Nueve formas de caer

Manuel Soriano

Fragmento

Uno

Koch estaba soñando con arañas cuando el bebé empezó a llorar desde su catre, a un costado de la cama matrimonial, y el sonido se le fue metiendo en el sueño hasta despertarlo. Eran arañas buenas, de piernas largas y flacas. No le hacían daño a nadie, pensó. Abrió los ojos y en la penumbra pudo distinguir la espalda de su mujer, la sábana amontonada en el quiebre de la cadera, y la piel expuesta, lisa y oscura, a medio metro de su cara. El llanto se hizo fuerte. En los intervalos, muy por debajo, se escuchaba el ruido del mar. Koch no podía saber la hora, el reloj de la mesita de luz estaba fuera de su campo visual. Se quedó quieto, apretando los ojos, sintiendo cómo el volumen del llanto aumentaba hasta transformarse en un grito, un sonido desgarrado que no podía caber en un cuerpo de cinco kilos. Carla fue al catre y volvió a la cama con el bebé. Lo puso contra su pecho y el llanto se apagó en dos segundos. Empezó a comer. Koch lo podía escuchar, la succión, la garganta abriéndose para darle paso a la leche, y sobre ese sonido la voz de arrullo de Carla, una canción, una copla de madres y abuelas andaluzas.

Ea la nana / ea la nana / duérmete lucerito / de la mañana.

Carla apoyó la palma de la mano sobre la frente de su marido y la dejó quieta unos segundos, sin dejar de cantar. Notó la diferencia de temperatura, al menos un grado entre un cuerpo y el otro. Le corrió el pelo rubio de la frente y le secó la transpiración con el borde de la sábana. Koch valoró la intención de la caricia, pero le molestaba el roce de la tela; su piel estaba sensible, frágil, como si todo su cuerpo fuera una inmensa tetilla. Sintió el peso de las piernas y la cabeza. ¿Qué me está pasando?, se preguntó. Cuatro días así, en esta especie de letargo. Al principio se lo atribuyó a la manejada, diez horas desde Buenos Aires, más una larga demora en la frontera del puente. Pensó que se le iría con una buena noche de sueño, una caminata por el bosque, zambullirse en el mar. Pero no fue así. Al otro día se levantó igual, con poca fuerza para salir de la cama. Se tomó la fiebre: 37,6 grados. Debés estar por engriparte, le había dicho la señora que les alquiló la cabaña. Pero no alcanzó la salud ni la fiebre, y quedó atrapado en ese estado intermedio, un malestar moderado y constante. Esa fue su temperatura durante los últimos cuatro días. Carla decía que 37,6 no era fiebre, que recién se le podía decir fiebre a partir de los 38 grados. Discutieron por eso. Koch lo investigó en Internet: todas sus búsquedas desembocaron en la palabra febrícula. El término le pareció humillante y no dijo nada al respecto. Probó bajar la temperatura con paracetamol, pero el mercurio no se movió. Encontró otro analgésico en la caja de los remedios; parecía potente, leyó el prospecto y la enumeración de efectos secundarios. Era una droga que no conocía y no se animó a mezclarla con la droga de las pastillas verdes.

A ro ro mi niño / mi niño duerme / con los ojos abiertos / como las liebres.

Como buena andaluza, Carla cantaba aspirando las eses. Hacía de los ojos una sola palabra, como hacen en la familia materna de Koch, los que viven en Santa Fe. Koch intentó recordar a sus primos de Santa Fe, los primos de la infancia y de los veranos en el campo —nombres, caras, voces— eran diez o doce, pero le costaba acceder a esa información, solo algunos chispazos en la memoria, imágenes sueltas en medio del borrón. Recordó a la tía Fanny, su torta de manzana, y de pronto surgieron los nombres de algunos primos, y algunas caras y algunas voces, que se mezclaron con la voz de arrullo de Carla, y de esta manera Koch se perdió en el sueño.

Koch recaló en Málaga en 2002, huyendo de sus padres, de la facultad de ingeniería y de la crisis argentina. Hubiera preferido otra ciudad, algún lugar más frío y moderno, pensaba en Manchester o Berlín, ciudades que había conocido viajando como mochilero, pero lo cierto es que tomó la primera opción de permanencia que se le presentó. Sabía inglés, una lengua que los andaluces no pueden aprender, y con esa ventaja consiguió trabajo de mozo en un bar irlandés frecuentado por turistas, en su mayoría ingleses y alemanes, tipos blancos, europeos, enrojecidos por el sol malagueño. Pasó seis años sirviendo Guinness y coqueteando con las clientas, hasta que una noche apareció Carla, acompañada por un hombre oscuro, atractivo, que podía ser su padre o su amante. El hombre la tenía tomada de la mano, pero Carla se mostraba buscona cada vez que Koch se acercaba a la mesa. Lo burlaba por el acento y hasta hizo una broma sobre la calidad de la carne argentina. Koch hubiera respondido con gusto al desafío, pero el hombre lo intimidaba, tenía algo ese hombre, algo que lo hacía sentir pequeño. Recién a la noche siguiente, cuando Carla volvió al bar con unas amigas, pudo mirarla a los ojos, hablarle, invitarla a tomar unas copas después del cierre y a pasar la noche en su cama. El resto fue simple. Se enamoraron y a las dos semanas Koch se mudó a la casa de ella, sobre la playa, en las afueras de la ciudad. Él tenía veintiocho años y ella veinte.

Ya era de día cuando el bebé volvió a llorar. Koch abrió los ojos y notó la luz entrando por la ventana. Levantó la cabeza para mirar el reloj de la mesita de luz. El movimiento le alcanzó para saber que el malestar seguía ahí, metido en su cuerpo. Las siete de la mañana de un nuevo día, el número cinco de sus vacaciones, que prometía ser igual a los cuatro anteriores. Fue hasta el catre y miró al bebé: recién estaba empezando a llorar. Era igual a la madre, todo el mundo lo decía: los mismos ojos, la misma piel, la misma sangre. Lo levantó y le dio un beso en la frente. No le gustaba tocarlo demasiado, por temor a las enfermedades y a emputecerlo. Le daban asco los padres que besaban a sus hijos en la boca. Ahora sí lloraba con fuerza. Carla abrió los ojos, se sentó en la cama y estiró los brazos para recibir al bebé.

Koch se lavó los dientes, tomó un analgésico y salió al jardín a fumar. Podía ver al bebé mamando, a través de la ventana de la habitación. Era una mañana limpia y fresca. Le dieron ganas de sentirse bien. Apagó el cigarrillo en la mesada y lo tiró entre las piñas que acumulaba en el brasero de la parrilla. Se llenó los pulmones con el aire puro del bosque, lo retuvo unos segundos inflando el pecho y luego lo dejó salir hasta quedar vacío. Se tocó el cuerpo: sus piernas seguían siendo fuertes pero le preocupaba una incipiente flacidez en el abdomen y los pectorales. Recordó las palabras de un ejercicio de respiración que había visto en Youtube: todo, todo, todo, hasta quedar completamente vacío. Le seguían causando un poco de gracia, pero de todas formas repitió el ejercicio varias veces, con los ojos cerrados, solemne, elevando los brazos al cielo como en una alabanza.

Desayunaron juntos y luego Carla se fue a la playa. Ese era el trato que habían hecho. Ella podía ocuparse del bebé, de los pañales y de todo el resto, pero necesitaba dos horas diarias de sol y mar. El cuerpo me lo pide, aseguraba. Durante ese par de horas, Koch se hacía cargo del bebé. No seguía ningún plan de cuidado: su objetivo era conseguir, minuto a minuto, que el bebé no llorara. Pasaba la mit

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