El Círculo

Dave Eggers

Fragmento

Dios mío, pensó Mae. Es el paraíso.

El campus era enorme y laberíntico, inundado de los colores del Pacífico, y sin embargo no había detalle que no hubiera sido tenido en cuenta y diseñado con la máxima habilidad. En unas tierras que antaño habían sido unos astilleros, después un autocine y por fin un mercadillo y un solar deprimido, ahora había lomas suaves y verdes y una fuente de Calatrava. Y una zona para picnics, con mesas desplegadas en círculos concéntricos. Y pistas de tenis, tanto de tierra como de hierba. Y una cancha de voleibol, donde ahora estaban los niñitos de la guardería de la empresa, corriendo, chillando y reverberando como el agua. Y en medio de todo esto también había un centro de trabajo, más de ciento sesenta hectáreas de acero pulido y cristal que albergaban la sede de la empresa más influyente del mundo. El cielo era impoluto y azul.

Mae estaba cruzando todo esto en su travesía a pie, desde el aparcamiento al edificio central, intentando transmitir la impresión de que se sentía cómoda allí. El sendero serpenteaba alrededor de las arboledas de limoneros y de naranjos, y entre sus adoquines rojos y silenciosos destacaban losas desperdigadas con mensajes suplicantes de inspiración. En una de ellas había la palabra «Sueña» grabada a láser en la piedra roja. En otra ponía: «Participa». Y había docenas más: «Encuentra tu comunidad», «Innova», «Imagina». A punto estuvo de pisarle accidentalmente la mano a un joven con mono de trabajo gris que estaba instalando una nueva losa con la inscripción «Respira».

Aquel lunes soleado de junio, Mae se detuvo frente a la entrada principal, bajo el logotipo grabado en el cristal. Aunque la empresa todavía no tenía seis años de antigüedad, su nombre y su logotipo –un círculo rodeando una trama de líneas entretejidas, con una pequeña «c» en el centro– ya se contaban entre los más conocidos del mundo. En aquel campus central trabajaban más de diez mil empleados, pero el Círculo tenía oficinas por todo el planeta, y seguía contratando todas las semanas a centenares de mentes jóvenes y brillantes. Llevaba cuatro años seguidos siendo elegida la empresa más admirada del mundo.

A Mae ni se le habría ocurrido que tuviera posibilidades de trabajar en un lugar así de no haber sido por Annie. Annie era dos años mayor que ella y ambas habían compartido habitación durante tres semestres en la universidad, en un feo edificio que habían hecho habitable gracias a lo extraordinariamente unidas que estaban; eran algo a medio camino entre amigas y hermanas, o bien primas a quienes les gustaría ser hermanas y así tener una razón para no separarse nunca. El primer mes que habían vivido juntas, Mae se había roto la mandíbula una tarde-noche, tras desmayarse durante los exámenes finales por culpa de la gripe y la mala alimentación. Annie le había dicho que se quedara en la cama, pero Mae había ido al 7-Eleven en busca de cafeína y había despertado en la acera, bajo un árbol. Annie la había llevado al hospital y había esperado allí mientras le cosían la mandíbula, y después se había quedado toda la noche con Mae, durmiendo a su lado en una silla de madera, y luego, ya en casa, se había pasado días alimentando a Mae con una cañita. Era un nivel tremendo de compromiso y aptitud, que Mae no había visto nunca en una persona de su edad o más o menos de su edad, y a partir de entonces Mae le había sido leal de una forma que ella misma no habría imaginado nunca.

Mientras Mae seguía en Carleton, probando distintos itinerarios troncales, primero historia del arte, después marketing y por fin psicología, y sacándose la carrera de psicología sin tener plan alguno de trabajar en ese terreno, Annie se licenció, hizo su MBA en Stanford y recibió ofertas de trabajo de todas partes, aunque la más importante fue la del Círculo, adonde llegó cuatro días después de terminar el máster. Ahora tenía un título altisonante –directora de Garantizar el Futuro, bromeaba ella– y animó a Mae a que se presentara a un puesto de trabajo en la empresa. Mae lo hizo, y aunque Annie insistía en que no había usado sus influencias, Mae estaba segura de que sí las había usado, de manera que ahora sentía una deuda incalculable hacia su amiga. Había un millón de personas, mil millones, que querrían estar donde estaba Mae en aquel momento: entrando en aquel atrio de diez metros de altura y surcado por la luz de California, en su primer día de trabajo para la única empresa que importaba realmente.

Empujó la pesada puerta para abrirla. El vestíbulo era tan largo como un desfile y tan alto como una catedral. Las alturas estaban llenas de oficinas, cuatro pisos de oficinas a cada lado, con todas las paredes de cristal. Brevemente invadida por el vértigo, bajó la vista, y en el suelo inmaculado y resplandeciente vio reflejada la expresión de preocupación de su cara. Notó una presencia detrás de ella y obligó a su boca a sonreír.

–Tú debes de ser Mae.

Mae se giró para encontrarse una cara joven y hermosa suspendida encima de un pañuelo violeta y una blusa de seda blanca.

–Soy Renata –dijo.
–Hola, Renata. Estoy buscando a…
–A Annie. Ya lo sé. Está de camino. –A Renata le salió de la oreja un ruido, un tintineo digital–. Mira, está…

Renata estaba mirando a Mae pero viendo otra cosa. Interfaz retinal, supuso Mae. Otra innovación que había nacido allí.

–Está en el Viejo Oeste –dijo Renata, volviendo a mirar a Mae–, pero llegará pronto.

Mae sonrió.
–Espero que lleve galletas y un caballo bien recio.

Renata sonrió cortésmente pero no se rió. Mae sabía que la empresa bautizaba cada parte del campus con el nombre de una época histórica; era una estrategia para que aquel lugar enorme resultara menos impersonal y menos corporativo. Mucho mejor que llamar a los sitios Edificio 3B-Este, como hacían en el último sitio donde Mae había trabajado. Solo habían pasado tres semanas desde su último día de trabajo en las instalaciones municipales de su pueblo –se habían quedado estupefactos al presentar ella su dimisión–, pero ya le parecía imposible el haber malgastado una parte tan grande de su vida allí. Al cuerno con aquel gulag, pensaba Mae, y con todo lo que representaba.

Renata seguía recibiendo señales de su auricular.
–Oh, espera –dijo–. Ahora me está diciendo que está liada. –Renata miró a Mae con una sonrisa radiante–. ¿Por qué no te acompaño a tu mesa? Me dice Annie que pasará a buscarte dentro de una hora más o menos.

Mae se emocionó un poco al oír aquello, «tu mesa», y se acordó inmediatamente de su padre. Su padre estaba orgulloso. «Muy orgulloso», le había dejado grabado en el buzón de voz; debía de haberle grabado el mensaje a las cuatro de la madrugada. Ella lo había encontrado al despertarse. «Muy, muy orgulloso», le había dicho con voz estrangulada. No hacía ni dos años que Mae se había licenciado y allí estaba ahora, trabajando remuneradamente para el Círculo, con seguro médico incluido y con un apartamento en la ciudad; por fin ya no era una carga para sus padres, que tenían otras muchas cosas de que preocuparse.

Mae siguió a Renata hasta el exterior del atrio. En el jardín salpicado de luz había un par de jóvenes sentados sobre un montículo artificial, con una especie de tablet transparente en las manos y hablando con gran intensidad.

–Tú estarás en el Renacimiento, que es aquello –le dijo Renata, señalando al otro lado del jardín, en dirección a un edificio de cristal y cobre oxidado–. Es donde está toda la gente de Experiencia del

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