El último vuelo

Edwin Winkels

Fragmento

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Introducción

Casi todos los personajes importantes de esta novela han existido o aún viven. Los nombres son sus nombres verdaderos. Los hechos acontecieron, en su mayor parte, como se describen aquí. Los diálogos, sentimientos y pensamientos de los personajes, aunque basados en conversaciones con familiares y otros implicados, así como en fuentes escritas, son responsabilidad del autor.

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Dedicatoria

Para ti, estés donde estés

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El viaje definitivo

El viaje definitivo

... Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros

cantando;

y se quedará mi huerto, con su verde árbol,

y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;

y tocarán, como esta tarde están tocando,

las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;

y el pueblo se hará nuevo cada año;

y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico...

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol

verde, sin pozo blanco,

sin cielo azul y plácido...

Y se quedarán los pájaros cantando.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, 1905

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Prólogo

Prólogo

Las mujeres lloraban. La nieve sofocaba sus sollozos mientras agarraban a Luciano Otero del brazo. Él las miraba a los ojos, ocho pares de ojos que parecían no ver nada. Detrás de él bufaba su caballo, expulsando nubes de vapor en la oscuridad. A las mujeres les temblaban los labios. Hacía dos grados bajo cero en la madrugada a los pies de la montaña.

Nadie había dormido. Los familiares, que habían pernoctado junto a la chimenea de leña en el salón del albergue en la carretera a Segovia, se tambaleaban en el filo de la desesperanza y el agotamiento. Otros acababan de llegar, desde Madrid u otros lugares cercanos, donde equipos de salvamento habían centrado la búsqueda el día anterior. La noche había sido demasiada larga. Por la tarde las montañas se habían recogido en su soledad indomable sin desvelar su secreto. Las vacas llevaban una semana en los establos, los conejos se habían refugiado, los pájaros habían desaparecido. Ningún caminante se habría atrevido ese fin de semana a estar ahí arriba por placer.

Luciano Otero e

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