El gato que venía del cielo

Takashi Hiraide

Fragmento

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El gato que venía del cielo

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1.

 

A primera vista eran fragmentos de nubes flotantes. Indecisas, oscilaban despacio a izquierda y derecha a merced del viento.

La ventana de la cocina casi llegaba a tocar la valla que bordeaba el arroyo impidiendo el paso, por así decirlo. Desde el interior, el cristal esmerilado se asemejaba a la pantalla en blanco de una sala de proyección. Las vetas de la madera de la valla estaban picadas de minúsculos agujeros. Sobre aquella tosca pantalla, más allá de un sendero de unos tres metros de ancho, se reflejaba el tenue contorno verde de un seto plantado en dirección norte.

Cuando pasaba alguien, su silueta se apoderaba de la ventana entera. Sin duda, se trataba del mismo efecto que el de una cámara oscura. Los días despejados, los contornos se recortaban con especial nitidez en la penumbra interior, si bien la impresión que producía el transeúnte era la de caminar boca abajo. Y no solo eso, sino que al alejarse, las siluetas parecían hacerlo en dirección contraria a donde realmente iban. Cuando la persona se acercaba a uno de los orificios de la madera, su figura invertida se hinchaba hasta desbordar la pantalla de cristal; si daba un paso más, se borraba en un instante sin dejar rastro, como si no hubiera sido más que una ilusión óptica.

Pero aquel día el reflejo de los pedazos de nubes tardaba mucho en desvanecerse. De igual modo, por mucho que se acercara al orificio de la madera, su imagen no se inflaba. Cuando alcanzaba el punto donde se suponía que debía hincharse, justo en la parte alta de la ventana, permanecía tan pequeña que se podría haber sostenido en la palma de la mano. Los jirones de nubes flotaban afectados por una insistente vacilación. Al final, se escuchó un débil gemido.

Decidimos llamar a aquel sendero «el Callejón del Relámpago».

A veinte minutos en tren desde Shinjuku en dirección suroeste, se llegaba a una pequeña estación donde los expresos no tenían parada. Tras diez minutos a pie en dirección sur, se desembocaba en un altozano. Nada más coronar la minúscula colina, aparecía una calle orientada de este a oeste con un tráfico considerable. Al cruzarla en diagonal, se llegaba a otra calle ancha en pendiente. Setenta metros más abajo, a la izquierda, aparecía una hermosa casona de construcción tradicional, rodeada por un muro enfoscado en el que se apreciaba el bambú aún bien erguido en la parte inferior. Al girar de nuevo a la izquierda, antes de llegar a la casa, el muro se hacía muy somero. Allí era donde estaba el sendero que bordeaba la valla.

La casita que alquilamos era en realidad un discreto pabellón situado en un rincón del amplio jardín que se extendía entre el muro y la valla. Esta tenía una puerta de madera de un solo batiente que servía a un tiempo de acceso para el servicio de la casa principal y de entrada para los inquilinos del pabellón. Los agujeros en la madera semejaban ojos invisibles.

Cuando alguien pasaba por el sendero, su figura se reflejaba, sin saber muy bien cómo, en la ventana que quedaba justo detrás del muro hasta que chocaba con otro de ladrillo que sobresalía por el lado izquierdo. En ese punto, el camino casi llegaba a fo

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