El perro del peregrino

Liliana Bodoc

Fragmento

Fue el último en nacer. Y ni siquiera alcanzó a disfrutar de las ventajas que le hubiesen otorgado su tamaño y su salud, porque muy pronto lo arrancaron del dulce alimento materno para arrojarlo al fondo de una bolsa. Sus seis hermanos ya estaban allí, de manera que él cayó sobre sus cuerpos.

La oscuridad se hizo absoluta cuando una cuerda cerró el saco en el que antes habían guardado aceitunas. El olor se hizo fuerte. Pero el gusto de la leche todavía perduraba. Y, entre eso y el bamboleo del andar, se quedó dormido.

Algunos de sus hermanos lloriqueaban de hambre y raspaban la tela gruesa intentando salir. Él, sin embargo, prefirió entregarse al vaivén de la marcha. No le era posible entender lo que ocurría, pero había nacido tan fuerte como optimista y no temió nada malo.

El camino fue bastante corto, puesto que el hombre que llevaba la bolsa, sosteniéndola por la atadura con la mano derecha, vivía en Cafarnaúm, muy cerca del lago Tiberíades.

Primero, el suave bamboleo se detuvo. Después recomenzó y, casi enseguida, se transformó en un movimiento brutal; tanto que hasta él, fuerte y optimista, se hizo caca de puro miedo. También sus seis hermanos. Todos se hicieron caca adentro de la bolsa que un hombre de Cafarnaúm revoleaba a orillas del lago Tiberíades con el único propósito de arrojarla lejos, lo más lejos posible.

Hecho el trabajo, el hombre partió sin pedir perdón y la bolsa cerrada empezó a llenarse de agua.

Cerca, unas mujeres que lavaban ropa apenas si le prestaron atención a la escena.

Solamente una de ellas se apartó el cabello de la cara usando el antebrazo húmedo y se quedó mirando la bolsa que navegaba, aunque más lo hizo por tomarse un descanso que por alguna clase de piedad.

El cielo de Cafarnaúm era de un color gris verdoso, como si reflejara los olivares que se extendían por la tierra. Y esa mañana era fría para la época.

Muy pronto la bolsa iba a hundirse. La lavandera que miraba hizo un chasquido con la lengua y se sumó al ritmo de sus compañeras de trabajo.

Entonces, la voz de un hombre las sorprendió.

—Mujeres, ¿vieron lo que acaba de ocurrir?

Sí, claro que lo habían visto, ¿y qué resultaba tan extraño? Apenas alguien que se libraba de unas crías de perro o de gato.

El hombre que les hablaba no era un mendigo, tampoco un acaudalado. Casi con seguridad sería hijo de un artesano o artesano él mismo, de aquellas familias a las que no les faltaban mantas ni carne de cordero.

—Lo hemos visto —respondió una que se llamaba Dorotea—. Igual que lo viste tú.

El hombre le prestó repentino interés. Parecía haber entendido algo.

—¡Cuánta razón tienes en llamarme hipócrita y flojo! —dijo.

Al oír esto, aunque sin entender demasiado bien lo que ocurría, las otras lavanderas volvieron de inmediato a fregar sábanas contra las piedras, evitando quedar envueltas en un problema ajeno o expuestas al enojo de alguien que, tal vez, tuviese más poder del que aparentaba, ¡no fuese a reclamar ante sus señores para que las castigaran por impertinentes!

—¿Acaso yo dije hipócrita o flojo? —se defendió la mujer que antes había hablado—. ¿Eso te dije? ¡Yo no dije eso!

Dorotea también estaba asustada, y miró a sus compañeras en busca de ayuda. Ninguna alzó los ojos ni dijo palabra. Igual que los cachorros, Dorotea quedó abandonada a su suerte.

Pero el hombre ya no pensaba en ella sino en la bolsa que se hundía. Y, tal como estaba vestido, se adentró en las aguas del lago.

Entonces sí, las lavanderas se miraron unas a otras.

Artesano o no, rico o pobre, se trataba de un insensato, y eso les posibilitó reír y gritarle con burla.

—¡Regresa, que vas a enfermarte!

—Han de estar muertos ya.

—¡Mira que la bolsa no lleva denarios!

Un rato después, el hombre regresó a la orilla con la bolsa pesada de agua. La cuerda se había hinchado, pero él tenía manos fuertes y hábiles, y no tardó en deshacer la atadura. Enseguida volcó sobre la tierra el contenido del saco. Había seis cachorros muertos, y uno más.

El animal era dorado. Cabía en una palma. Temblaba de frío y de espanto.

Dorotea dejó su quehacer y se acercó.

—No vivirá —aseguró.

—Pero aún vive —respondió el hombre sin durezas, mientras apretaba el vientre del pequeño animal contra su antebrazo y le masajeaba el lomo.

La lavandera corrió hasta el canasto donde tenía la ropa sucia y buscó algo apropiado.

—Envuélvelo para quitarle el frío.

—¿Puedes dármelo sin que luego te pese?

—Es un trapo para fregar la plata, nadie notará su ausencia.

—Tal vez quieras ponerle un nombre —dijo el hombre joven y de buena estatura.

La lavandera sonrió.

—Tiene el color de los leones, pero es pequeño como una miga de pan.

—Miga de León se llamará si no muere.

—Aún vive —dijo Dorotea.

Y ambos sonrieron.

Entonces, el hombre y el perro emprendieron su primer camino juntos.

Esto ocurrió en Cafarnaúm, en la provincia de Galilea, donde ambos habían nacido.

Ahora resultaba urgente encontrar una perra que pudiera amamantar a Miga de León.

El galileo se dirigió a casa de unos parientes de su madre que, según recordaba, vivían cerca de allí. Caminó un buen rato, con el pequeño animal contra su cuerpo.

Al llegar, encontró a una anciana que demoró en reconocerlo y que solo lo hizo cuando mencionó el nombre de su abuela.

—¿No me recuerdas, mujer? Soy el nieto mayor de Ana.

—Ana... Sí, Ana. ¿Cómo está ella?

—Murió hace dos inviernos, en el mes de tevet.

—Pobrecilla —murmuró la anciana—. Sí, la recuerdo. Ana.

—Todos iremos tras ella —respondió el hombre—, pero ahora estoy en busca de salvar una vida que recién empieza. ¿Sabes de alguna perra que pueda alimentar a este cachorro?

—Sí, Ana. Pobrecilla.

—Mira qué hermoso es —insistió el galileo.

—La recuerdo, sí. Pasamos juntas una buena Pascua en casa de Simón. Ana, sí, pobrecilla.

Aquella vieja mujer no reparaba en el perro, ni siquiera en el hombre que lo traía, porque para ella solamente existía el pasado. El galileo comprendió que era inútil continuar allí. Saludó y se fue sin recibir respuesta.

—Ana, sí —escuchó decir a la anciana mientras se iba.

Después de eso se metió por las callejuelas confusas que conducían al templo.

Le preguntó a unos niños que jugaban, pero ellos no supieron darle respuesta.

Detuvo a un hombre que llevaba una cabra a las espaldas y fue en vano.

—¿Si sé de amamantar perros? ¿Me oíste ladrar o algo peor? —le respondió una mujer obesa que se sintió insultada por la pregunta.

La calle que recorría, con Miga de León envuelto en un paño sucio, se ensanchaba en una plazoleta que los pescadores utilizaban para extender y remendar sus redes. Allí volvió a preguntar y esta vez tuvo mejor suerte.

—Camina hasta la calle del cementerio y toma al oeste. ¿Conoces la casa del maestro? Pues continúa y cuenta siete casas más. Allí vive Sara. Dile

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