Alguien dice tu nombre

Luis García Montero

Fragmento

El calendario del bar está detenido en el tiempo y en el espacio. Nada cambia, nadie puede escaparse de aquí. Marca el diecinueve de abril. No han pasado por él ni los últimos once días de abril, ni mayo, ni junio. Como luego me señaló Vicente Fernández, tampoco han pasado los últimos doscientos cincuenta y seis días de mil novecientos sesenta, ni mil novecientos sesenta y uno, ni mil novecientos sesenta y dos, ni los primeros ciento ochenta y un días de mil novecientos sesenta y tres. Soy de letras más que de ciencias y me gusta escribir con letras los números... aunque cuando escribo poesía cuento con números las sílabas. Vivimos en un tiempo detenido, once sílabas, eso es un endecasílabo. Ángel con grandes alas por cadenas, otro. Tienen once sílabas.

Estamos a uno de julio de mil novecientos sesenta y tres. Ese calendario antiguo, casi prehistórico, es una buena metáfora de que vivimos en un país paralizado. Supongo que voy a tomar muchas veces café en el bar Lepanto de la calle Lepanto durante los próximos tres meses. Está junto a la oficina de la editorial Universo. Mi profesor de Literatura me dijo que aprender a escribir es como aprender a mirar, como conseguir ver las cosas necesarias para encontrar un sentido. Yo miro un calendario al que han dejado de cambiarle las fechas y pienso en un país seco, en una ciudad calurosa y detenida, en una existencia sin futuro. Un marco de madera con casilleros, números para los días y tablas con el nombre de los meses. Casi se agradece este viejo armatoste. Son muy rancias las fotografías de los calendarios que inundan los bares y los talleres.

Por lo menos aquí no hay imágenes de ninguna procesión de semana santa, de ninguna virgen, ningún santo, ninguna actriz de cine, ninguna mujer hortera con una botella de coñac Soberano, que es cosa de hombres. Me gusta quitarle las mayúsculas a la iglesia. Mi profesor de Literatura dice que para ser escritor es bueno elegir tus manías. Da personalidad, mundo. Un artista es un maniático. Juan Ramón Jiménez escribía con j las palabras que todo el mundo escribe con g: antolojía, jente, jeneración, relijión. Hace daño a la vista, pero de eso se trata, de escribir y hacer daño. Soy el dueño de unas premeditadas faltas de ortografía. Algunos profesores me afean que no escriba con mayúscula la palabra dios. Pero es mi manía, mi insolencia. En el pueblo tengo fama de insolente. Quiero tener fama de insolente también en la literatura.

Un armatoste con apariencia de dignidad. Pero sin tiempo. El bar Lepanto se llena de buscadores de agua y de café, Vicente Fernández los saluda, la gente viene y se va, pero por allí no pasa el tiempo. Soportamos el calor y la sequía de un verano paleolítico, espeso y descabezado. A mi profesor de Literatura le gusta Valle-Inclán porque sabía crear series inolvidables de tres adjetivos. Madrid era absurdo, brillante y hambriento. El Marqués de Bradomín era feo, católico y sentimental. Pues el verano de esta ciudad es como su vida: marchito, espeso y descabezado. No pasará el tiempo, nadie arrancará hojas del calendario, seguiremos en el mismo día, en el mismo mes, en el mismo año. Da igual que empiece el curso nuevo, que llegue el frío, que la Sierra amanezca blanca de nieve, que mis padres vayan envejeciendo, que soporte más clases de Latín o de Historia de la Lengua en la facultad de Filosofía y Letras. No pasará el tiempo y habitaremos una ciudad paleolítica, espesa y descabezada, una ciudad sin futuro, clavada en un calendario que no puede moverse.

Está bien como metáfora para empezar mis historias de este verano. Hoy, uno de julio de mil novecientos sesenta y tres, lunes, he subido las escaleras de la oficina de la editorial Universo. Penumbrosas, gastadas y asmáticas, así son las escaleras del número siete de la calle Lepanto. Estaba citado a las doce con Vicente Fernández. La secretaria, una señora amable, interrumpió su conversación telefónica para decirme que don Vicente había bajado a tomar café. Me dio a elegir entre esperarlo allí o ir a buscarlo al bar Lepanto. Decidí que el bar era una opción más atractiva. El ventilador de la oficina sólo servía para remover la tristeza. La secretaria necesitaba concentrarse de nuevo en su conversación:

—Sí, me ha dicho que en Motril, ¿verdad? ¿Su nombre? Sí, por favor. ¿Su teléfono? En cuanto tengamos a un vendedor disponible se pondrá en contacto con usted. ¿Cómo? No, yo no dispongo de esa información, pero... En media hora. Claro. Gracias a usted.

Una estantería metálica, paredes con desconchones, olor a vejez y a papeles amarillos, dos puertas cerradas, una secretaria que habla por teléfono y unas butacas en las que da miedo sentarse... No hacían falta más motivos para bajar a conocer el bar. Eso, y que no había desayunado. Mi profesor de Literatura es partidario de utilizar de manera inteligente el humor cuando se escribe de cualquier cosa. Hay que aprovechar la sonrisa incluso en los momentos más tristes. Escribir es seducir. Humor con lágrimas, humor con hambre y café con leche.

Bajé al bar para encontrarme con un calendario detenido el diecinueve de abril de mil novecientos sesenta. ¿Qué hice yo aquel día de hace tres años? Mi profesor de Literatura insiste en que escribir es negociar con la memoria. Yo tengo buena memoria, no sirvo para olvidar, me acuerdo de los favores y de los daños. Mi madre opina que no olvidar las ofensas es propio de rencorosos. Yo no soy rencoroso, perdono, pero no olvido. No me gusta don Mateo, el profesor que pudo perfectamente echarme de clase el diecinueve de abril de mil novecientos sesenta, porque me tomó manía y me expulsó cinco veces y media durante los dos cursos en los que tuve que soportarlo. Cinco veces y media. Un día me echó, y luego se arrepintió y salió a buscarme al pasillo para que volviese a entrar.

—Venga, León, que no quiero echarte, que hoy es tu onomástica.

No sé si fue el diecinueve de abril de mil novecientos cincuenta y nueve o de mil novecientos sesenta. Me expulsó de clase y luego me perdonó, porque era el día de mi santo, diecinueve de abril, el mismo día que cuelga para siempre en la pared del bar Lepanto. Todos los días son el día de mi santo, o mi onomástica, como decía el pedante de don Mateo. Prometo no escribir más la palabra onomástica. Adiós, onomástica, adiós. ¡El día de mi santo! Hasta los que no creemos en los milagros estamos obligados a reconocer la misteriosa compañía del azar. Adiós, don Mateo, quédese usted para siempre encerrado en las aulas del instituto, quédese con mi onomástica y mis expulsiones, que yo he aprobado aquí mi primer curso en la Universidad.

El camarero dice que se quedó viudo el diecinueve de abril de mil novecientos sesenta y que desde entonces su vida perdió sentido. Se ha plantado en el día de mi santo. Vaya casualidad. Aunque yo prefiero no relacionar esa quietud con la muerte, sino con la falta de vida. No es lo mismo. Los muertos están en los cementerios, rodeados de flores o de olvido. La falta de vida sale todos los días a la calle, va a trabajar o a estudiar, toma café en los bares y se nos mete en el cuerpo a la hora de pensar y de soñar. No soy rencoroso, pero tampoco quiero callarme. Nadie puede cerrarme la boca en algunas ocasiones. No estoy domado como un mulo o como mi padre. Me resisto a obedecer. Mi padre maldice el día en el que me puso León. Está convencido de que mi nombre ha marcado mi carácter.

—Así que tú eres León Egea Extremera. —Sí, don Vicente.

—Puedes quitarme el don. Yo voy a ser un compañero tuyo más que otra cosa. El jefe se

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