Contra la memoria

Lawrence Durrell

Fragmento

Prefacio

Prefacio

Este es un libro muy breve, pero meditado durante largo tiempo. Como toda persona razonablemente versada en historia, siempre di por sentado que yo distinguía la diferencia entre la historia crítica de los historiadores y las memorias colectivas de los pueblos y naciones, psicológicamente verosímiles pero de historicidad dudosa. Sin embargo, no creí que mereciera la pena ocuparse del asunto sino hasta mediados de los años noventa, cuando ejercí como periodista cubriendo la guerra de Bosnia. Aquella masacre (es de una inexactitud repugnante llamarla guerra, pues los serbios tuvieron las armas y la pericia y, durante casi todo ese período, las Naciones Unidas y las grandes potencias hicieron todo lo posible para impedir que los bosnios tuvieran acceso a las armas necesarias) emponzoñó para siempre mi idea de rememoración. Es inútil pretender una objetividad de la que en efecto carezco. Caveat lector.

La gente, sin duda los estadounidenses y, supongo, los australianos de mi clase e intereses, se inclina a dedicar demasiado tiempo a lamentar la ignorancia indiferente, la actitud adoptada por defecto de tantos conciudadanos, sobre todo de los jóvenes, respecto del pasado. Deberíamos ser más prudentes con nuestros deseos. La rememoración enardeció las guerras de sucesión en Yugoslavia; sobre todo, la rememoración de la derrota serbia en Kosovo Polje en 1389. En las colinas de Bosnia aprendí a detestar, pero sobre todo a temer, la memoria histórica colectiva. Al apropiarse de la historia, mi pasión perdurable y mi refugio desde la infancia, la memoria colectiva lograba que la propia historia no pareciera sino un arsenal de armas necesarias para continuar las guerras o para mantener una paz endeble y fría. Lo que presencié en Bosnia, en Ruanda, en Kosovo, en Israel-Palestina y en Irak no me ha dado razón alguna para cambiar de parecer. Este libro es el fruto de esa alarma.

Reconozco que no estaba a mi alcance profundizar en algunos temas, sobre todo en historia del judaísmo y de Irlanda, por lo que no podría haber escrito acerca de estos controvertidos asuntos sin la guía de Leon Wieseltier y Tom Arnold, y sin aprovechar la obra de Cormac Ó Gráda sobre la memoria de la Gran Hambruna. Ellos no son responsables, por supuesto, del uso que he hecho de su erudición. También estoy en deuda con R. R. Reno, que intentó explicarme la interpretación católica de la relación entre historia y memoria (él sabrá si la he comprendido, aunque por supuesto los errores son solo míos). Desde la época en que fui su alumno en Amherst College hace casi cuarenta años, me he beneficiado de la erudición y amistad de Norman Birnbaum. Si más o menos he comprendido a Löwith, Halbwachs, Renan y otros pensadores en los que me he apoyado, se debe a Norman y a mí, incluso si, tras todos estos años, aún no consigo penetrar la obra de Tönnies. Por último, pero no por ello menos importante, quiero agradecer a Louise Adler, Elisa Berg y a sus colegas de la editorial de la Universidad de Melbourne por brindarme la oportunidad de escribir este librito, y por su paciencia, que puse a prueba imperdonablemente, me temo, al emplear cuatro veces más tiempo del acordado en entregar por fin el texto definitivo.

I. Sus huellas en las arenas del tiempo

I

Sus huellas en las arenas del tiempo

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