Ella

Fragmento

Indice

Índice

Dedicatoria

A Francisco, por todo

Epígrafe

Las cosas que terminan dan paz y las cosas
que comienzan a concluirse, están siempre
concluyéndose. Lo terrible es la esperanza.

José Donoso


la oscura materia
soy yo

Blanca Varela

Ella_Ebook_cuerpo


1

Ella no está en ningún lugar. Reviso las habitaciones, pero no la veo. Su presencia solo se insinúa en el intenso olor a humedad que se desprende de la casa cerrada. Mi preocupación crece. No está. Una nota se asoma debajo de una taza de café: Esto es culpa tuya.

Siento angustia mientras bajo las escaleras, empiezo a correr apenas piso la calle. Sé dónde ha ido y debo impedírselo. Ella lo vio en las noticias. Tocó la puerta de mi cuarto para que yo prendiera el televisor y también lo viera. Ahí será, ahí lo haré. Y será por tu culpa. Tú eres responsable por mí. No tengo a nadie más y no fuiste capaz de cumplir con tu papel. Corro más rápido. La culpa es mía y pesa demasiado. Si no consigo impedírselo, mis huesos no podrán soportarlo.

La nueva estación del metro es enorme. Sé que es en el Corredor E donde la gente que se lanza desde lo alto ha establecido su base. Dos escaleras, una a cada lado, son las que separan el mundo de los vivos y el de los muertos. A un lado los suicidas hacen cola para esperar su turno. Al frente, una muchedumbre les grita que se detengan, pero la presión del siguiente suicida en la cola disipa cualquier duda y todos terminan por lanzarse. En medio de las dos escaleras, la losa de embarque del metro se ha convertido en una tumba provisional donde los cuerpos reventados descansan hasta que los representantes de la fiscalía decidan levantar los cadáveres, generalmente una vez al día, por la noche. Los usuarios del metro abordan el tren ignorando el cuadro que se les presenta. Ya se han acostumbrado, ya a nadie le importa. Sigo corriendo y llego a la encrucijada. Subo por la escalera de los vivos, veo al frente la fila de suicidas. Ella es la tercera. Delante hay una mujer y un chico de unos dieciocho años. La muchedumbre comienza a gritar convencida de que sus súplicas serán capaces de disuadirlos. Pero ninguno de los dos cambia su decisión. El chico se lanza de espaldas. La mujer lo hace de frente, doblando las rodillas, como si pretendiera caer de pie y salir caminando de la estación. La gente se cubre los ojos, las orejas. Los cuerpos caen pesadamente y el sonido que producen al chocar contra el piso es lo que el perturbado gentío parece no poder soportar. Unos lloran, otros gritan, otros mueven sus cabezas de un lado a otro, desaprobando o sintiendo pena. Los familiares cercanos pronuncian el nombre del difunto y retuercen sus caras en muecas de dolor. Yo no los miro, solo la miro a ella. Es su turno. Sé que también me ha visto. No, por favor, le grito. No, por favor. No, por favor. Mi voz se vuelve un llanto histérico. Ella me mira. Por tu culpa. Deja un pie en el aire y se ríe. No, por favor. Las personas que se amontonan alrededor repiten mi súplica. Unas manos se posan sobre mi hombro intentando consolarme.

Y entonces ella se deja caer. Desde lo alto, mientras anónimos usuarios del metro esquivan su cuerpo reventado en medio del revoltijo rojizo y amarillento que se ha convertido, llego a recordar la misma sonrisa que tenía en el momento en que se lanzó. Esa sonrisa congelada en una mueca inerte que me condena para siempre.

Abro los ojos. Siento náuseas y no puedo levantarme de la cama. He tenido esta pesadilla muchas veces. Cada vez es peor, incluso ahora que todo parece haber termi

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