! —gritó Acenix—. ¡OMG, MIRA!

Allí estaba: la Supercaña 3000. La mejor caña de pescar que se había creado nunca, capaz de atraer los peces más inteligentes con su hilo supertransparente.

Invictor, que se estaba planteando usar un banco de piedra que había allí al lado para hacer unas pesas, se giró hacia él.

—Papu, ya me has enseñado mil veces las cañas de pescar…

—No, no, ¡esta no! ¡Esta es la SUPERCAÑA 3000! Con esta caña… ¡nunca más volveré a pasar hambre!

Acenix alzó la vista hacia el cielo, llevándose una pata al pecho con gesto dramático.

—Pero ¿cuándo has pasado hambre tú?

Invictor resopló y miró el cartel de colores que anunciaba la oferta.

—Pero, ¡chaval! ¡Que cuesta 10 000 diamantes! ¿¿¿Estás loco???

Acenix agachó las orejas, poniendo una carita clavada a la del gato de Shrek.

—Pero…, pero es que es un pack que antes costaba 20 000 diamantes, ¿vale? Además, en el pack van la Supercaña 3000 y esas Megapesas Titánicas de ahí.

Invictor se giró tan rápido que hizo ondear su capa de espartano y estampó la frente contra el escaparate con un CLAC (aunque, claro, a él no le dolió, porque su frente era más dura que el cristal).

—exclamó, aplastándose la nariz contra el cristal—. ¡¿LAS AUTÉNTICAS?! —Luego volvió a mirar a Acenix—. Hay que conseguir ese pack COMO SEA.

El gato entrecerró los ojos.

—¿Quieres decir… que debemos robarlas?

—¿Qué…? ¡No, tío! Podemos ir a… ¡la mina de diamantes! ¡Eso es! Con mis supermúsculos y un pico de titanio conseguiremos los diamantes en un pispás.

—Pero la mina está lejísimos, y ¡la oferta se acaba mañana! —lloriqueó Acenix.

—Podemos pedirle ayuda a Zania, la científica…

—¿Qué? No, no, ¡yo paso! —resopló Acenix.

Y entonces lo notaron. El suelo empezó a temblar. ¿Un terremoto? No, allí nunca había terremotos. ¿Una estampida? Pero si en aquella calle no había casi nadie.

Bueno, nadie salvo una figura extraña que apareció de la nada. Era una especie de robot metálico, con un enorme tubo que parecía aspirarlo todo a su paso… ¡y se dirigía hacia ellos!

—¡Papu, CORREEE!

Los dos amigos echaron a correr, pero demasiado tarde. El robot los alcanzó enseguida y ¡los aspiró enteritos!

El viaje por el tubo fue bastante accidentado, pero antes de ser capaces de reaccionar vieron una luz y acabaron cayendo sobre… ¿un sofá?

¡Bingo! Estaban en un cuarto de estar, con las paredes blancas y un montón de estanterías. Pero, un momento, ¿esa no era la casa de…?

—¡Invictor! —lo saludó Zania, asomándose por una puerta con una gran sonrisa—. ¡Qué sorpresa tan agradable!

—Mejor habla por ti… —murmuró Acenix, pero ¡ups! La científica, que lo había oído, se giró hacia él con el ceño fruncido.

Acenix fue a contestarle, pero entonces alguien más entró en la habitación.

—Bro! ¡Cuánto tiempo! —saludó el Hacker con una sonrisa.

No parecía notar el ceño fruncido de Invictor. Vale, sí, hacía poco el Hacker había intentado ayudarlos cuando buscaban el Tridente Poderoso, pero lo único que había conseguido era meterlos en más líos. COMO SIEMPRE.

—¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?! —bramó Invictor.

Zania esbozó una sonrisa tensa.

—Ya habíamos terminado, ¿eh? —explicó con un temblor en la voz—. Ha venido para que le ayudara con unos comandos, pero ya se iba, así que soy toda tuya.

—Mi pregunta es: ¿por qué hemos acabado aquí? —intervino Acenix.

Zania alzó las cejas, orgullosa.

—Está claro que mi Turboaspirador funciona —explicó—. Es un prototipo con inteligencia artificial: se activa cuando alguien pronuncia mi nombre y trae a la persona en cuestión hasta mí. Es muy útil para ayudar cuanto antes a aquellos que me necesitan…, que, por cierto, son muchos.

Acenix apartó la mirada No había quien la aguantara.

—Pues ha funcionado genial, Zania, porque necesitamos tu ayuda —explicó Invictor—. Queremos ir a la mina de diamantes, pero tenemos que llegar cuanto antes. ¿Podrías prestarnos tu cañón para lanzar a la gente…?

Zania carraspeó y sus mejillas se pusieron rojas.

—Ya no lo tengo, explotó la última vez que lo usé… Pero aquello era solo un prototipo, tengo otra cosa mucho mejor: ¡¡el Ultratrampolín Sideral!!

La científica los guio al jardín trasero. Allí los esperaba una tela muy tensa enganchada a un círculo de metal, con una consola a su lado.

—¿Eso no es… una cama elástica? —preguntó Acenix.

—No seas mendrugo —le espetó Zania—. Este Ultratrampolín Sideral puede enviarte a un montón de kilómetros de distancia en apenas unos segundos. Poneos el traje protector para el aterrizaje mientras introduzco las coordenadas de la mina.

Invictor cogió uno de los trajes que había sobre el trampolín y se lo puso. Era como uno de esos neoprenos tan apretados que llevan los surfistas… ¿Cómo narices iba a ayudarlos a aterrizar?

—Oye, esto está mal hecho —protestó Acenix.

El gato tenía las patas metidas en las perneras del traje, pero no se lo había subido.

—¿PERDONA? —exclamó Zania, indignada.

La científica le dio el teclado al Hacker y se acercó a ellos en dos zancadas.

—Que sí, mira —insistió Acenix—. No tiene agujero para la cola.

Zania resopló, fulminándolo con la mirada.

—Es que no es un traje para GATOS, listillo —le contestó.

La científica cogió el neopreno por los hombros y tiró, sacudiendo a Acenix en el aire. Antes de que el gato tuviera tiempo a maullar, Zania le subió la cremallera, dejando la cola de Acenix atrapada dentro del traje.

—¡Papu, parece que te han envasado al vacío! —se rio Invictor.

Acenix quiso soltarle un buen zarpazo, pero el traje le quedaba tan estrecho que parecía una estrella de mar, con los brazos y las piernas tiesos. Invictor se partía de risa.

Zania, volviendo hacia el teclado, también soltó una carcajada.

—¿Podemos irnos ya? —protestó el gato.

Invictor y Acenix se subieron al trampolín (vale, a Acenix lo subió Invictor porque no podía moverse) y Zania cogió de nuevo el teclado.

—A la de tres saltáis —les dijo la científica—. Uno…, dos… y ¡TRES!

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