Nada ilegal, nada inmoral

Adrián Grant

Fragmento

Viernes

VIERNES

1

Como el último agricultor había vendido sus campos de mostaza antes del invierno, los surcos y las flores amarillas ya no formaban parte del paisaje, un páramo de grúas, zanjas y barro sobre el que se alzaba el bloque de oficinas que la densa niebla de Luxemburgo impedía ver a más de diez metros de distancia. Grandes carteles al pie de la autopista anunciaban promociones de viviendas y un centro comercial de próxima construcción, pero el único edificio finalizado era el gigante de cristal y acero con forma de H en el que se habían encendido pocas luces a esas horas de la mañana.

Un guardia de seguridad vigilaba la puerta principal, disimulando un bostezo al despedir a las limpiadoras del turno de madrugada, que cerraban sus abrigos de colores camino de la parada de autobús mientras parloteaban en un portugués espeso. Algunos contables llegaban a la oficina con la cabeza ya perdida en las hojas de cálculo que esperaban incompletas en sus portátiles, que se balanceaban dentro de sus maletines de cordura. Aún no había nadie sentado tras el mostrador de la recepción que pudiese oír el suave taconeo subiendo por la escalera del aparcamiento. Salió una mujer delgada, de piel blanca y pelo largo, unos cuarenta años. Salvo el guardia de seguridad, que se fijó en su culo poco antes de contener otro bostezo, no había nadie más que pudiese reparar en la mujer en ese momento, que ágil y suave subió las escaleras hasta llegar a la cuarta planta, vacía y oscura, pero caliente por la calefacción y abrigada por la moqueta. Recorrió en silencio las oficinas abiertas de largas mesas a rebosar de ordenadores, post-its, calculadoras y bolígrafos de plástico con el logotipo de la empresa y, cuando llegó al fondo de la sala, giró el picaporte de acero (frío, limpio), abriendo la puerta de madera maciza sin barnizar sobre la que se podía leer su nombre y su cargo en letras minúsculas de palo seco:

marie coussin, partner

Dejó su bolso oscuro sobre el enorme escritorio blanco, vacío a excepción de un portátil entreabierto y desconectado de la corriente. El despacho era acristalado y estaba insólitamente despejado. La mujer miró durante un momento a través del ventanal; la tenue figura de un operario trepando por una inmensa grúa amarilla que surgía de entre la niebla atrajo su atención durante unos segundos, hasta que su móvil empezó a zumbar con urgencia. Lo encendió, borró los doce correos que no le interesaban y contestó («ok») a una breve nota de Harm Hillen («llegaré en 15 minutos»). Se sentó y encendió el ordenador.

Tras un par de minutos, la puerta de madera se abrió mientras Marie leía la prensa digital. Entró un hombre pequeño, relleno y nervioso que la saludó y permaneció junto a la puerta en silencio, esperando una respuesta. Marie siguió pinchando sobre los titulares, uno tras otro, hasta que consideró oportuno arrastrar un salut fuera de sus labios entreabiertos, suavemente pintados, al que el hombre bajo, de nombre Didier Dubois, se aferró para vomitar las ideas que rebotaban en su cabeza.

—Los defensores de la democracia —dijo el hombre bajo rascando el aire con índices y corazones— estarán muy contentos. Publicar esta información costará muchos puestos de trabajo. Por no hablar de los recursos públicos que se van a malgastar gestionando la crisis. Mucho trabajo por delante. Bueno, y nosotros. No dejan de entrar correos. Todo el mundo está preocupado. Podemos olvidarnos de captar nuevos clientes durante una temporada. Y lo que nos va costar mantener los que ya tenemos. Tanto que explicar. No habrás dicho nada todavía, ¿verdad? Aún esperamos el comunicado oficial. Cuidado. Es muy fácil dejarse llevar por estos hijos de puta. Y la prensa. ¿Has visto lo que dicen algunos? Pero si les vendimos estructuras a casi todos esos cabrones. El único criminal, un cobarde: «fuente anónima». Descrito como un héroe cuando no es más que un criminal, un maldito criminal. ¿Y todo para qué? ¿Política? Todo esto es política. Pura política. No podían dejarnos hacer nuestro trabajo. Leemos la ley y hacemos números. ¿Por qué tanto interés?

A cada frase corta, Didier hacía temblar su cuerpo gelatinoso, su camisa malva (el último botón desabrochado, la corbata púrpura en la guantera del coche), sus pantalones negros y su labio inferior, carnoso y húmedo. Frotaba la palma de su mano izquierda contra los milímetros de cabello que germinaban de su cogote afeitado.

—Tendríamos que publicar más rulings por cada imbécil que hablara mal de nosotros. ¿Qué dice este periódico? ¿Ahora no le gusta la estructura de deuda híbrida que le montamos con un establecimiento permanente en Barbados? Porque si tan mal le parece lo que hacemos, a lo mejor no le importa que subamos a internet cómo chupa sus beneficios a través de Luxemburgo para que su grupo editorial no tribute en el resto de Europa.

—No creo que revelar más rulings sea una buena idea —dijo Harm, paternal y sonriente, apoyado contra el marco de la puerta: había llegado en silencio mientras Didier desbarraba.

Harm se acercó a Didier y puso la mano en su hombro: tenía las uñas bien cortadas, limadas y brillantes; las manos, grandes y venosas, estaban cubiertas por un vello rubio y abundante; la piel, algo seca, carecía aún de las imperfecciones de la edad. Al estirar el brazo, el puño blanco de su camisa recién planchada asomó por la manga de su traje marengo, suave ojo de perdiz, hábilmente entallado a su cuerpo atlético, largo, holandés.

—Buenos días, Harm. ¿Has leído la prensa? —preguntó Didier.

—No revelan nada sobre quién ha filtrado los documentos —dijo Marie.

—Es natural que la —Harm hizo una breve pausa para escoger la palabra adecuada— fuente quiera preservar su anonimato, pero antes o después se revelará su identidad, seguramente por el rastro informático. Supongo que no habrá sido tan idiota como para seguir trabajando en la empresa, pero nunca se sabe. Si alguien se ausenta, especialmente sin dar explicaciones, ya podemos sospechar. De todas formas, lo más lógico es que el culpable se haya marchado hace tiempo, porque la mayoría de los documentos que se han filtrado tienen al menos un año de antigüedad. De hecho, muchas de las estructuras que salen en esos papeles están totalmente obsoletas.

—Pero eso da igual siempre que el objetivo sea difamar y decirle al mundo lo terribles que somos —comentó Didier con amargura.

—Entiendo que es fácil dejarse llevar por la rabia en estas situaciones y pensar que alguien ha intentado hacernos daño porque no nos comprende o porque piensa que lo que hacemos está mal. Pero hay que buscar otros motivos que (creo yo) pueden haber tenido más peso a la hora de orquestar el robo de documentos. Entiende que tenemos información sensible cuya revelación perjudica principalmente nuestra relación con los clientes, y eso es algo que siempre viene bien a la competencia.

—Pero Harm, eso no tiene sentido —interrumpió Didi

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