En zapatillas

Mónica Jurjevcic

Fragmento

En zapatillas

Fuego

¿Es Ulises? No lo sabe. Si estuviera en su casa agarraría el libro que le mandó a leer la de Lengua. Se acuerda del número de ese capítulo, solo eso. Canto XI. Y es tan raro acordarse apenas de esa historia, ahora, cuando la noche de verano y la tos y la gente saliendo a la calle para ver qué pasa y el sonido de las sirenas…

Rivadavia le quema en los pies mientras la cruza con el semáforo en rojo: cree que vio pasar el 104 y sabe que si corre, lo alcanza. No sabe más que eso. La imagen borrosa del colectivo, más fantasmal que de costumbre, le llega desde una calle que no es la habitual: seguro desvió su recorrido para evitar el corte y dar paso a las bocinas. El 104, ¿cartel verde o rojo? ¿Es este el que va hasta Mataderos? La tos le hace lagrimear los ojos y apenas distingue el número en el frente del colectivo que lo devuelve a su casa. Tiene oscuridad pegada en las cejas, en las pestañas, en los párpados… Se la refriega con la mano, también negra, pero solo le agrega más noche a su cara.

Ulises. Sí. Es Ulises. El del libro es Ulises. Pero él, no. Él es Martín. Le gritaron su nombre tantas veces mientras lo agarraban de la ropa y lo empujaban. “Martín, rajá”, “Martín, ayudame”, ”Por acá, mirá, Martín”. Y después, correr unas cuadras sin mirar para atrás.

En la biblioteca de su dormitorio un hombre encerrado en un libro, Ulises, camina entre almas y gritos moribundos. Lleva una espada, un escudo y el pronóstico de un adivino ciego (como Martín esta noche) que le anticipa un regreso a casa muy difícil.

“¿De dónde venía ese tipo?”, se pregunta Martín. Corre sangre negra cerca de Ulises, quien solo quiere volver a su camino, lejos de la oscuridad y del terror. El héroe del libro desatará las amarras de su barco y se dejará llevar como si fuera parte de esas velas impulsadas por el viento.

Pero él se sube al colectivo. “Soy Martín”, le dice al conductor que lo relojea y le devuelve un “pasá, pibe, pasá”. Y ahora es el pibe que se deja ir derecho al último asiento, al lado de la puerta trasera que va abierta y así puede respirar el poco aire que le queda a esa noche de diciembre.

Martín apoya la cabeza contra la ventanilla. Cierra los ojos y es Ulises, el del libro de Lengua, tan doliente, tan tristes sus palabras en medio de las sombras, tan angustiado cuando se encuentra con su madre. Quiere abrazarla pero no puede. El empedrado de Alberdi lo hace saltar y no vuelve a cerrar los ojos, aunque le arden. No es Ulises. No ahí, en medio de ese otro humo de las tinieblas. Se limpia la nariz con lo que queda de su remera sucia. Tal vez él también está llorando.

Tres cuadras desde la parada hasta su casa para reconocer el pasaje donde vive, lejos del ruido infernal, de los gritos, del mundo de Ulises. El barrio duerme aunque el calor sea insoportable. Del otro lado de la calle reconoce a los papás de Mariana. “Mis viejos no están, se van a lo de mis tíos, yo tengo mis entradas para ir”, había dicho ella. Él se agacha detrás de un auto estacionado y espera a que esa casa justo enfrente de la suya reciba a los dueños y vuelva a apagar la luz. No quiere que lo vean. Salta la reja que lo separa de su jardín: la llave de la puerta cancel quedó con la billetera, la plata, los lentes, todo lo que tenía en el bolsillo. Rodea la casa para entrar por la cocina y es ahí cuando él, “no Ulises”, siente en sus pies el fresco de la tierra del jardín. Se los mira. Está descalzo. También perdió sus zapatillas. Pero es Martín.

Entra a la pieza de su mamá. No es Ulises. Por eso se acerca a ella y la besa.

—Vieja, ya llegué. Estoy acá. Soy Martín.

Ana no siente el beso. Se quedó dormida con el murmullo del televisor. El calor de ese 30 de diciembre pudo más que el noticiero de la noche. Martín mira la pantalla encendida. La movilera en medio de la calle cortada; los retos del periodista que, desde el piso, no da crédito a lo que ella le transmite y le pide que chequee la información. De fondo, la plaza, las autobombas, las ambulancias. Pibes sin remera corriendo por las calles, sentados en los cordones, abrazándose. Pibes llorando. Pibes descalzos. No hay Ulises ni velas ni vientos que les soplen el calor de esa noche oscura. Martín mira otra vez a su mamá, dormida. “Soy Martín, mamá”. Le da otro beso. Cierra la puerta de ese cuarto, sube las escaleras, entra a su pieza y se deja caer en la cama, en un sueño sin Ulises, en una pesadilla de rocanroles sin destino.

En zapatillas

Martín

Como un ciego hacia el fuego viajé,

alas de mariposa,

de todas las heridas que tuve

fuiste la más hermosa.

“Cortala y olvidala”, La Renga

La despedida del 2000, en casa de Mariana. En la Semana Santa del 2002, el fogón en Lobos. Sus ojos iluminados en naranja, blanco, rojo. Sus ojos de miedo frente al fuego.

Nos reuníamos el 24 a la noche y el 31, para brindar juntos. Ana (mi vieja), Isabel (la recuperada amiga de la infancia), Pedro (el marido de Isabel) y Mariana (la hija de Isabel y Pedro). Los dos cumplíamos años en julio (ni que se hubieran puesto de acuerdo, solo quince días de diferencia). Ella, el 10; yo, el 25. Los dos, hijos únicos (sin preguntar por qué, nos dijimos que habíamos roto el molde o la paciencia, y por eso no buscaron más). Mi viejo nunca fue parte de ese clan porque cuando yo tenía once decidió que su vida acá no daba para más y que para pasarla mal prefería estar entre palmeras, playas y la ciudadanía de otro país que le permitiera realizar sus proyectos (vivir, básicamente). A la crisis matrimonial le sumó la económica y lo despedí en un aeropuerto del que partió a Brasil con la promesa mutua de visitarnos cuando se pudiera.

La costumbre de celebrar juntos comenzó cuando ellos pasaron la primera Navidad como nuestros vecinos. Se habían mudado de Lugano a la casa que era de la mamá de Isabel, justo enfrente de la nuestra. Para celebrar la vuelta al barrio que las había tenido de vecinas (tantas veces escuchamos esa historia de que fueron juntas al colegio, tomaron juntas la comunión, se casaron más o menos a la misma edad y ahí se separaron) compartían las fiestas de fin de año.

A veces era en casa; a veces, en la de ellos. Isabel era la encargada oficial de velar por las mascotas: Roco (nuestro labrador) y Fígoli, el perro de raza i

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