Apocalipsis. 1ª Entrega

Mario Giordano

Fragmento

Creditos

Título original: Apocalypsis

Traducción: Lidia Álvarez Grifoll

1.ª edición: enero 2013

© 2011, Bastei Lübbe GmbH & Co. KG, Köln

© Ediciones B, S. A., 2012

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: B.31151.2012

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-299-3

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Prólogo

Señales

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I

28 de abril de 2011,

región del Annapurna, Himalaya

También había perdido el rosario. Se había quedado doscientos metros más arriba, en algún lugar sobre la nieve junto a la ruta, que también había perdido. Lo había perdido casi todo. Los guantes, el grupo, los crampones, el agua y la radio. Todo, excepto la vida y la fe. La cuestión era qué sería lo próximo que perdería.

Sobre ella, la cumbre del Annapurna resplandecía a la luz del sol de mediodía. Al alcance de la mano, pero no lo habían conseguido. Tracy, Laura, Betty y Susan estaban muertas, se habían despeñado por la grieta de un glaciar al subir a una duna de nieve, habían desaparecido instantáneamente de la faz de la tierra. El Annapurna se las había tragado. Y ahora ella estaba sola.

Tres semanas antes, Anna había partido con un grupo de montañeras de Estados Unidos y Canadá para escalar el Annapurna Himal, la décima montaña más alta del mundo. Anna era una montañera experta, aquel no era su primer ocho mil, y la región del Annapurna era una de las más turísticas del Nepal. Dos días antes, de buena mañana y con tiempo despejado, había salido desde el campamento V con otras cuatro mujeres para ascender a la cima. Todo parecía ir bien, a pesar del dolor y la fatiga que las acompañaba a cada paso. Se sentían optimistas, eufóricas, pensando que coronarían la cima a mediodía. Hasta que se cruzaron la duna de nieve.

Al caer sus compañeras, también se había precipitado al vacío la mochila de Anna, junto con los crampones, que se había quitado un momento porque ya no podía más. Esa había sido su suerte. Si no se tenía en cuenta que también había perdido los guantes al intentar localizar a sus amigas en el interior de la grieta.

Y sin guantes tenía un problema: el frío. A siete mil metros de altura, se registraban temperaturas máximas de –30 °C incluso a primera hora de la tarde. La noche acarrearía temperaturas de –40 °C. Sin guantes, el cuerpo de Anna se enfriaba deprisa. Su temperatura corporal apenas alcanzaba ya los treinta y un grados. Temblaba intensamente, una reacción involuntaria del cuerpo para generar calor corporal. Además, allá arriba también había qu

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